LA LÓGICA DE UN MUNDO DIVIDIDO: SOBRE LA IMPORTANCIA DE HACER LAS PREGUNTAS CORRECTAS

El 10 de noviembre de 2014 mucha gente se hará la siguiente pregunta: ¿Por qué hace 25 años cayó el muro de Berlín? Pero la pregunta es incorrecta. En realidad, deberían preguntarse por qué se levantó el muro de Berlín y por las razones que lo mantuvieron en pie durante tres décadas.

En Berlín no había un conflicto étnico o armado como en la actual Cisjordania. No había una frontera entre diferentes estados o continentes, como en Melilla. Es más, en los primeros años de posguerra podía pasarse tranquilamente de una zona a otra simplemente tomando el transporte público. ¿Por qué se erigió entonces un muro? ¿Por qué se mantuvo durante tanto tiempo una ciudad absurdamente dividida? O mejor dicho: una ciudad dividida en el corazón de un país dividido, que a su vez era el centro de una Europa dividida y el ombligo de un planeta partido en dos.

Para entender los hechos es necesario ponerlos en perspectiva, insertándolos en una estructura que revele su lógica. La verdad es que casi todo el mundo conoce la respuesta corta: el muro se hizo para impedir que los alemanes huyesen de una dictadura. La realidad es más compleja. Los más avezados probablemente sepan que además era el único punto de contacto directo entre el mundo comunista y el capitalista, lo que le confirió su crucial importancia geopolítica. Pero contentándose con esta explicación se olvidan del hecho de que el muro era una vergüenza para los comunistas. El propio Jánós Kádár, el secretario general de los socialistas húngaros, reconoció explícitamente que su erección dañaba profundamente la reputación del movimiento comunista. Por tanto ¿no era más sencillo renunciar a Berlín y abandonar a la RDA?

Para entender por qué eso no fue posible, hay que volver a un mundo extraño e insólito. Un mundo con reglas muy diferentes a las que nosotros conocemos: el mundo de la Guerra Fría. En este mundo, los dirigentes soviéticos no podían dejar escapar a la RDA al menos por tres motivos: primero, porque desestabilizaría la situación política en su zona de influencia (especialmente en Hungría, Checoslovaquia y Polonia), lo que chocaba con el clásico imperialismo ruso. En segundo lugar, porque Berlín era un resorte clave en la dinámica diplomática de la Guerra Fría. Una carta a la que no podían renunciar sin sufrir muchísimos perjuicios. Y por último, porque sería reconocer la debilidad de la teoría marxista de la historia, que explicaba la inevitabilidad del triunfo a largo plazo del comunismo sobre el capitalismo, y con la que los rusos justificaban el liderazgo soviético en el mundo. Vamos a analizar a continuación estas tres razones.

Antes de empezar, conviene sin embargo hacer una última observación: la historia de la RDA está cuajada de situaciones paradójicas y absurdas; algo que, como bien supo plasmar Joseph Heller en su novela Catch-22, es absolutamente típico en la dinámica de la Guerra Fría. En 1952, Stalin propuso un plan de paz para reunificar Alemania que, de hecho, supuso su definitiva partición. En 1958 Jruschov desafió a los aliados con un ultimátum sobre Berlín como estrategia para acercarse a Occidente. Por su parte, Ulbricht declaró cínicamente que “nadie quiere construir un muro” en julio de 1961, probablemente con la intención de acelerar su construcción. Y en 1989, un ya desfalleciente Honecker insistía en que los miles de alemanes que trataban de huir a través de Checoslovaquia en realidad estaban siendo expulsados. En gran medida, el muro de Berlín no deja de ser simplemente la máxima expresión de este absurdo característico de la Guerra Fría.

Vamos a intentar explicar la lógica de estas situaciones de forma lo más breve y sencilla posible. En aras de la claridad omitiremos la mayoría de datos, fechas y nombres para dejar sólo el esquema básico de los acontecimientos, que ya de por sí es lo suficientemente complicado. Sólo conociendo el sentido del sinsentido de la Guerra Fría sabremos por qué se erigió un muro. En este hilo conductor hay tres momentos cruciales: la creación de la RDA en octubre de 1949, la construcción del muro en agosto de 1961 y su caída en noviembre de 1989. Estos son los tres actos de la historia de la concepción, nacimiento y muerte del muro de Berlín.

