El pasado de Potosí (y II)

Llegados a este punto las historias divergen. Unos dicen que Diego Huallpa, conocedor de la leyenda, decidió no tocar la plata. Otros afirman que quiso aliarse con un amigo suyo para explotar el negocio pero que, al surgir desavenencias entre ellos, éste explicó todo a los españoles. O quizás fuese el mismo Diego quien lo explicó.

No importa, el resultado de la historia es el mismo: los españoles se enteraron del descubrimiento y, en 1545, fundaron, al pie del Cerro Rico, lo que en un primer momento fue conocido como Villa Imperial de Carlos V. A partir de ese momento, la plata empezó a fluir a toneladas en dirección a la Casa de la Contratación de Sevilla. Desde allí, una parte era destinaba a cubrir las excentricidades de los monarcas y el resto, la gran mayoría, se esfumaba dirección a Holanda o Inglaterra, con el objetivo de pagar a los acreedores europeos de la aventura transoceánica española. La nueva ciudad creció a un ritmo vertiginoso y, tan sólo veintiocho años después de su fundación, contaba con 120.000 habitantes, los mismos que la Londres de la época. Potosí se convirtió, de largo, en la ciudad más poblada del nuevo continente, y también en una de las mayores del mundo.

Lo que siguió a aquel hallazgo fue una orgía de plata, opulencia y poder a expensas de una auténtica masacre a cuentagotas. La plata atrajo capitanes, sacerdotes y buscadores de tesoros. Casi por arte de magia apareció una enorme ciudad y una desordenada sociedad donde algunos vivían extasiados de riqueza y otros deprimidos de pobreza. Iglesias y palacios nacían de la nada tan rápido como tabernas y salones de prostitutas. La flamante ciudad se convirtió en una especie de casa del cuento de Hansel y Gretel pero de plata. En 1658, durante la celebración del Corpus Christi, las calles por dónde pasaba la procesión fueron levantadas y pavimentadas con este metal precioso.

De la nada surgió una ciudad llena de lujos. En la foto, la Casa de la Moneda.

Como suele suceder, la riqueza de unos pocos fue construida en base a la desgracia de muchos otros. Los millones de kilos de plata extraídos del Cerro Rico fueron cambiados por la vida y la muerte de millones de personas. Debido a que no habían suficientes indígenas para mantener la producción, desde África llegaron lo que, simplemente, eran considerados cargamentos de esclavos. Se calcula que, desde 1545 hasta 1825, fecha de la teórica independencia boliviana, ocho millones de personas murieron como consecuencia del trabajo con la plata en Potosí. Los mineros morían en terribles accidentes o enfermos de silicosis. En los ingenios, dónde se separaba la plata de lo que no se obtenía beneficio, los efectos tóxicos del mercurio también causaban la muerte. Con la finalidad de aumentar la productividad, en 1572 el virrey de Toledo instauró la ley de la mita. Por ésta, los mineros estaban obligados a vivir 4 meses dentro de la mina, trabajando durante turnos de 12 horas y sin ver la luz. Al salir, muchos morían como consecuencia del trabajo forzado y otros quedaban ciegos al sentir otra vez el brillo del sol.

Las minas del Cerro Rico aún son explotadas en la actualidad.

Potosí fue importante mientras tuvo plata. Las cantidades ingentes que fueron exportadas supusieron la base del crecimiento de Europa. Pero, en el siglo XVIII, casi ya no se podía obtener más y, entonces, empezó el declive de la ciudad. Poco a poco fue cayendo en el olvido hasta llegar a lo que es ahora: una sucia ciudad que aún sigue intentando vivir de lo poco que le queda a la montaña. Mientras, desagradecidos, los países adinerados la han olvidado.