Casida de la muchacha de los jacintos

«You gave me hyacinths first a year ago; They called me the hyacinths girl.»

Hoy hace cuatro años que murió C. y seguramente esto sea lo único cierto que voy a escribir en esta historia. Todo lo demás es mentira, un “invent” melancólico y delirante. No me hagáis caso. No tiene sentido. No merece la pena.
 
C. y yo fuimos muy felices durante, no sé, un puñado de días, un congreso de psicología y un larguísimo paseo por Sevilla. Pero no felices como lo son en los finales de las historias de amor, ni como los amantes justo antes de la tragedia.

Fuimos felices como los son dos amigos que se encuentran en la sala de espera de un aeropuerto en mitad de un país desconocido. Lo fuimos sin malicia, sin dobles sentidos; sin vecinas mirando tras del visillo, ni parroquianos maldiciendo entre pitillo y solysombra. En ese sentido, nuestra historia es muy pequeña. intrascendente en un mundo donde ya no caben, donde ya no venden las historias de amistad.

Mientras escribo me doy cuenta de que no tengo muy claro cómo describírosla. A veces las personas son peinados, caras o ropas. A veces son simpatía, inteligencia o cualquier otra característica psicológica y personal. En mi caso, las personas suelen ser lugares y ella, concretamente, era una calle de Sevilla.
 
Pero si os digo que era la calle Feria una noche de primavera, tengo la sensación de que todos los detalles y, lo que es peor, toda la magia se van a perder entre asfalto y paredes de cal blanca. Pero, total, supongo que pretender otra cosa quizás sea absurdo.
 
Baste con decir que desde esa calle se puede soñar con arreglar el mundo y parece fácil. La conocí cerca de allí, de hecho. Y la primera vez que hablamos (de verdad) “criticamos al cantante, a Dios y su sentido del humor, al león de la Metro y, justo cuando nos vamos, una señora dice que si volvíamos mañana “Iba a ser la mejor noche de vuestra vida”. 
 
No, no lo fue.
 
Pero mejor, nos reímos tanto y con tanta maldad de aquellos pobres humoristas que el resto de las cosas se hicieron naturales. Tras leer Sevilla con los pies y cantar junto al Guadalquivir y beber cerveza cerca de Kansas City: también quisimos cambiar el mundo. 
 
Aún conservo, junto a la esquela que publicó el ABC de Sevilla y un viejo pendrive del ejército, la lista electoral que nunca presentamos. Todo esto es de aquellos días a la vera del Betis; de después, solo guardo correos.

Nos escribimos muchos. Todos (o casi todos) por trabajo. Pero llenos de postdatas contando qué pasaba en nuestra vida. Un septiembre me escribió recordándome que se iba de Erasmus y que, aunque ya no habría más correos de trabajo, esperaba que hubiera muchas postdatas.

Yo también lo esperaba. Pero desapareció. Meses. Hasta que después de Navidad, volvieron las fotos a Facebook y la vida a sus redes sociales. No volvieron sus postdatas.

En su cumpleaños le escribí contándole que yo también había dejado el trabajo, que había conseguido una beca y que me iba a Inglaterra. No contestó. Muchos meses después, ella también me escribió un correo de cumpleaños. Se llamaba “Siento el retraso” y era largo, muy largo.

Me explicó que los meses en Italia habían sido los peores meses de su vida, que había llegado a plantearse seriamente ‘lo peor’, pero que había sobrevivido.

Y se había comprado dos pajaritos

Me contó cómo lo había hecho, como había huido de ese callejón sin salida. No sé, me sentí orgulloso de conocer a alguien tan valiente.

“Tuve suerte — me decía — porque, además, creo que he encontrado al amor de mi vida”.

Se llamaba Á.

Nunca lo conocí, no tuve ningún contacto con él. Bueno, mentira. Tengo un correo que dice “Qué grande, jajaja” en respuesta a otro correo que nos había mandado ella. Tiempo después, lo espié en Facebook durante meses. Coqueteando con la posibilidad de contarle que ella lo había querido de verdad.

Pero nunca me atreví. En parte por cobardía, en parte porque no estaba seguro de si esto le iba a ayudar o le iba a hacer más daño. Leí el correo de C. con el corazón en la boca en un hotel de Londres. Aún se podía leer el miedo se entre las líneas.

Yo, sinceramente, no sabía que responder.

¿Qué coño se responde ante una cosa así? ¿Qué se hace? ¿Cómo se puede ayudar desde tan lejos que hasta se caducan los abrazos? Hay momentos en que el mundo te demuestra con precisión geométrica que las palabras no pueden cambiar el mundo. Pasé toda la noche ensayando correos que enviar. Y el día siguiente y quizás el otro.

Como tardaba, me escribió por chat:

«¿Has recibido el correo?».

Le dije que sí, que claro, pero que estaba de viaje y quería sentarme a responderle como se merecía.

Pasaron más días y más borradores. Notaba, físicamente, la presión: tenía que responderle. Pero no cualquier cosa, no quería decepcionarla. Treinta y tantos borradores después, le envié una respuesta. Y me arrepentí nada más enviarlo.

«C., Hola. Esto… Te he mandado un correo, ¿podrías no leerlo? ¿Me darías una segunda oportunidad?»
«Jajaj. Claro, pero con una condición: que me la mandes para mi cumpleaños… Nada me haría más ilusión que uno de tus correos de cumpleaños».

No sé cuántas veces escribí ese correo en los meses que quedaban hasta el 16 de mayo. Unos larguísimos, otros muy cortos. Cortos y largos eran una mierda.

La madrugada del 16 me desperté sudando. Algo así como el Kubla Khan, con menos talento y sin invitados inesperados. Lo dejé preparado y esa mañana, antes de mandarlo, para asegurarme de que efectivamente era su cumpleaños, entré en Facebook.

Hacía casi un mes de las últimas actualizaciones. Ninguna la había escrito ella. Una era un fotomontaje de su prima. La otra un pequeño texto de su padre. Debía ser una broma macabra.

Primero le di todas las vueltas a internet buscando algo que lo desmintiera. Después me quedé muchísimo rato quieto, petrificado. Las preguntas, las historias, las ganas de llorar no me dejaban hacer nada más que estar allí sentado.

Mirando una pantalla que se había suspendido hacía ya mucho rato. Un sitio extraño, en blanco y negro, con ruido blanco de fondo. En ese sitio sigue una parte de mí. Algunas noches, cada vez menos, me sueño sentado en ese sitio, con la pantalla en negro. «Los lugares idénticos parecen, las cosas, como antes, mas él no está, ni la luz, ni las hojas», decía Cernuda.

Han pasado cuatro años y aún tengo su correo de cumpleaños en borradores. Y los días como hoy me entra una pena infinita, porque siempre estará ahí, porque nunca podré responder a ese correo.

Cuatro años y los que quedan.

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