¡Arriba las manos!

Proyecté el fantasma amarillo del logo de Snapchat y en menos de 5 segundos los 150 niños y niñas (10-11 años) levantaron sus manos como un resorte. ¡Impresionante!


Nada más empezar a leer lo último del blog de Enrique DansEl cambio en la educación: más que ordenadores–, caigo en la cuenta de que este es el tema sobre el que escribiré hoy.

Hace unas semanas estuve en un colegio (omito el nombre a propósito, pero no por no hacer publicidad, un gran centro educativo) donde impartí tres charlas-coloquio-conferencias acerca de las redes sociales y sus peligros, que yo enseguida rebauticé más como riesgos y oportunidades. Las sesiones en grupos independientes fueron por este orden:

  1. Con alumnos/as de 10-11 años
  2. Con profesores
  3. Con padres

Expuse la temática adaptando el mismo contenido a cada audiencia. La más gratificante, la primera; y también la que me dio más que pensar. De la que salí menos confortado resultó ser la de los profesores, por el motivo que luego explicaré. Y la que más preocupado me dejó fue la sesión con los padres (también lo explico abajo).

Los chavales estuvieron realmente motivados y absolutamente participativos. Manos levantadas permanentemente que no desistieron hasta que les concedía el turno de la palabra (casi más por la pena que me daban que por el escaso tiempo disponible). Más de 2 horas de coloquio con unos 150 chavales de los que aprendí yo más que ellos.

Un botón de muestra: nada más proyectar en la pantalla el logotipo de Snapchat (sin el nombre, sólo el símbolo) y ante la pregunta de quién sabía qué era esto, levantó la mano el 98% de la sala a la vez que gritaban el nombre de esta (inquietante, todo hay que decirlo) red que Facebook ha intentado comprar sin demasiado éxito, de momento.

Lo que acabo de relatar me ha dado mucho que pensar. Un bosque de manos en alto de niñas y niños de 11-10 años. Repito: da que pensar.

Sin embargo, el resultado de este mismo test con profesores y padres tuvo un derrotero muy diferente. Sólo un profesor del grupo conocía Snapchat y comprendía perfectamente de qué les estaba hablando; el resto (unos 20), ni idea. De los padres y madres (pocos para lo que el tema de la charla les afecta en la educación de sus hijos) la estadística no dejó duda: el 100% no tenían ni la más remota referencia de que existiera una cosa llamada Snapchat que funciona como sabemos que funciona y que se utiliza, fundamentalmente, para lo que todos sabemos que se utiliza.

La sesión de los profesores fue algo plana, porque además de no conocer casi nada de muchas de las propuestas que salieron en la exposición, al final la casi única preocupación qué les agobiaba era qué decirles a los alumnos para que no implicaran al colegio en acciones de acoso o similares a través de las redes sociales o las aplicaciones tecnológicas. He resumido mucho, pero la mirada del claustro se traduce en: muy bien, muy bien, pero qué le tenemos que decir a los alumnos para que utilice bien las redes sociales sin perjudicar al colegio. Más o menos admitieron que han perdido el tren –la famosa excusa de no ser nativo digital– del ecosistema digital (redes sociales, dispositivos…). Su misión es enseñar a leer y geografía… Muy lejos de la oportunidad que supone el nuevo mundo digital en el ámbito educativo.

Los padres, más receptivos que los profesores, tampoco captaron el mensaje de fondo. Mis palabras: os tenéis que involucrar y crear una relación paterno-filial de coaching de flujo mutuo. Tú –padre y madre– le enseñas a tus hijos las cosas de la vida que desconoce y ellos –los hijos– te introducen en el mundo digital del que te has autoeliminado con excusas que huelen más a pereza que a falta de habilidad.

Mi consejo es ponerse lo más pronto posible junto a los hijos frente a un ordenador en lugar de ponerse frente a los hijos porque están junto a un ordenador.

¿Cuándo empezar este planteamiento? Cuanto antes; desde luego antes de los 10 años. ¿A los 5? Pues sí, ¿por qué no? Las consecuencias de este modelo son excelentes: más confianza entre padres e hijos, más reconocimiento mutuo, más aprendizaje a dos manos.