Perder para Ganar

No es texto para leer si usted no parte de un piso: entender, compartir, practicar, defender, acompañar y adorar el feminismo. Si es usted una persona que sigue comentando con el pecho inflado frases como “nadie menos”, “así no van a convencer a nadie”, “son el machismo al revés” o la preferida de aquellos progresistas que no entendieron nada: “yo las banco, pero… (Inserte aquí cualquier estupidez)”, pues este no será una lectura digna de usted. Partimos de esa base, de ese piso y de ese consenso para debatir.

El feminismo que todo nos lo quita

Es cierto que nos quita mucho. Una puede luego hacer una lectura más allá, sobre cómo esas ausencias y “pérdidas” (vamos a empezar a encomillar esto) se van convirtiendo, con el tiempo, en batallas ganadas. Básicamente porque lo que “perdemos” por un lado lo encontramos por otro, y con creces. Esto con todo, todo el tiempo, desde que este feminismo vino a quedarse en nuestros cuerpos y mentes.

Cuando saldamos algunas discusiones y, sobre todo, cuando producto de esas discusiones nos negamos a seguir negociándolo (y soportándolo) todo, nuestros filtros se agudizan. Son filtros de gente, de situaciones, de palabras, de respuestas, de vínculos, de lugares, de relaciones. Empezamos, para decirlo de alguna forma, a “limpiarnos”, a sacarnos la bosta de encima. Supongo que se debe a la desnaturalización de prácticas y discursos, vínculos y relaciones, que antes de abrirle la puerta al feminismo eran totalmente normalizadas.

Pongamos algunos ejemplos de estos filtros para pensarlos en voz alta.

Los vínculos cotidianos. Llámese familia, amigues, compañeres, conocides con afecto y etcéteras. Son muchas las bajas que se presentan. De diferentes maneras: evitando al máximo, borrándonos de sus espacios, bajando la intensidad para que pasen a ser un simple mortal más. Podemos cortar esa relación, simplemente frizarla o tal vez sólo disminuirla, bajarle el precio. Ya no tenemos ganas del chiste misógino y mucho menos de ser tratadas de ortivas o aburridas por no festejarlo. Tampoco de callarnos y entonces ser pasivas o gritarles y entonces ser histéricas. Mucho menos de ser sus víctimas (o cómplices), y por lo tanto elegimos corrernos. O, retomando, elegimos no seguir negociando con eso. A veces son decisiones muy voluntarias, otras más inconscientes. Lo cierto es que por momentos transitamos muchas “pérdidas” o “bajas”. Muchas de ellas duelen, claro que sí. Empoderarse no significa perder sentimientos, y esas personas significan(ron) mucho en nuestras vidas. No venían a cagarnos a palos con la máscara patriarcal puesta. Son gente que apreciamos, queremos y extrañamos, pero que necesitamos tenerlas más lejos o más en el frizzer.

Espacios y momentos. Es cierto que nuestro deber es no abandonarlos, sino modificarlos. O en todo caso romperlos para volverlos a armar. Pero también es cierto que muchas veces preferimos ausentarnos o ponerlos últimos en nuestra lista de prioridades. Podemos perder la batalla, porque el juego es injustamente disparejo; o bien elegir ni siquiera pelearla: ya demasiado tenemos con lo cual batallar todos los días. La realidad es que se reducen los lugares donde antes nos sentíamos cómodas, alegres, propias. Se reducen infinitamente, porque cada vez los encontramos menos amigables. En el quiosco donde comprábamos los puchos nos despide un “$15 de vuelto, bebé”; en la cancha ya nos hicieron mil y un chistes sobre la ignorancia innata que manejamos en cuestiones futbolísticas, si es que no se canta festejando la violación; en la oficina nos cansamos de escucharlos hablar del “veranito” y las polleras que se vienen; en la juntada de amigos los vemos reír cuando cuentan sobre “la jabru”; en la facultad nos pelotudea el profe cuando opinamos o el boludo que se sienta al lado nos quiere sacar el número; en el asado la división de tareas entre ensaladas y parrillas; en el grupo de WhatsApp aparece el meme sexista; en Facebook la cargada cuando escribís de forma inclusiva; en la cena familiar los opinólogos sobre tus formas; en la militancia, o derivados, empezamos a mirar con otros ojos y nos sorprenden las violencias y micromachismos que dejamos pasar, y miles de etcéteras. Cada una tendrá su propia lista. Lo cierto es que resignamos lugares, momentos y espacios cuando de propios pasan a ser totalmente incómodos, ajenos.