PRIMER ACTO: EL ADVENIMIENTO DE LA RDA

AQUELLOS QUE NO VIVÍAN EN LA ÉPOCA PUEDEN ENCONTRAR DIFÍCIL ENTENDER EL GRADO EN EL QUE LA POLÍTICA DE LA EUROPA EN LOS AÑOS DE POSGUERRA ESTUVO DETERMINADO POR EL MIEDO A LA RESURRECCIÓN DE ALEMANIA, Y SE DIRIGIÓ A ASEGURAR DE QUE ESO JAMÁS SUCEDIERA DE NUEVO.

– Sir Michael Howard

as potencias aliadas (Estados Unidos, Gran Bretaña y la Unión Soviética) se reunieron en la conferencia de Potsdam en los meses de julio-agosto de 1945 para decidir cómo organizar el mundo de posguerra. Una cuestión peliaguda era qué hacer con Alemania. La solución (en principio temporal) fue dividir Alemania y Berlín (dentro de la zona ocupada por los soviéticos) en cuatro zonas: soviética, francesa, alemana y británica. La misma medida se aplicó a Austria y a la ciudad de Viena. Un consejo de control interaliado coordinaría la ocupación conjunta. Las potencias siguieron discutiendo periódicamente en Londres durante unos años sobre la solución definitiva a la cuestión alemana, pero llegaron a ponerse de acuerdo. Debido a que la situación alemana se fue configurando a través de acciones consumadas sobre el terreno, no fue posible firmar una paz formal reconocida por todos, de modo que los tratados de Paz firmados en París en 1947 no incluyeron a Alemania. En consecuencia, la rendición alemana de mayo de 1945 no fue seguida por un acuerdo de paz. Esta situación anómala se prolongó durante 45 años, hasta la firma del tratado “dos más cuatro” entre los antiguos ocupantes (cuatro) y las todavía dos Alemanias en 1990, ya tras la caída del muro. En contraste, Austria firmó su tratado de paz en 1955.

¿Por qué era tan difícil ponerse de acuerdo? El deseo de las potencias era asegurarse de que Alemania jamás pudiese volver a atacar a sus vecinos. Algunos abogaron por desindustrializar para siempre el país (el llamado Plan Morgenthau). Otros planearon una alternativa menos radical y gravosa para la recuperación europea: una Alemania neutral y desmilitarizada. Algo muy parecido a la solución luego aplicada en Austria. No fue po
sible. ¿Por qué? Porque antes de que se llegara a un acuerdo estalló un nuevo conflicto: la Guerra Fría.

Confererncia de Postdman. Churchill | Truman | Stalin

En la actualidad se nos olvida lo cerca que estuvo Europa de ser enteramente soviética. Tras la Segunda Guerra mundial, los comunistas tenían un prestigio enorme: ya en los años 30 habían tenido un papel heroico ante los fascistas, y luego el ejército rojo había hecho enormes sacrificios humanos, al tiempo que los partisanos lideraban la resistencia contra los nazis. En la inmediata posguerra se formaron gobiernos de unidad nacional en los que participaron los comunistas: el Partido Comunista Francés, que era conocido como “el partido de los 75.000 fusilados”, participó en el gobierno provisional de coalición entre 1945 y 1947, tomó parte en la elaboración de la nueva Constitución y fue el partido más votado (26% de los votos) en las elecciones de 1946. En Italia, la situación era similar. En definitiva, había una posibilidad muy real de que Italia y Francia bascularan hacia el comunismo.

A esto se le suma una dinámica de creciente desconfianza entre rusos y occidentales: en febrero de 1946 George Kennan (encargado del negociado estadounidense en Moscú) remite el llamado telegrama largo a Washington, denunciando el imperialismo soviético. Al mes siguiente, Churchill pronuncia su famoso discurso de Fulton, en que denuncia que la URSS está haciéndose con el control de Europa oriental: ha nacido el término “telón de acero”. En 1947, EEUU se ve obligado a apoyar a los gobiernos griego y turco en contra de partisanos comunistas y las reivindicaciones de Stalin sobre los estrechos del Mar negro: la “doctrina Truman” de contención del comunismo también ha visto la luz. Por este motivo, cuando en Julio de 1947 se propone el llamado Plan Marshall de ayuda económica, los soviéticos lo ven como un claro ataque: un intento de apoyar a los gobiernos occidentales para evitar que cayeran en manos comunistas. Prohíben a los países de su esfera aceptar la ayuda americana al tiempo que ordenan a los comunistas, que también están en gobiernos de coalición, que se vayan haciendo subrepticiamente con el control total, fusionando a todas las fuerzas de izquierdas en partidos únicos. Al mismo tiempo, los comunistas son expulsados de los gobiernos francés e italiano. Será en Italia donde la recién creada CIA pondrá en marcha su primera operación encubierta a gran escala para evitar que los comunistas ganen las elecciones en 1948. Los soviéticos responderán también a la creación en Occidente de la OECE (coordinación económica) y de la OTAN (defensa) con el CAME (consejo de mutua ayuda económica) y el Pacto de Varsovia.

