Sobre lo fluido

Zygmunt Bauman dio en el clavo hace ya unos años. Líquido es el nuevo sólido. La modernidad temprana buscaba construir una solidez eterna. Las ideas, las industrias, las ideologías debían durar para siempre. Cuanto más grande y estable, más fuerte. Cuanto más fuerte, mejor. Y de repente todo cambió.

Una amalgama incomprensible entre comunicaciones casi instantáneas y la desregularización masiva de la vida dio lugar a una explosión sin precedentes de la complejidad a todo nivel. Desde entonces cada aspecto de nuestra vida comenzó a licuarse a gran velocidad. Lo fluido se adapta rápido y sin resistencia. Lo líquido no solo elude lo sólido, sino que incluso lo erosiona.

Gran parte de lo que hoy aprendemos y ponemos en práctica sobre organización del trabajo todavía se encuentra fuertemente arraigado a ideas sólidas. La planificación a medio plazo, el endiosamiento de las reglas, la ilusión de tener el control sobre las personas y los resultados, la fascinación por el experto, la centralización del poder. A través de esa reliquia llamada management nos aferramos ciegamente a estas ideas, tal vez por la falta de un dios más confiable.

Queremos nadar con la corriente, ayudar a otros a evitar que se ahoguen, y ayudar a erosionar de una vez por todas ese edificio decrépito conocido como management. Nuestro humilde cometido se llama liqueed. Alea jacta est.

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