Tiempos del Oro

La medalla se lleva en el pecho, como los sentimientos.

Una mañana de domingo desperté temprano. Acostumbrado por los juegos dominicales de una y otra liga en Guadalajara, eso era rutina.

La sensación de bienestar era inminente por lo que hicimos a lo largo del torneo y en el torneo de Toulon mes y medio atrás. Se hablaban buenas cosas y el cuadro era sólido sin tener a grandes figuras. El reloj acortaba la espera. Había mucho en juego que ni los mensajes de la mujer más hermosa que hacían repicar mi teléfono importaban. Hubo amores primeros, y ella llegó en segundo lugar.

La cancha parecía una alfombra. Algunos la comparan con el paño de una mesa de billar. Honestamente para mi era como el pasto del Monumental Estadio Jalisco. Cuando el mundo del fútbol se limita a nivel regional el punto representativo se maximiza y no hay más. Tendría que haber estado en Wembley para poder decir lo contrario.

El ambiente era inmejorable. La botana excelsa de pepino y jícama rebanados, jugo de naranja, lonche de frijoles (el bolillo de Guadalajara inmejorable, de ahí una parte del orgullo tapatío). No había sillas ni butacas cortas de espacio, ni sillones de estudio dignas de albergar alguna película o un show de alto grado de entretenimiento. La comodidad se trasladaba al dormitorio de mis padres. Confieso que me sentí niño de nuevo.

Cuando arrancó el juego los nervios se habían apoderado de mi razón. Era un momento digno de guardar en la memoria. Jamás nuestra selección había estado en esas instancias.

Corona; Jiménez, Mier, Reyes, Chávez; Herrera, Salcido, Enríquez, Aquino; mi Marquito y Peralta. Desde aquel día me declaro Oribeliever, sin pena.

Arranque del partido. Grito a mi padre del inicio de la final. Brasil vs México; final de los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Neymar, Oscar, Marcelo, Silva y Hulk. Terrible. De miedo. Cualquiera hubiera apostado la victoria de la Canarinha y apostado la quincena en el Melate o en alguna casa de apuestas.

Ni siquiera hubo tiempo de asimilar el encuentro. Presión en la salida; Aquino, Fabián, Oribe. ¡Gol!. 28 segundos. Grito eufórico que hacía saltar a mi madre cada que cantaba en un tono grave y larguísimo:

-¡Gooooooooooooooool!¡A huevo!¡Puta madre!.

La mexicanidad en la frente y sin tapujos.

Continuaba el juego. Manojo de nervios. Mi padre corrió continuamente por las escaleras para ver las repeticiones de cada jugada de peligro al punto de quedarse inmóvil en su cama. Gritábamos y nos palmeábamos la espalda de lamentos por no concretarse cada avance mexicano. Enojos por sufrir por tantos y tantos años la definición y el gol. Nos tomábamos la cara y nos veíamos de reojo cuando Neymar encaraba vilmente después de tres cuartos de cancha y pisaba él área con un peligro infernal.

Marco intentó una chilena amorfa. Estábamos más cerca del segundo. Corona excelso, Chatón y Herrera exactos, sincronizados. A tiempo.

Balón parado. Jugada de pizarrón, de básquetbol dijeron algunos.

¡Gol!

El encuentro estaba definido, acabado. Ni el mito de saber que Brasil era nuestro cliente en cada justa importaba (Argentina siempre nos vacuna, nosotros a Brasil y esta última a la albiceleste. Está comprobado).

El descuento de Hulk no se hizo esperar. Sabía que el Tri había salido decidido y convencido de lograr lo impensado. La hazaña.


Como todo patriota y patriotero, el himno mexicano, al repicar en los altavoces, detona una mezcla de sentimientos que ponen los pelos puntiagudos, los ojos y el corazón saltones, la voz quebradiza y las piernas débiles. Da igual si sabemos 4 o 10 estrofas o solo el estribillo. Al unísono gritamos orgullosos, mestizos.

-¡Eso! ¡Chingada madre! ¡Épale! Otra vez les ganamos.

Así lo resumió mi padre haciendo alusión a aquella final de Confederaciones donde México salió victorioso en casa. Pienso que vivió fascinado por el Tri que fue llevado de la mano de Cuauhtémoc, crema, igual que él.

Momento de la premiación, El Oro portado a nivel del pecho. La gloria. El más grande de los reconocimientos del balompié nacional. Suena el himno nacional…

Las lágrimas se desbordaron por mis mejillas y entre voces de volumen bajo canté cada una de las palabras de mi himno. La voz cortada, los ojos aguados y las rodillas carracas. Los sentimientos rebasados por la música. Mi padre no se había percatado. En el último estribillo giro la cabeza, me vio por sobre del hombro y esbozó una ligera sonrisa. Al terminar se levantó y puso su mano en mi hombro, sentí su caricia. Un par de palmadas.

En ese momento se dio cuenta lo que significaba el juego para mí. Entendí lo que era para él. Si bien la pelota siempre nos había unido, en ese momento nos conectó.

El Oro olímpico históricamente es especial para nosotros los aficionados al fútbol. Se ganó en Wembley, en Londres. La cuna del fútbol.

El Oro no lo gané en Londres en 2012, siempre lo tuve en casa.

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