El pasado de Potosí (I)

A 4090 metros sobre el nivel del mar, Potosí (en el centro-sur de Bolivia) es la ciudad más alta del mundo. Paradójicamente, también se puede afirmar que es una de las ciudades que ha tenido que vivir con la cabeza más baja a lo largo de toda la historia.

El motivo de la existencia y la desgracia de Potosí es uno mismo: la plata. Cuando a un boliviano se le pregunta sobre esta ciudad, es muy probable que junte las manos en forma de pirámide para hacer referencia al Cerro Rico, la montaña a los pies de la cual descansa. Acto seguido, quizás allane un poco la punta de los dedos para así representar como ésta ha ido disminuyendo de altura. A lo largo de los siglos, el Cerro Rico ha ido escupiendo toneladas de plata a la misma velocidad que se ha tragado las vidas de los mineros que la han trabajado.

El Cerro Rico de Potosí.

Algunos aseguran que con la plata usurpada al Cerro Rico durante el dominio español, se habría podido construir un puente para unir Potosí a España y que aún habría sobrado metal para transportar aprovechando la nueva infraestructura. Quizás sea un poco exagerado, pero lo que está claro es que las entrañas de esta montaña ayudaron decisivamente al progreso de lo qué ahora algunos llaman Occidente. Igual que pasó en otros lugares, como por ejemplo en las plantaciones tropicales, los indígenas y los esclavos traídos de África se convirtieron en un simple combustible a consumir para hacer funcionar la máquina de generar riquezas.

Cuenta la leyenda que, antes de la llegada de los españoles, el inca Huayna Cápac, enfermo, se hizo llevar a unas aguas termales que debían ayudarlo a sanar. De camino, se encontró con el Sumaj Orcko, o cerro precioso en quechua, del cual había escuchado grandes elogios dedicados a su forma cónica perfecta y a su gama de tonalidades rojizas. En aquellos tiempos, la plata y el oro que el imperio extraía no se utilizaban para comerciar sino tan sólo como ofrendas a los dioses. Las sospechas de que en el interior de aquel cerro podrían haber metales preciosos impulsó al inca a organizar una expedición con el objetivo de embellecer todavía más el Templo del Sol de Cuzco, capital del imperio inca. Pero cuando los mineros intentaron agujerear la piedra y extraer la primera veta de plata, una terrible voz, como si se tratara de un trueno, surgió de lo más profundo de debajo de sus pies: “No es para vosotros; Dios reserva estas riquezas para los que vienen de más allá”. Los incas, tomados por el pánico, huyeron y, a partir de entonces, aquella montaña pasó a ser conocida como Potojsi, que significa “explosión”.

Niños jugando en el actual Potosí.

Pero un llamero inca, de nombre Diego Huallpa, cambió el curso de la historia. Corría el año 1545 y los españoles ya hacía tiempo que habían llegado al que, para ellos, era un nuevo mundo. Como hacía siempre, Diego salió para que sus llamas, extraordinarias supervivientes capaces de aprovechar lo poco que crece a 4000 metros, se alimentaran. Aquel día, sin embargo, dos de ellas se escaparon y Diego empezó a perseguirlas. Al llegar la noche todavía no habían aparecido y, para no morir de frío, se acunó a la pared de la montaña y encendió una hoguera. Fue en aquel momento cuando la luz del fuego se reflejó en una veta de plata pura y reveló así el gran secreto escondido.