Relaciones, parejas (heterosexuales). Innumerables motivos. De repente hablamos otro idioma, el feminismo llega para quedarse, y él sigue en una nube de pedos que no le permite escuchar lo que pensamos y decimos. O la monogamia, que nos empieza a hacer ruido y agua por todos lados, pero si hablamos de amor libre no lo ve ni cuadrado o, peor, lo implementa muy dañinamente mal. O empezamos a visibilizar conductas que no, y que no entendemos por qué antes las naturalizamos. O hasta llegamos a darnos cuenta de violencias y/o abusos que, a falta de golpes y gritos, no identificábamos. O evidenciamos la manipulación, la violencia psicológica, el ninguneo, la falta de comprensión por ser dueños de todos los privilegios patriarcales juntos. O nos reconocemos diversas en el amor y la sexualidad, porque nos atraen otras personas no cis, o no héteros, o del mismo sexo que el nuestro y eso, claro, es muy difícil de comprender cuando un macho tiene “todo lo que necesitamos”, entonces somos unas desagradecidas. O bien, todos estos ejemplos juntos, o un conjunto de ellos. El feminismo también nos rompe esto. Nos rompe el cuentito de hadas que habíamos creado junto a esta persona con la que decíamos ser felices por siempre. Y entonces, junto a todas las batallas, “pérdidas” y bajas; también tenemos que lidiar con la ruptura y llegar al The End de ese cuentito que nos inventamos(ron).

La comodidad. Ese tranquilo y relajante sillón en el que nos sentábamos mientras la vida transcurría ya no está, se fue. “Perdemos” el placer de transitar lo cotidiano entre algodones y unicornios porque ahora todo es disruptivo y estresante. Cuando no hay de qué indignarse todo es más ameno, cuando no hay contra qué pelear todo es más llevadero. El tema es que sí lo hay y atenta precisamente contra nosotras, y este feminismo que todo lo rompe nos obliga a verlo, pero también actuar en consecuencia. Entonces ya no somos ni partícipes, ni observadoras, ni cómplices, ni víctimas de ninguna situación que vaya en contra de nuestro empoderamiento. Y es agotador. Es extremadamente estresante porque son todas las batallas a la vez, contra un sistema gigante, legitimado, y se reproduce sin pausa; y la pelea la damos remando en dulce de leche con dos cucharitas de té. Pero no negociamos más y allá vamos, contra viento y marea, contra todo y contra todos. Entonces ahora, además del desgaste que significa dar la doble discusión en todos lados, cortarles el mambo, salir a pelearla, ponerle cuerpo y cabeza a todas las situaciones cotidianas; también empezamos a ser las aguafiestas, las aburridas, las histéricas, las malhumoradas y las que todo lo arruinan. “No te bancás un chiste”, “pero estamos jodiendo”, “no es para tanto”, “no se te puede decir nada”, “pará un poco” son algunas de las frases que, mientras le peleamos el sentido común a un todo con un escarbadiente, nos tenemos que bancar. Porque a nosotras el feminismo nos obliga a resignar la comodidad del sillón para hacer con el cuerpo lo que decimos con la boca, pero a muchos ese asiento les sigue resultando demasiado cómodo como para replantearse algo. Y claro, enfocar en nosotras el problema es mucho más fácil que salir de ese confort.

Los ídolos. En el mejor de los casos, sólo dijo algo polémico. De ahí para arriba. Resulta que ahora el feminismo nos hace resignar a nuestros ídolos de toda la vida. Este golpeó, este otro denigró, aquel abusó, aquel otro violó. La mayoría de los casos eran de público conocimiento y otros tantos los podíamos imaginar, aunque nos resistíamos bastante. Lo que cambia es que ya no podemos desentendernos, estamos obligadas a hacernos cargo de las contradicciones, a esas que tanto esquivamos producto de la comodidad que genera no tenerlas. Pero si hoy nos reconocemos violentadas y abusadas, ¿cómo podemos bancar al Diego golpeador y abandónico, a Cordera legitimando la violación, a Kevin Spacey abusador, (inserte a cualquier de sus ídolos que la haya desilusionado)? Los ídolos transmiten amor, alegría, admiración: algo muy difícil de desarmar. Puede parecer exagerado, pero no. El Diego, a mí, no sólo me regaló alegrías futbolísticas. Me dio momentos hermosos cuando lo escuchaba a papá hablar de él con tremenda ternura, me puso la piel de pollo viendo la foto del tobillo, me regaló hermosas conversaciones con mis amigos del barrio. Y estoy intentando, con mucha resistencia, quitarlo de la lista y llamarlo por lo que es: un violento. A él, a quien me hizo llorar de emoción y amor. La lista es interminable y cuesta trabajo desarmarla, pero ahora a las contradicciones les tenemos que hacer frente.

