Los amantes de la luna nueva

Las amplias ventanas de la habitación del hotel mostraban el cielo en toda su inmensidad. En él dominaba una luna nueva, negra, oscura, que destacaba en el vacío que dejaba en la pradera de estrellas titilantes, como un negativo fotográfico. Él observaba la luna inquieto, con las manos apoyadas en un escritorio bajo la ventana, expectante, nervioso. Porque la luna nueva marcaba, con su oscuridad, un hito que esperaba impaciente cada mes.

Mientras miraba al vacío, oyó cómo se accionaba el mecanismo de apertura de la puerta. Era ella. Esta vez el tráfico la había retrasado, pero no importaba porque el resto de la noche sería para ellos. La noche de la luna negra.

Se miraron a los ojos tras un largo abrazo. Mientras lo hacían, los muebles de la habitación empezaron a desvanecerse, a diluirse. También las paredes, la desfasada decoración del hotel, el suelo de parqué. Quedaron ellos dos, flotando en un vacío oscuro únicamente vigilados por la densa negrura de la luna.


Habían tomado esa decisión al poco de conocerse.

Vivían ambos en una vorágine de trabajo, viajes laborales, compromisos (o más bien, ataduras) familiares, fechas límites de proyectos, congresos, cumpleaños infantiles… Agendas que minimizaban el aparente (y menor) problema de la distancia física que les separaba.

Por ello acordaron que, como mínimo, reservarían una noche al mes, a ser posible un fin de semana completo, sólo para ellos. En un pacto simbólico, decidieron que sería las noches de luna nueva para que así ni siquiera la luz celeste perturbara ese momento íntimo, mezcla de sosiego y pasión, combinación entre la paz de una noche en en el desierto y la bravura de un mar encabritado bajo una tormenta eléctrica.


Justo antes de amanecer, la luz cinérea empezó a romper el hechizo de oscuridad y, muy lentamente, fueron abandonando la burbuja que habían creado en ese instante, infinitesimal comparado con la marea de sus vidas pero tan intenso que empequeñecía su trasiego cotidiano. Y se quedaron en la cama abrazados, desnudos bajo una sábana, descontando las horas que el reloj lunar empezaba a marcar hasta su siguiente cita.


Este relato participa en la convocatoria de @divagacionistas sobre #relatosLuna de octubre 2017.

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