Sobre la flotabilidad de los recuerdos

Los antiguos filósofos ya estudiaron la materia que compone los recuerdos y llegaron a la conclusión de que están constituidos por una mezcla heterogénea de sonrisas, juegos y llanto, salpicada —aunque en proporciones menores— de olores, sonidos y colores. Esta composición presenta algunas variaciones según su origen, por lo que las densidades de los recuerdos pueden mostrar algunas diferencias. No obstante, en todos los casos se ha observado que son menos densos que el aire, lo cual les confiere la propiedad particular de poder flotar.

Esta característica es la responsable de que, cuando intentamos escapar de ellos —mientras nos elevamos hacia las nubes, despegando los pies del suelo, buscando ese anhelado remanso más allá del arco iris—, sean capaces de perseguirnos acompañándonos en nuestra huida infructuosa.

En nuestra ingenuidad, llegamos a creer —y nos lo recuerdan nuestros allegados insistentemente— que es sólo cuestión de dejar que pase el tiempo, que perderán parte de su fuelle y podremos dejarlos atrás. Pero es mentira: siguen rodeándonos, metiéndose en nuestros pulmones, impidiéndonos respirar y, sobre todo, frenando nuestro avance, una escapada.

Pero un día, de repente, generamos un nuevo recuerdo. Y lo pegamos a nosotros, lo atenazamos, lo abrazamos, porque al ser reciente es menos denso, tiene más empuje y nos impulsa hacia el horizonte. Liberados de la carga de los más onerosos, somos capaces de estrenar recuerdos limpios, recién planchados y con olor a lavanda.

Y cuando por fin hemos escapado de los recuerdos que nos perseguían, dejamos de huir, de volar, en una especie de nube de paz. Entonces, con el tiempo, los recuerdos buenos que queríamos dejar atrás —y nos atormentaban, porque en el fondo la pérdida que representan es lo que más duele— nos acaban alcanzando lentamente y fundiéndose con el resto. Y los aceptamos con suma alegría ya que forman parte de nosotros, nos completan y nos definen, y acaban siendo compañeros de nuestro tortuoso viaje, amigos de conversaciones junto a la lumbre, pañuelos de pesadumbres futuras, parte de nuestra esencia.

Y mientras, los malos recuerdos se quedan atrás porque, como ya señalaban los antiguos pensadores, son más oscuros, más densos, por lo que su capacidad de flotar es menor.


Si os ha gustado os animo a que lo compartáis con quien queráis. Y podéis hacer clic en el corazoncito que hay al final del artículo.

Like what you read? Give Guillermo Peris a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.