El momento para el optimismo

Las noticias políticas de los últimos tiempos están cayendo, una tras otra, como losas que van aplastando el espíritu de aquellos a quienes nos gustaría ver un mundo con valores solidarios. La tragedia humana en Siria y el indecente desprecio político europeo, el voto de Reino Unido para matar el proyecto Unión Europea, la derrota del proceso de paz en Colombia, la traición de la élite del PSOE a lo que hace tiempo que no representa. La victoria de Trump en Estados Unidos parece, por ahora, la penúltima estacada a la espera de lo que pueda pasar en las próximas elecciones de países como Francia o Alemania.

La primera reacción a esta serie de puñaladas es bajar los brazos. Parece que no podamos hacer nada. La mayoría de estos acontecimientos han surgido a partir del voto de la gente; precisamente lo que siempre estamos reclamando. Si así lo quiere la mayoría del pueblo, ¿qué argumentos podemos contraponer? ¿Vale la pena seguir intentándolo?

Es cierto que lo primero que tenemos que hacer es aceptar el momento actual. El presente ya no lo cambiaremos. Pero no es menos cierto que hay una explicación racional al porqué parece que el mundo se haya vuelto loco. Además, y esto es ilusionante, podemos cambiar las cosas con menos tiempo del que ahora nos pueda parecer.

Como explica muy bien el activista y escritor George Monbiot, el neoliberalismo ha hecho perfectamente su trabajo. Escondido en el anonimato y en la confusión de las palabras, donde beneficio sirve tanto para definir lo que es productivo a nivel social como aquello que sólo es un juego de cartas, ha acabado por hacernos creer que el sistema actual es el único posible. No sólo la derecha sino también la supuesta izquierda -como el PSOE, el Partido Demócrata de EEUU o el PS francés- hablan un mismo lenguaje que no se sale de un marco incuestionable. En un mundo donde hay recursos para todos, la calidad humana más valorada es la capacidad de competir. La gente escucha a los políticos pero cuando les toca hacer no cambian nada. En este escenario, es fácil de entender como se acaba votando más con el hígado que con la cabeza. Se acaba yendo en contra de todo lo que proponga el establishment; sea algo bueno o malo no importa. Si sumamos a esto el bajo nivel educativo de la sociedad, otro de los logros del neoliberalismo, el cóctel es explosivo.

Ahora bien, la victoria definitiva por parte del neoliberalismo comienza en 2007, cuando a su crisis la izquierda política no sabe contraponer ninguna solución. De las bocas de aquellos que representa que deben ofrecer alternativas sólo sale la palabra No. Un discurso negativo contra todo pero que en el fondo se ha creído la gran mentira: que no hay alternativa. Por este motivo, creo que ahora es el momento para el optimismo. Un optimismo como ejercicio de realismo, ya que la realidad es que si no logramos transmitir alternativas el futuro es demasiado inquietante. Necesitamos optimismo para tener la energía necesaria para ilusionarnos y movilizarnos. Un discurso positivo que, más que centrarse en ir contra lo que hay, sepa ofrecer cosas nuevas. La especie humana es capaz de hacer cambios de mentalidad colectivos muy rápidamente, así que dejemos atrás el pesimismo y empezemos a construir. Aún estamos a tiempo, pero tenemos que ponernos ya.

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