Henry Sandham — Skating (Wikimedia Commons)

La desconfianza como motor de la economía

Hace algunos años estuve de paseo en Estocolmo. Era invierno. Mucho frío, poco sol. Una tarde nos cruzamos con una pista de patinaje sobre hielo en la mitad de una plaza. Alquilamos los patines, patinamos, reímos, nos caímos, nos volvimos a reír. Un rato más tarde los devolvimos y seguimos con el viaje. Alquilarlos fue cuestión de dos o tres minutos. No nos pidieron ningún documento y apenas aclararon que el alquiler era por un máximo sugerido de una hora. El proceso de devolución fue todavía más rápido. No había ticket que cotejar ni ningún otro chequeo.

Unos días más tarde fuimos a un museo, creo que en Gotemburgo. Lógicamente estábamos muy abrigados. Afuera nevaba y soplaba un viento glacial. Entramos, nos quitamos el abrigo y vimos cómo la gente colgaba su ropa en un simple perchero. Sin número, simplemente lo colgaba. Nos dio miedo, claro. Esta vez el riesgo estaba de nuestro lado. Y decidimos tomarlo. Vimos pinturas, rodeamos esculturas, sacamos fotos, nos sentamos, caminamos. En fin, lo que se hace en un museo de arte. Salimos, tomamos nuestro abrigo del perchero y salimos a enfrentar la tormenta en esa noche que parece eterna.

La semana siguiente estuvimos en Berlín. Fuimos a un museo, no recuerdo de qué. Tal vez fuimos a más, pero al menos tengo este en mente. Entramos abrigados. Menos que en Suecia, claro. Preguntamos dónde dejar la ropa y nos indicaron el subsuelo. Bajamos hasta una habitación enorme repleta de casilleros. Cada casillero se cerraba con una moneda de un euro y se abría con la llave correspondiente. Alguien fabricó esos casilleros. Alguien los instaló. Alguien diseño esa habitación. Alguien la construyó. Basta un poco de desconfianza y la rueda de la economía gira. El problema es que tal vez sea en redondo.

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