Foto tomada en el metro de Barcelona

Cultura emprendedora, transparencia y otras ideas siniestras

Mi primer terapeuta, allá lejos y hace tiempo, me definió lo siniestro de una manera literalmente memorable. Siniestro es soñar que uno va de la mano de un ser querido, la madre digamos, se voltea a mirar algo, vuelve la atención a la mano y el ser amado se convirtió en, por ejemplo, un lobo sangriento o algo así. Lo siniestro nace en parte del halo de perfección y pureza con que uno cubrió al concepto inicialmente.

La tríada emprendedurismo, transparencia y libertad siempre me había parecido inherentemente buena. Buena para el mundo, buena para el individuo. Y un día leí a Zygmunt Bauman:

“…existe una enorme y creciente brecha entre nuestra condición de individuos de jure y nuestras posibilidades de transformarnos en individuos de facto — o sea, de tomar el control de nuestro destino y hacer las elecciones que verdaderamente deseamos hacer.”
Zygmunt Bauman. “Modernidad Líquida.”

Parafraseando, me quedo con la idea de la brecha entre la libertad en los papeles (i.e. de jure) y la real (i.e. de facto). La siguiente vez que me cruzo con un almohadón que dice “persigue tus sueños” empiezo a desconfiar. Una idea sin forma ni destino venía cocinándose a fuego lento y de repente llegué a Byung-Chul Han (gracias a esta nota del gran José Natanson). Voy a parafrasear, otro día copio citas.

Han define el concepto de autoexplotación. En una sociedad en la que “todo depende de ti”, en la que “todos somos empresarios de nosotros mismos”, no necesitamos que nadie nos explote. De hecho, la autoexplotación es mucho más efectiva que la explotación por parte de terceros. El éxito, siempre lejano, seguramente no llegue nunca. Y ahí sucede el truco brillante del sistema: cuando fracasamos nos culpamos. Si todo es posible, entonces yo no supe, no pude. La culpa es mía, no del sistema. Cuando fracasamos no nos convertimos en revolucionarios, sino en depresivos. Caramba. Como si fuera poco, Han también se mete con la transparencia. La transparencia absoluta, la posibilidad de ver y sobre todo mostrarnos día y noche a través de las redes parecería constituir un eden de libertad y comunicación. Y sin embargo lo que construimos entre todos, un Me Gusta a la vez, es un panóptico mucho más poderoso que el de Bentham. En el panóptico digital todos somos guardias y prisioneros. Todos nos vigilamos celosamente desde nuestra celda transparente, ahogados de libertad.