SÁNAME, VUÉLVETE, Y SÁLVAME

Salmo 6 (uno de lamento)
1 Señor, no me reprendas en Tu ira,
Ni me castigues en Tu furor.
2 Ten piedad de mí, Señor, porque estoy sin fuerza;
Sáname, Señor, porque mis huesos se estremecen.
3 Mi alma también está muy angustiada;
Y Tú, oh Señor, ¿hasta cuándo?
4 Vuélvete, Señor, rescata mi alma;
Sálvame por Tu misericordia.
5 Porque no hay en la muerte memoria de Ti;
En el Seol, ¿quién te da gracias?
6 Cansado estoy de mis gemidos;
Todas las noches inundo de llanto mi lecho,
Con mis lágrimas riego mi cama.
7 Se consumen de sufrir mis ojos;
Han envejecido a causa de todos mis adversarios.
8 Apártense de mí, todos ustedes que hacen iniquidad,
Porque el Señor ha oído la voz de mi llanto.
9 El Señor ha escuchado mi súplica;
El Señor recibe mi oración.
10 Todos mis enemigos serán avergonzados y se turbarán en gran manera;
Se volverán, y de repente serán avergonzados.
La disciplina del Señor no siempre es deseable para nuestra alma, aun sabiendo todos los atributos de Dios, conociendo las verdades del evangelio, enseñándolas incluso. Su trato con nuestro corazón es agridulce, más aun en medio de circunstancias dolorosas. Cuando estamos dolidas, corremos a pensar en nosotras, lo injusto que fue aquello que nos dijeron o hicieron. Y aun teniendo razón, al tratar de encontrar inconscientemente sentido y justicia, nos hundimos más en nuestras disparatadas emociones.
DESEO: Sáname (vv.1–2)
Las pruebas o dificultades se asoman porque ofendimos a Dios o porque vivimos en un mundo caído y en medio de pecadores como tu y yo. Lo que no podemos negar es que duele. Sin embargo, éstas nublan cómo recibimos el dolor. ¿Lo recibimos para amarganos? o ¿Lo recibimos para reconocer que necesitamos que el Sanador de nuestra alma nos libre de la amargura?
Necesitamos que Su Gracia nos sustente. Necesitamos Su Espíritu Consolador nos recuerde las dulzuras del evangelio para traer cordura y sanidad a nuestras quejas, injusticias, perspectivas y pecado que gritan más razones por las que no queremos el dolor.
El dolor por injusticias forja y fortalece, pero no en nosotras mismas o convenios internos de no dejarnos de alguien más o demostrar algo. Sino que nos forja en fe y fortalece en Su Poder al ver nuestra debilidad en auto sanarnos. Nos muestra nuestra incapacidad de saberlo todo. Sólo Dios sabe lo que es justo, y Sólo Él es la correcta balanza de justicia.
PETICIÓN 1: Vuélvete (vv.3–4)
El lenguaje del salmo es uno de dolor (llanto, lágrimas, gemir, angustia, turbar, dolor físico, insomio, cansancio). Allí hemos estado algunas de nosotras, tardamos mucho en decir “vuélvete” y corremos a decir: ¿hasta cuando? porque el tiempo pasa y el dolor parece incrementar.
Podemos correr a nosotras, tratar de huir al no buscar a Dios en oración o meditación de Su Palabra. Pero todo será infructuoso. ¿A dónde huiremos de Él? Vamos a Él en humillación: Señor vuélvete a mí, libra mi alma. El enfoque no es orar diciendo: “haz esto, haz lo otro”, es vuélvete. No que Él se haya ido, Él está presente. Es nuestra alma la que necesita clamar porque hay desesperanza, impotencia y desfallecimiento de fe.
Pregonamos a nuestra alma la dependencia de Dios cuando decimos “vuélvete”. Dios conoce nuestra alma, nuestras circunstancias, está presente y obrando de acuerdo a Su sabiduría inescrutable juntamente con Su bondad perfeccionadora que nos trata como hijas cuando nos disciplina. Su obrar en nuestra alma no excluye el dolor sino que lo usa para librarnos de nosotras mismas.
PETICIÓN 2: Sálvame (vv.4–8)
No vemos claro. El dolor es un mal guía, nos engaña a rebuscar razones, protestas y lógicas para dejarnos allí. Algunas hasta sienten más cómodo quedarse allí. La prueba no es un examen que debemos ganar basado en nuestros méritos. Por Su obra en la Cruz podemos decir: “sálvame”, porque Él ya ha obrado justamente y sido aprobado por nosotras.
David nos enseña que su dolor ha sido tan fuerte hasta los huesos. Por eso clama pero por su Fuente de Misericordia, clama para recordarse que Dios es lo único que calmará su dolor.
Hay circunstancias difíciles que nos han consumido en lágrimas, noches de no poder dormir, ojos hinchados de tanto llorar, y rostros envejecidos sin alegría ni gozo interior. Pero David dice “sálvame”. Él no se quiere quedar allí. Él sabe que hay otra forma de aplacar su dolor: pon tu confianza en Cristo Jesús.
EXPRESIÓN DE CONFIANZA (vv.9–10)
Hay uno que sufrió hasta la sangre por ti y por mí. Cristo sufrió y lloró gotas de sangre. Pienso en el dolor físico, pero ese es momentáneo. Él lloró porque sabía que Dios lo abandonaría a causa de nuestro pecado. Jesús lo expresó: “¿Por qué me has abandonado?”. Sin embargo, Jesús se expusó al dolor voluntariamente para que hoy nosotras por fe en Él podamos confiar que Dios no nos abandonará nunca.
Hebreos 5:7 “Y Cristo, en los días de su carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”, por eso fue “autor de salvación y perfeccionador de nuestra fe”.
Tenemos misericordias nuevas cada mañana por Su obediencia en toda su vida, la cual puso en esa cruz por nuestra vida. Él se compadece de nuestros sufrimientos. Nadie ha sufrido tan injustamente como Él que murió por los pecados de muchos y soportó el dolor más duro de Mano de Su propio Padre por amor a Él manifestado en nuestra salvación y sanidad.
ESPERANZA EN CRISTO
David le pide a Dios que su disciplina no sea con ira, sino que por Su Misericordia, se vuelva, lo sane y salve librando Su alma, oyendo su oración y haciendo justicia contra sus enemigos.
Dios se volvió a nosotras cuando Cristo extendió Su vida perfecta y justa en ese tribunal donde nuestros angustiadores son declarados culpables y nosotras justas. Pero nuestro concepto de justicia sigue estando empañado. Nuestra esperanza que un día habrá justicia perfecta, y sus enemigos serán puestos bajo Su estrado.
Dios recibe nuestros ruegos, escucha nuestro clamor por Cristo. Nos disciplina porque somos hijas, usa las pruebas para perfeccionarnos en una fe de la que Cristo es autor. Nos da esperanza que no nos dejará en el Seol sino que nos hará conocer los caminos de la vida llenándonos de gozo con Su presencia (Hch 2:27–28). “Pues tal confianza tenemos mediante Cristo para con Dios, no que seamos competentes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismobs, sino que nuestra competencia proviene de Dios”, 2 Cor 3:4–5.
Cristo es nuestra esperanza de gloria (Col 1:27). Un día ya no habrá llanto ni dolor por la eternidad. Un día nuestros ojos ya no se cansarán de sufrir, sino serán alumbrados por la presencia deslumbradora y perfecta de Nuestro Padre Dios, Santo, Santo, Santo.

