Recuerdos

Nos acechan constantemente, observándonos mientras —despreocupadamente— realizamos tareas cotidianas: limpiar el baño, preparar la comida para el día siguiente, acometer el trabajo pendiente, charlar con amigos, ver nuestra serie favorita… Incluso mientras dormimos bajo la soledad de la noche, cubiertos con las sábanas para protegernos de su aliento, con tal de que no nos descubran. En ocasiones miramos subrepticiamente debajo de la cama por si hubiera alguno agazapado dispuesto a atacarnos en un momento de debilidad.

Porque sabemos que existen, que están ahí, que nunca acaban de desaparecer por más que los enterremos en las profundidades de nuestra aparentemente frágil memoria. Y como somos conscientes de ello evitamos los lugares en los que sabemos con certeza que nos pueden encontrar: allí donde conocimos a nuestro gran amor —con decir esto, basta. Todos sabemos que solo hay uno—, aquel suelo donde nuestros pies se deslizaron al unísono tantas veces, la ciudad de nuestro primer viaje, el calor en aquella residencia de estudiantes sin aire acondicionado, la despedida en los juzgados…

A veces no nos queda más remedio que volver a esos lugares comunes, pero para ello nos armamos de valor, respiramos profundamente antes de cometer ese sacrilegio, pisar el suelo antaño sagrado y, si no tenemos la suerte de aventurarnos solos, mantener la compostura para aparentar que lo hemos olvidado todo, que no nos habíamos dado cuenta de que estábamos allí. Aun si lo hacemos sin la incómoda compañía, pese a la preparación previa, hemos de esforzarnos para contener la emoción.

Pero con cierta frecuencia, esta despreocupación y aparente fortaleza —postureo, dirían algunos— consigue que bajemos nuestras defensas. Y entonces nos sorprenden. A plena luz del día, en un lugar concurrido, vemos un vestido que nos recuerda al que lucía aquel agosto que viajamos a Santander. O suena esa canción que reproducíamos una y otra vez para motivarnos antes de los exámenes. O, en la paz de un domingo por la tarde, encontramos una instantánea olvidada mientras organizamos las fotos de nuestro móvil— esa gran paradoja de pretender huir de ellos y al mismo tiempo querer resguardarlos del olvido.

Y en cuanto mostramos ese pequeño resquicio de vulnerabilidad —esa grieta en la coraza que tanto nos costó construir— entran todos en tropel, como animales hambrientos movidos por un instinto irracional, con sed de lágrimas caducadas. Y empiezan mordiendo en la boca del estómago, como un reflejo de su propia hambre, pero inmediatamente se sientan en nuestro pecho, aplastándonos, dejándonos sin respiración, mientras contemplan nuestros ojos a la espera de su botín.

Entonces, en ese momento de máxima debilidad, cuando boqueamos exhaustos anhelando que el aire nos llene y no se escape por las hendiduras que han marcado sus dientes en nuestro cuerpo, en ese preciso momento, se marchan. Vuelven a refugiarse en sus guaridas para reposar tras el agotamiento de la caza, a la espera de que su hambre vuelva a despertarlos de una hibernación imprevisible para atacarnos de nuevo.

Y nos quedamos como Prometeo en el Cáucaso, esperando a que se regenere nuestro hígado sin saber —o quizás sí— que el águila volverá tarde o temprano. Retomamos nuestro quehaceres y nuestra vida, pero solamente durante unos días andamos con los ojos bien abiertos, exploramos los rincones de nuevo, escondemos más fotografías, nos deshacemos de viejas postales de cumpleaños.

Aunque todas estas precauciones son inútiles: sean buenos o malos, maravillosos o terribles, intrascendentes o intensos, resulta imposible enterrar completamente todos los recuerdos.


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