Puzle

Te despiertas. Te pones a pensar. Te das cuenta de que tienes en la vida todo lo que podrías desear: amigos, amor, un sueldo más que decente, salud, aficiones que te satisfacen… Miras a tu alrededor y ves que la gente que te rodea presenta carencias serias. Escuchas las noticias y es incluso peor. Eres una persona muy afortunada. No tienes motivos para quejarte.

Pero aun así sientes algo en tu interior. No algo concreto, tangible, sino una especie de hueco, un vacío que no sabes reconocer. Y te das cuenta de que eres como un puzle, una suma de pedazos que encajan para dar un visión global de tu vida, con fragmentos que encajan a duras penas, pero aun así ocupan un lugar en el rompecabezas.

Y ese vacío que sientes en tu interior no es más que una o varias piezas que faltan para completar el puzle. Miras en el frontal de la caja, buscas las instrucciones, pero no encuentras la foto con el resultado final, así que no sabes qué piezas son. Y tampoco te quedan más por colocar. Peor aún, hay elementos repetidos que debes desechar porque no hay lugar para ellos.

Y te pones a buscar. Quizás se te cayó entre los cojines del sofá, así que buceas entre ellos y hallas migas de pan, clips sujetapapeles, algún calcetín extraviado... Encuentras una vieja ficha roja de parchís y tratas de encajarla para completar tu puzle. No es la pieza que falta, pero tampoco queda del todo mal, da color al cuadro. Así que la dejas ahí. Con el tiempo te das cuenta de que el conjunto pierde el sentido con esa pieza, de modo que la acabas quitando.

Luego están esas piezas que han perdido el color con el paso del tiempo. Siguen formando parte del puzle, no generan ningún hueco, no hay que colocar ninguna pieza en su lugar, pero las zonas en las que aparecen se delatan extrañas desde la distancia. En ocasiones haces el ejercicio de acercarte a ellas utilizando una lupa y puedes recordar el dibujo y color originales.

Pero sigue siendo ese vacío lo que más llama tu atención. Te despiertas todas las mañanas, te levantas, te duchas y te lavas los dientes. Y mientras te vistes, te miras en el espejo y vuelves a ver el puzle, casi completo, con ese hueco atrayendo tu mirada.

Piensas que quizás deberías intentar disfrutar del puzle aunque no esté completado. Abstraerte de ese vacío y contemplar su aspecto desde la lejanía, disfrutando de la belleza de las áreas completadas, recorriendo sus trazados, embelesándote con sus dibujos exquisitos.

O puede que la pieza que falta, esa que ni siquiera sabes cuál es, y por lo tanto tampoco sabes dónde buscar, sea la que le dé todo el sentido al puzle.

¿Qué hacer entonces?


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