
Vecinos
En verano se mudó un nuevo vecino al tercero – yo vivo en una segunda planta. Es importante tener algo de confianza con el vecino de arriba por si hay que protestar de forma amable por alguna molestia. Con el anterior había tenido una relación cordial hasta que un día, sin saber por qué, desapareció y dejó la casa vacía. Resulta curiosa la compañía que te hacen los ruidos de los vecinos, no te das cuenta hasta que se van.
Pero os estaba hablando de mi nuevo vecino. Nos encontramos por primera vez en el ascensor y me pareció alguien agradable, con quien podría llevarme bien. Aun así, uno aprende a desconfiar de las personas — siempre acaban decepcionándote y huyendo de tu vida — así que decidí no tomar demasiado en serio a este nuevo inquilino: simplemente podría ser alguien a quien le sostendría la puerta del portal cuando le viera llegar.
A las pocas semanas volvimos a coincidir en una reunión de vecinos. Fue gracioso: manteníamos las mismas posiciones con respecto a los puntos polémicos del orden del día y nos miramos de soslayo cuando la anciana del cuarto se quejó por la música demasiado alta que se escuchaba a ciertas horas del día. Nos dimos cuenta de que existía una cierta complicidad entre los dos.
Días después nos encontramos en el garaje. Era una mañana de domingo, yo iba a pasear por la playa y él acababa de llegar de comprar el pan. Empezamos una conversación de forma banal, pero se fue animando y vimos que teníamos muchas cosas en común. Me invitó a su casa, no fui a la playa y nos pasamos el domingo hablando. Compartíamos el gusto por las series de televisión y el interés por la ciencia, por lo que los primeros momentos de conversación fueron seguidos por revisión de escenas olvidadas en su DVD y en consultas a libros de divulgación científica para resolver dudas.
La amistad se fortaleció. Íbamos al cine, tapas, quedábamos con amigos de uno o del otro – y que pronto empezaron a serlo de ambos. Por entonces ninguno de los dos tenía pareja, así que no teníamos que disputar nuestro tiempo con nadie. Nos contábamos todos nuestros problemas e inquietudes, y sabíamos al dedillo la vida previa de ambos. En tan sólo un par de meses nos habíamos convertido en amigos inseparables.
En una de las reuniones con mi círculo de amistades observé cómo miraba con interés a una de mis amigas. Ya me había parecido que le prestaba más atención de lo normal en el grupo de Telegram, pero no fui realmente consciente hasta ese momento. Al volver a casa – conducía yo, nos turnábamos para así poder beber cervezas con más tranquilidad – le pregunté si le gustaba esa chica. Me contestó que no lo tenía claro. Intenté insistir un poco más, en parte como broma para reírnos un poco, pero su semblante era serio y se negó a contestar cualquiera de mis preguntas. No seguí inquiriendo, no sin decirle antes que contara conmigo si quería hablar del tema. Entonces no lo vi, pero un primer secreto se había interpuesto en nuestra relación.
Poco a poco, y sin apenas darme cuenta, nos fuimos dejando de ver. La ruptura fue tan lenta que no vi que ya no éramos amigos hasta tiempo después, en que empecé una relación y fui consciente de que no tenía tiempo para poder compartir con él mis dudas, alegrías, miedos e inquietudes. No sabía cómo habíamos llegado hasta allí. Y la relación cada vez era más fría, más distante.
Durante unas semanas traté de recuperar la relación que habíamos tenido: le llamaba al móvil para charlas, intentaba quedar con él para tomar unas cañas, subía a buscarle a su casa… Todo sin éxito, con la excusa de un exceso de trabajo, de que tenía que ir al gimnasio, o que llegaba tarde a una reunión familiar.
Un día nos encontramos en el ascensor. Intenté forzar una sonrisa y le pregunté qué tal estaba. Me devolvió la sonrisa y dijo que todo le iba bien. Cuando el ascensor paró en el segundo nos dimos un adiós en un susurro. Y comprendí que nunca recuperaría la relación que tuve con ese gran amigo. Y decidí dejarle ir.
A veces nos esforzamos por mantener relaciones que están muertas hace tiempo, y nos cuesta aceptar que una amistad ha terminado. Y quizás no se trata de huir, sino de no ir detrás del otro cuando este huye, de dejarle escapar.
Por cierto, el piso del primero se quedó desocupado hace unas semanas. Ayer oí de nuevo murmullos. Parece que tengo un nuevo vecino.
Si os ha gustado os animo a que lo compartáis con quien queráis. Y podéis hacer clic en el corazoncito que hay bajo estas líneas.