En este contexto, estaba claro que ningún acuerdo podía llegarse con respecto a la situación alemana. Las negociaciones de Londres se habían detenido en 1947. Las zonas británica y americana se fusionan entonces en la llamada “bizona”, a la que los franceses se suman luego. Para los rusos, esto es una agresión. En junio de 1948 se crea el nuevo Deutsche Mark sin contar con la Unión Soviética, lo que de facto aislaba económicamente su zona de ocupación. Otra agresión. La respuesta fue la inmediata creación del Ostmark en el este y el bloqueo de todos los accesos a Berlín (que recordad, estaba enclavada en territorio ocupado por los rusos) para forzar la evacuación de los aliados. La respuesta a este bloqueo, que duró casi un año, fue el formidable puente aéreo con el que se abasteció a la ciudad. Con esta base, en 1949 las potencias occidentales apoyan la creación de la República Federal de Alemania (RFA), que acaba gobernando el veterano Konrad Adenauer. La respuesta fue la creación de la República Democrática Alemana (RDA) el mes de octubre.

Irónicamente, Stalin aprueba esta operación a regañadientes: admitir la partición de Alemania supone contentarse con una pequeña región de menos de 20 millones de habitantes (menos de la mitad que la RFA) y renunciar a una cabeza de puente con la que hacer bascular al resto de Europa a su favor. Por lo tanto, aunque apoya su creación de facto, no reconocerá su soberanía: la RDA nace como una carta para negociar el futuro de una Alemania unificada. El siguiente paso en su estrategia es la nota de paz de 1952: la propuesta de una Alemania neutral y unificada. Evidentemente es una trampa: una Alemania débil en la frontera del Pacto de Varsovia era una Alemania que en cualquier momento podía caer en manos de Stalin. Los aliados tenían muy presente que en febrero de 1948 un golpe de estado comunista había depuesto el gobierno democrático de Checoslovaquia. Temían que la historia pudiera repetirse en Berlín, y una Alemania roja era casi sinónimo de una Europa comunista. Francia e Italia irían detrás. Además, el canciller Adenauer se opuso con uñas y dientes por dos motivos: primero porque está convencido de que los socialdemócratas de la RFA, que apoyaban el plan de neutralización, ganarían en ese caso las elecciones, y entonces “llegarían a un acuerdo directo con Moscú, y ese sería el fin de Europa”. Y aunque eso no ocurriera, una Alemania neutral sería en el mejor de los casos un país incapaz de tomar sus propias decisiones y tutelado para siempre. Por eso apostó firmemente por no reconocer a la RDA y por integrarse en un plano de igualdad con el resto de potencias occidentales. Los aliados ponen la condición de que una Alemania unida ha de ser libre para ingresar en cualquier organización internacional. Algo inaceptable para Stalin. La RFA ingresó en la OTAN en 1955. ¿Y qué pasa en la RDA? Dos fechas son claves en su consolidación definitiva: 1953 y 1956.

Alemania oriental se mantuvo en tensa espera: en 1949 se habían unificado los socialdemócratas y comunistas orientales en el SED, que eligió como secretario general a Walter Ulbricht en 1950; no obstante, no fue hasta 1953 (después del fracaso de la nota de paz y la muerte de Stalin) cuando se decidió emprender la construcción del socialismo. La respuesta a las nuevas demandas de producción del partido fue la sublevación del Berlín oriental en julio de 1953. A pesar de que el dirigente soviético Lavrenti Beria propuso abandonar Alemania, los soviéticos decidieron aplastar finalmente las protestas. Consiguientemente, en 1954 la Unión Soviética reconoce finalmente a la RDA y concierta con ella asistencia económica. En 1956 hubo revueltas en Polonia y Hungría, esta última violentamente ocupada por el ejército rojo. Esta brutal represión soviética tiene dos consecuencias. En primer lugar, la inestabilidad en estos países hace temer el efecto dominó de una caída de la RDA. Ulbricht aprovechará entonces para exigir de los soviéticos un aumento de la ayuda que asegure la supervivencia del nuevo estado: en una de esas paradojas de la Guerra Fría, el líder alemán convierte así la debilidad en fuerza negociadora. Ese mismo año, el país ingresa en el Pacto de Varsovia.

