Los desapasionados: cuando lo que mata es la mediocridad.

Permítanme ustedes, en estas líneas, escribir esta carta desesperada producto del amor que tengo por la radio. Ese hermoso espacio que me ha enseñado a hablar, a crear, a trabajar la imaginación en el otro, a fidelizar y a acompañar.

En los últimos años, surfeando el dial como productor y humorista, noté que puertas adentro cuesta mucho mantener la llama de la pasión encendida a la hora de hacer radio. Todo parece estar en contra de aquellos que alguna vez sintieron ese amor.

Es un proceso largo que va oscureciendo a la más pura vocación. Va calmando la fiera a tal punto de distorsionar la intensidad del oficio. Como un triste animal de zoológico, que se siente enjaulado, confundido y resignado.

Pero el presente no se mejora sin futuro. Y eso es lo mas preocupante.

Las generaciones que ingresan por primera vez a este maravilloso medio, en muchos casos, llegan con una vaga idea de lo que significa la vocación de ser un profesional de la radio.

Aclaro, que esto no es una generalización, pero sí una repetida percepción. Cuesta encontrar gente nueva que haya nacido para la radio. O al menos que entre a una emisora y se enamore de ella a pesar de no ser su primera elección. Llamémoslo desapasionados. La acción cotidiana, en loop y sin sorpresas, impide que los desapasionados reaccionen de manera distintiva, sólo por el hecho de amar lo que hacen.

Culpables? Razones? Quien pudiera tener un poder de análisis tan claro para explicarlo en un párrafo. No se ilusionen, no es mi caso. Tan solo puedo explorar dentro de mi cabeza (y mis sentimientos) algunas verdades propias:

La mediocridad mata a la pasión.

Este clima desapasionado nos lleva a ser uno más del montón, y nos impide ver la hermosa oportunidad que nos ofrece ser alguien distinto al resto.

Para que haya empleados desapasionados, tiene que haber autoridades desapasionadas.

La radio está manejada por mentes que buscan que cierren números, sin importar las ideas. Que se mantengan la marca, sin importar el contenido. Que la radio transmita, sin importar hacer radio.

Nivelar para abajo. No perder. No arriesgar.

En vez de ser bilardistas y ganar como sea, es todo lo contrario.

Lo único que logra esa filosofía barata y temeraria es condenar a los desapasionados a un destino estándar y lineal. Y el desapasionado que no reacciona para cambiar, ni tiene la posibilidad de huir, se convierte por inercia en un jefe desapasionado, careciendo de esos rasgos y herramientas que le permitan crear una gestión diferente, una opera prima llena de color y creatividad. Por el contrario. Nada cambia. Seguimos proyectando en el cine desapasionado una anticipada película clase B, low cost y en donde el argumento es “no muestro mucho la cabeza por las dudas que me la corten”.

Tanto en la catarsis que hice en “Envejeciendo con la radio” en 2016, me veo en la necesidad de contar lo que veo ahora, casi pisando el 2019. Resumiendo aquel artículo, en estos 20 años la radio perdió mucho más de lo que ganó.

Primero perdió el poder de moldear sus propias figuras: hoy se las provee la TV. Después perdió el poder de la primicia, con un escandaloso KO de Twitter en el primer round. Y perdió la magia/negocio/estrenos de la música con la dupla Spotify/Youtube. Sin olvidar esta desesperanzadora yapa: la radio perdió audiencia joven que buscaba rebeldía, transgresión y locura…todo lo encuentra en Internet, a un click. El diagnóstico es terapia intensiva.

Sólo le queda perder algo: a los apasionados de siempre. Pero eso sí, no es culpa de lo que sucede afuera, sino de lo que no pasa adentro.

En tiempos donde las aplicaciones de tu smartphone cambian y se actualizan constantemente. En donde la tele hace lo que puede por sobrevivir, en donde los diarios buscan la manera de matchear con la web, la radio de los desapasionados se vuelve predecible, básica y usurpada por estandarización sin rumbo.

Crucemos los dedos para que los timones del dial vayan, en algun momento, a manos aventureras y apasionadas.