Los ejemplos, si queremos, son miles.

Ahora bien. ¿Quién carajo nos manda, entonces, a ser feministas? ¿Tan mal se la pasa? ¿Qué sentido tiene? ¿Vale la pena? ¿Por qué? ¿Para qué? ¿No sería más fácil seguir como estábamos? ¿Cómo nos recompensa?

El feminismo me cagó la vida, leí alguna vez en algún título y me sentí por demás identificada. Lo que le seguía a ese título era una lista de ejemplos de cómo llega la recompensa. Porque sí, llega y, al igual que el feminismo, llega para quedarse. Entonces, veamos por qué encomillamos las “pérdidas”. Lo hacemos porque en algún momento empezamos a vivirlas como salvaciones, como nuevas construcciones. Ya no son ausencias sino nuevos caminos que delineamos al andar esta cosa que no se nos quita, este feminismo que no nos deja en paz y que nos obliga a actuar. Suena cursi, puede ser, pero es que cuando los resultados de tanta “pérdida” llegan, son increíbles.

Los vínculos que pensábamos “perdidos” en realidad se transforman, se hacen sanos, los volvemos acordes a nosotras. Y si eso no sucede, los tiramos a la basura para crear nuevos para encontramos con lo que hace bien, con lo que nos llena y nos deja ser. Nos desintoxicamos y nos rodeamos de lo que sí, para dejar de lado lo que no. Ya no necesitamos de ellos, porque están muy bien reemplazados. Los espacios y momentos los damos vuelta, los deconstruimos y de yapa lo hacemos colectivamente con otres compañeres, porque nos damos cuenta que somos muches dando la misma pelea. Y entonces nos encontramos más cómodas, más libres y soberanas, más plenas en lugares y momentos que elegimos por sobre todo. Ya no necesitamos pertenecer a nada a costa de ser vulneradas, porque habitamos con gente y lugares que nos son propios. Las relaciones y parejas ahora se arman a gusto, se construyen en conjunto, encontramos compañeres en vez de poseedores. Nos atrevemos a ser lesbianas, tortas, bisexuales. Nos animamos al amor libre y sano, al poliamor, a la relación abierta y consensuada, a la diversidad de sensaciones, sexo y afecto. Construimos desde lo que nos hace bien y ya no desde lo que hay. El cuento de hadas no tiene más lugar, porque primero estamos nosotras, y con ese piso decidimos cómo, con quién y cuándo compartir. La comodidad llega desde otro lugar, deja de ser un simple sillón individual para ser un colectivo de contenciones. Lo que llamábamos comodidad pasa a ser un nivel de ignorancia y egoísmo con el que no pactamos más; para subirnos a ese bondi donde las pibas nos escuchamos y acompañamos ante cualquier situación. Porque ahora tenemos ese confort pero con nosotras, sabiendo que estamos ahí cuando algo no nos cierra, cuando algo duele, cuando queremos abortar o escapar, cuando queremos denunciar o escrachar, cuando queremos decir basta o decir acá estamos. La comodidad, entonces, llega distinta y siendo muchas en la misma, con las que cómodamente salimos a gritar. Los ídolos aparecen y ya no son abusadores. Aparece esa persona que se animó y hoy hace que nos animemos, aparece la que te quema el bocho para que te pares de manos y aparecen las rescatistas de todo tipo. Aparecen nuestras nuevas ídolas que no salen en televisión ni tienen su columna en la radio, porque están acá al lado bancando los trapos siempre. También aparecen ídolas más visibles, porque es tanto lo que estamos rompiendo que ahora llegamos a los lugares negados para hacernos ver y escuchar; y entonces ahora las vemos publicando, saliendo en pantallas, cantando, exponiendo. Ya no necesitamos resistirnos ante una nueva noticia de abuso por parte de tal, nuestras nuevas ídolas están en la misma que nosotras.

Lo transitamos distinto, seguro. Los ejemplos, las vivencias, las formas y los procesos varían un montón. Pero tenemos un punto en común que es para todas las que le dijimos al feminismo: a ver vení, pasá, ¿qué onda con vos? Y ese punto es que estamos mejor y somos mejores que antes. Porque todo vuelve con creces. Y nosotras la seguiremos pasando para el orto, porque elegimos hacer mierda todo lo enseñado, elegimos prender fuego el sillón y romper con lo establecido. Elegimos la dura tarea de estar todos los días poniéndole el cuerpo a una pelea muy desigual y que siempre es contra nosotras. Porque ya no contemplamos escaparle a nada. Elegimos ser conscientes para darlo vuelta todo, le guste a quien le guste.

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