La segunda consecuencia es producto de la inhibición de las potencias occidentales, que contemplan con aparente indiferencia cómo los tanques soviéticos aplastan a los húngaros. Esto deja claro que no van a intervenir en el área soviética. En gran medida, el motivo es que también en 1956 estalla la crisis de Suez, en la que Francia y Reino Unido invaden Egipto como represalia a la nacionalización del canal por el presidente Nasser. Su fracaso estrepitoso ante la negativa de EEUU a apoyarlos certifica que estas potencias europeas no tienen ya capacidad de intervención militar en solitario. Las reticencias de EEUU son debido a su intención de no alienarse a las potencias del tercer mundo, que en este momento se están agrupando en el movimiento de los no alineados. Por tanto, EEUU se acerca coyunturalmente a la URSS para aislar diplomáticamente a franceses y británicos, lo que les lleva a ignorar los sucesos de Hungría. Impotentes desde entonces Francia y Gran Bretaña e inhibido EEUU, queda claro que Europa Oriental está de facto bajo control militar soviético. La dinámica de la Guerra Fría ha convertido así a la RDA en un elemento permanente del escenario internacional. Y los propios soviéticos, que auspician su creación como una carta estratégica, acaban atrapados por la necesidad de garantizar su supervivencia, ya que con ello se juegan su propio prestigio.

SEGUNDO ACTO: LA CONSTRUCCIÓN DEL MURO

EN 1961 LA RDA EMPEZARÁ A SOBREPASAR A LA RFA EN CUANTO A NIVEL DE VIDA. ESTO SERÁ UNA BOMBA PARA ELLOS. POR LO TANTO, NUESTRA POSICIÓN ES GANAR TIEMPO.

–Nikita Jruschov a Walter Ulbricht

Hemos visto por tanto por qué nace y se consolida la RDA. Ocupémonos ahora del segundo momento crucial: ¿Por qué se levanta el muro en agosto de 1961? La explicación sencilla es que los alemanes orientales empleaban la ciudad para huir a Occidente, con un nivel de vida mucho más elevado: en 1956 un millón ya habían partido; y para 1961, la población de la RDA había pasado de 19 a 17 millones. Además, se trataba de la población mejor preparada, lo que ponía en un compromiso a la economía de la República Democrática. No obstante, lo que probablemente hizo inevitable la construcción del muro fue la situación de la Unión Soviética y la política jactanciosa de Jruschov, quien sucede a Stalin tras su muerte en 1953.

Un hecho del que poca gente se acuerda es que en los años 50 parecía que la Unión Soviética le estaba ganando la partida a Occidente. No sólo desde los años 30 se había industrializado a un ritmo nunca visto y había extendido luego su influencia a medio planeta tras triunfar sobre Alemania en 1945, sino que a la altura de 1957 había tomado la delantera en la carrera espacial (el Sputnik causó sensación) y los americanos estaban convencidos de que habían sido superados en arsenal atómico. Pero todo esto era mentira, y Jruschov lo sabía. No obstante, estaba dispuesto a explotar al máximo los temores de los occidentales. Convencido de que la economía planificada era superior al capitalismo, su estrategia no era otra que ganar tiempo para que (de verdad) el bloque comunista superara al occidental. Según su ideología marxista, el mecanismo de la historia implicaba el triunfo necesario del comunismo, pero esto no podía realizarse al tiempo que se mantenía un costoso arsenal militar. El resultado fue la llamada política de coexistencia pacífica.

Fruto de esta estrategia fuertemente ideológica fue el ultimátum de Berlín: en 1958, Jruschov concedió seis meses para que los occidentales evacuaran todas las tropas de la ciudad, convirtiéndola en una ciudad libre. De lo contrario, la URSS firmaría una paz por separado con la RDA, devolviéndoles a los alemanes los controles sobre los accesos a la ciudad. Es decir, que o bien los Occidentales reconocían a la RDA por las buenas o tendrían que tratar con ellos por las malas si querían permanecer en la ciudad. El resultado fue la enésima conferencia de ministros de exteriores en Ginebra de 1959 para tratar el asunto de Berlín (en que la RDA es admitida como observadora), pero en realidad el objetivo principal de Jruschov era ser invitado a los EEUU, cosa que sucedió en septiembre de 1959. El resultado fue el llamado “espíritu de Camp David”. No se llegó a ningún acuerdo concreto, pero así Jruschov ganaba tiempo y deslumbraba (o eso creía él) a los occidentales con su seguridad en sí mismo y su campechanía, consolidando la imagen de una URSS al alza.

El resultado fue desastroso: para el horror y desconcierto de Adenauer, los americanos empezaron a acercarse a las tesis rusas sobre la reunificación, apoyados por los británicos. El primer ministro McMillan llegó a viajar a Moscú para negociar. La respuesta de Adenauer fue distanciarse de EEUU y lanzarse en brazos del presidente francés Charles de Gaulle, que entretanto había aprovechado la gran crisis de Suez y la guerra de Argelia para apartar de Francia el peligro comunista, fundando la muy conservadora V República en 1958. De Gaulle quería formar un eje europeo independiente de EEUU y temía profundamente una Alemania influenciada por la URSS en sus fronteras. En consecuencia, el resultado de esta política fue distanciar a la RDA aún más firmemente de la RFA, que se ata a Francia en un proceso que culmina con el pacto del Elíseo de 1963. En general, el acuerdo al que llegan ambos países fue la construcción de una Europa dirigida por París pero dominada económicamente por Alemania. Una decisión cuyas consecuencias se dejan sentir a día de hoy.

Diplomáticamente, las cosas van de mal en peor: Jruschov va posponiendo la fecha de su ultimátum al tiempo que se convoca una nueva cumbre en París en 1960. El derribo poco antes de un avión espía americano sobre territorio soviético hace fracasar la cumbre. Jruschov pospone de nuevo la fecha después de las elecciones estadounidenses de ese noviembre, que gana Kennedy. Ambos se reúnen en la ciudad de Viena en junio, pero la cumbre también es un completo fracaso.

Los berlineses contemplaban estupefactos la infernal maquinaria negociadora puesta en marcha por Jruschov. El efecto de esta sucesión de plazos y cumbres fracasadas (y conHungría en el recuerdo) fue que cada vez más y más alemanes, conscientes de que la situación era insostenible y de que los rusos preferirían cualquier solución drástica a dejar caer Berlín, pasaban al otro lado. Es relativamente fácil cerrar una frontera entre dos países, pero ¿cómo cerrar una ciudad? La situación de Berlín no tenía precedentes en la historia de la humanidad. Y entonces Ulbricht, que ya desde 1952 acariciaba proyectos de construir un muro antifascista, declaró que “nadie tiene la intención de construir un muro”. Lejos de tranquilizar a sus conciudadanos, estas palabras sirvieron de confirmación de que los dirigentes del SED tenían un muro en mente. Sólo en el mes de Julio 30.00
0 de las personas más preparadas de la RDA abandonaron el país. No es descabellado pensar que Ulbricht trató así de agravar deliberadamente la situación para forzar la construcción de un muro que reaseguraba el compromiso soviético con la supervivencia de la RDA: una vez dividido Berlín, la URSS simplemente ya no podría abandonarlo.

La noche del 12 al 13 de agosto de 1961 empezó la erección del muro. Aunque en junio de 1963 Kennedy visitaría la ciudad y pronunciaría su famoso “Ich bin ein Berliner”, lo cierto es que en ese momento Washington reaccionó con alivio: ese día Kennedy se fue a navegar y el secretario de Estado, Dean Rusk, asistió a un partido de béisbol. La intención era restarle deliberadamente importancia al asunto. De acuerdo con la teoría del dominó, EEUU temía que si cedía Berlín, Vietnam y Corea del Sur, Taiwán y quizá Japón y el resto de Alemania caerían detrás. Por su parte, la Unión Soviética no podía reconocer su inferioridad económica y arriesgarse al derrumbe de su hinterland europeo; Jruschov esperaba que, estabilizada así la situación, podría al final ganar tiempo para sus reformas económicas. Ambas partes eran conscientes de que el otro no podía ceder, y tampoco querían una guerra por Berlín. La única solución fue el muro.

TERCER ACTO: AUGE Y CAÍDA DE LA RDA

SI EL SOCIALISMO NO GANARA EN LA RDA, SI EL COMUNISMO NO DEMOSTRARA SER SUPERIOR Y VITAL AQUÍ, ENTONCES NO HABRÍAMOS GANADO.

-Anastas Mikoyan, viceprimer ministro de la URSS

Al abrigo del muro, la RDA experimenta sus clásicos años de desarrollo entre 1961 y 1980, aproximadamente. Aunque aceptó una cierta liberalización económica en 1963, Ulbricht era consciente de que la RDA adolecía aún una situación política y diplomática mucho más anómala que el resto de países comunistas, así que adoptó una política exterior durísima. En sus relaciones con la RFA estableció la llamada doctrina Ulbricht: la exigencia de reconocimiento mutuo de las dos Alemanias. Esta posición chocaba con la doctrina Hallstein, seguida en el este hasta 1969: el no reconocimiento de la RDA ni de ningún país que mantuviera relaciones diplomáticas con ella y la pretensión de representar la soberanía de la totalidad de la nación alemana. La respuesta de Ulbricht fue la inclusión en la constitución de la RDA de 1968 la pretensión de la futura unificación de la nación alemana bajo el sistema socialista. También en 1968, cuando los soviéticos invaden Checoslovaquia para poner fin a sus reformas aperturistas, la RDA apoya con entusiasmo la intervención, que supone el establecimiento de la doctrina Brézhnev: es decir, la política de invadir cualquier satélite díscolo.

No obstante, esta posición intransigente chocaría con los intereses soviéticos a partir de finales de la década de los 60, cuando empieza la llamada política de détente. La administración Nixon buscaba una forma de salir del pantano de Vietnam, apoyado logísticamente con más entusiasmo por la URSS que por China, que en 1969 está al borde de la guerra con los soviéticos por la hegemonía dentro del movimiento comunista y que teme verse encajonada (URSS al norte y Vietnam al sur) entre dos competidores por el dominio en su propia área geográfica. La respuesta es el acercamiento a los EEUU, que culmina con la visita de Nixon a China en 1972 y el establecimiento de relaciones diplomáticas. Entonces, la URSS de Brézhnev (que en 1964 sustituye a Jruschov) teme verse aislada por un eje EEUU-China y decide por su parte acercarse a Occidente. El resultado fue la firma de los tratados SALT de limitación de armas nucleares, la conferencia de Helsinki de 1975 y (la carta que más importaba a los estadounidenses), mayor presión sobre los norvietnamitas para llegar a los acuerdos de París en 1973. Pero para ello los soviéticos han que ceder en la cuestión alemana. Por eso, en 1971 ordena la sustitución del vetusto Ulbricht por el más abierto Erich Honecker.

Honecker fue más receptivo que Ulbricht a la política de détente y se aprovechó de que en las elecciones de 1969 el Partido Socialdemócrata de Alemania (SPD) ganó por primera vez las elecciones, acabando con veinte años de gobiernos conservadores del partido de Adenauer (la CDU/CSU). La llegada a la cancillería del popular antiguo alcalde Berlín Willy Brandt supuso el comienzo de la Ostpolitik: la política de diálogo con el este. Sus frutos fueron el Acuerdo cuatripartito sobre Berlín de 1971 (que relajó las fronteras) y el Tratado Básico entre ambas Alemanias de 1972, que supone el establecimiento de sendas misiones diplomáticas.

En el plano interno, Honecker pisa el acelerador del socialismo: en el octavo congreso del SED se decidió completar la nacionalización de toda la industria y profundizar enormemente en la construcción del estado de bienestar (la llamada “tarea principal”). Era un momento de optimismo: al nuevo reconocimiento externo se buscaba sumar la legitimación interna por medio de la política social. Y lo cierto es la red de seguridad social en Alemania Oriental era notablemente generosa: los alimentos básicos estaban fuertemente subvencionados, aunque había poco dónde elegir y un floreciente mercado negro. La sanidad era pública y gratuita, aunque los estándares técnicos eran muy inferiores a los de Occidente y había un marcado favoritismo hacia los allegados al régimen. La política de natalidad y vivienda estaba muy desarrollada, aunque era en detrimento de las pensiones y los asilos para la tercera edad; y además, los colectivos empresariales creaban solidaridades laborales muy fuertes, a pesar de que la igualdad en los salarios, la confiscación de todos los beneficios extraordinarios y las trampas contables mermaban la productividad real.

Esta generosa política social contribuyó a la crisis final del régimen. Dependiente energéticamente, la RDA tenía que importar grandes cantidades de crudo soviético. El marco de la RDA no era una divisa convertible, de modo que todas estas importaciones debían financiarse mediante exportaciones de manufacturas. Por ello, el SED hacía un énfasis permanente en el aumento de las cuotas producción en todos sus planes quinquenales. Cuando la segunda crisis del petróleo golpeó al mundo en 1979, la RDA cargaba con una enorme deuda muy difícil de manejar. La URSS, apremiada por sus propios problemas económicos, redujo entonces las exportaciones de crudo a la RDA. Esto fue un auténtico mazazo para los alemanes, que para pagar por los insumos necesarios para su economía tenían que limitar el consumo interno, exportando más y limitando importaciones de bienes de consumo que drenaban divisas del país. A finales de los 70 se llegó al extremo de tener que limitar las
importaciones de café. En consecuencia, los últimos años de la RDA fueron de significativas dificultades económicas.

Al mismo tiempo, la URSS estaba inmersa en su propia esclerosis terminal: consumida desde 1979 por la guerra de Afganistán, por la costosa crisis de Chernóbil (1986) y por la carrera armamentística que el presidente Reagan lanza desde 1981, no tiene más remedio que buscar el entendimiento con EEUU. Es la era de la perestroika de Gorbachov, que fue dejando claro que los días de la doctrina Brézhnev de intervención en otros países habían terminado. No hizo nada en el proceso de liberalización de Polonia, que culminó con el triunfo de Solidarnosc en las elecciones de junio de 1989. Tampoco hizo nada cuando los reformistas húngaros desplazaron al dirigente Janós Kádár en 1988. Para salvar la URSS, Gorbachov entiende que ha de desentenderse de su zona de influencia. En la reunión de la cumbre del Pacto de Varsovia del mes de julio de 1989, Gorbachov declara que ahora cada país es “libre para elegir”. Por simples casualidades del destino, Honecker tiene que ser hospitalizado durante la cumbre debido a un severo cólico biliar y perforación de Colon. Su ausencia descabezará al fuertemente jerárquico Politburó, dificultando la lúcida toma de decisiones. Seguramente nada hubiese evitado la caída del muro, pero de no haber sido por la oportuna enfermedad de Honecker, probablemente hubiese ocurrido de forma más ordenada.

Por tanto, esta vez una crisis como la de 1953 o 1961 podría acabar con el régimen. Y esto fue exactamente lo que ocurrió a finales de 1989. Todo empezó cuando las autoridades húngaras decidieron retirar la valla que sellaba su frontera con Austria en 1989. El resultado, en absoluto intencionado, fue que el mes de septiembre había 130.000 ciudadanos de la RDA en Hungría, que los deja pasar en violación del tratado de 1969. De nuevo estamos ante una crisis como la de los años 50. Pero esta vez, la situación geopolítica es totalmente distinta.

En Praga, 3000 alemanes orientales saltaron la valla de la embajada de la RFA en búsqueda de asilo. La respuesta de Honecker, que ya ha recibido el alta, es llevarlos en trenes sellados por el territorio de la RDA hasta la RFA. De este modo, puede simular como deportación lo que no es sino la huida de sus propios ciudadanos. La teatral maniobra resulta patética: el tren es recibido con vítores a su paso por la Alemania Oriental, y hubo incluso intentos de abordarlo. Este episodio mina la autoridad de Honecker, que no parece en condiciones de bregar con la situación. Los días 7 y 8 de octubre se celebra el cuarenta aniversario de la fundación de la RDA. Será el último acto al que asista Honecker, que tendrá que escuchar los gritos de la multitud pidiendo ayuda a Gorbachov, presente para la ocasión. El día 18 es apartado del poder y sustituido por Egon Krenz.

Hay protestas por toda Alemania, pidiendo reformas. Cualquier paso en falso puede ser fatal. Y ese paso en falso ocurre el 9 de noviembre. Para calmar la situación, el Politburó había esbozado con premura un decreto para relajar el paso fronterizo, pero el encargado de comunicárselo a la prensa (un tal Günter Schabowski) se enreda y acaba afirmando ante unos incrédulos periodistas que se permite la total libertad de paso entre las dos Alemanias “con efecto inmediato”. Es la chispa que prende el polvorín: las masas se dirigen a los pasos fronterizos. Los guardias no tienen instrucciones y, víctimas de la confusión, dejan pasar a la gente. El muro ha caído.


CODA: EL MURO DE BERLÍN Y EL LABERINTO DE LA HISTORIA

Todos los testimonios de la época coinciden en algo asombroso: nadie en la RDA esperaba que el país fuese a desaparecer. Eso no entraba en las reivindicaciones de los cientos de miles de manifestantes que se congregaron el 4 de noviembre en la Alexanderplatz. Lo que los alemanes orientales pedían en 1989 no era la caída del régimen o la reunificación, sino sólo libertad política y económica. El hecho de que creyesen que la RDA podía sobrevivir a la caída del muro y al colapso de la doctrina soviética de intervención expresa lo profundamente asimilada que estaba en ese momento la existencia de la Alemania Oriental, poblada por varias generaciones de alemanes que se consideraban “sus ciudadanos”. También prueba cómo en la vida cotidiana las grandes estructuras de la historia se pierden de vista y no entendemos la naturaleza de las cosas que vivimos.

Brezhnev i Honecker inmortalizados en el muro de Berlín por Dmitri Vrubel

Hemos visto cómo la RDA es un subproducto de la Guerra Fría y tiene sentido únicamente gracias a la lógica de ese enfrentamiento global. Hemos visto también cómo el muro es una solución necesaria dentro de dicha lógica. Pero lo más importante es entender que el comunismo no cae sólo por una serie de circunstancias aciagas y fortuitas: los regímenes comunistas caen por su base cuando queda claro que su premisa básica era errónea. Mientras que el capitalismo se legitima por sus logros presentes, el comunismo se justifica por su meta futura. Todas las drásticas medidas soviéticas (la intervención militar, el espionaje de sus propios ciudadanos, las purgas o la falta de libertad) son consideradas como medios necesarios para la consecución de un bien futuro que las iba a justificar. Esta es la lógica que Fidel Castro sintetizó en su célebre “la historia me absolverá”. Llevados por el análisis científico marxista, los comunistas son irracionalmente violentos por la convicción de que el mecanismo económico de la historia garantiza su triunfo. Hemos visto como Jruschov consolida la existencia de la RDA como forma de negociar y ganar así el tiempo necesario para superar a Occidente. También Ulbricht aplasta a la oposición y Honecker redobla su apuesta por el socialismo en 1971 por esta convicción. Pues bien, la profunda crisis económica que vivirán en los años 70 y 80 las repúblicas socialistas demuestra que su progreso está tan ligado a los ciclos del mercado como las capitalistas, y que al menos su modelo de construcción del socialismo ha fracasado. Por eso, cuando las circunstancias puntuales que hemos mencionado ponen a la URSS contra las cuerdas, está ideológicamente demasiado desmoralizada para reaccionar. Gorbachov tratará entonces de reformar el sistema desde dentro, lo que supone el abandono de sus países satélite. En estas circunstancias una crisis como la de 1989 fue mortal de necesidad para la RDA, abandonada a su suerte.

Esta convicción en el futuro era pues la razón de ser de la RDA, y por extensión el único motivo para mantener el muro en pie. Un ideal noble, como hermosamente expresaba su maravilloso himno (compuesto en 1949 por Hanns Eisler), pero que en 1989 hacía tiempo que se hundía bajo su propio peso. No obstante, pocos ciudadanos de la Alemania comunista parece que entendieron en 1989 lo que estaban viviendo, lo que viene a confirmar la afirmación de Hegel de que nos d
ejamos cegar por las mismas estructuras históricas que habitamos. El muro de Berlín no es por tanto una lección sobre el totalitarismo, el comunismo o la violencia. Tampoco sobre las ansias de libertad: los alemanes deseaban la libertad desde 1953 ¿Por qué sólo la alcanzaron en 1989? La respuesta es que sólo entonces se había completado el ciclo histórico del experimento comunista. Esta es la última paradoja de la Guerra Fría: el aparente triunfo del liberalismo en 1989 demuestra en realidad que los individuos aislados se encuentran en gran medida ciegos e impotentes, a merced de la colosal máquina de la historia.

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