
El árbol Ramón, el ciclo del Thelmio y el hombre fotosintético
Hacer disoluciones de tierra con agua y polvo fino de ladrillo en mi juego de tazas de té de plástico son recuerdos que vienen a mi mente con mucho cariño, siempre hubo algo mágico y misterioso que me atraía de combinar componentes. Sin embargo, jamás había oído hablar de la palabra Química, me parecía que eso de la ciencia era para gente muy inteligente, que debía haber nacido en una familia de científicos importantes para poder desarrollarme en ese contexto.
Aparte yo era una loca de los libros, leía mucho, conocía de ese universo y tenía muy claro que quería ser escritora de cuentos de terror para niños.
Pero hubo un punto clave que cambió el sentido de mi vida. Una visita al papalote museo del niño por parte de mi escuela. El papalote es un maravilloso museo mexicano especializado en divulgar ciencia de manera dinámica y lograr la inmersión de niños en contextos científicos.

El papalote museo del niño es uno de los museos más importantes, divertidos y coloridos de México. No he visto ningún otro que sea tan accesible para el entendimiento y diversión de los niños.
Tengo recuerdos vagos de la primera vez que lo visité, eclipsados por todas las otras veces que he ido.
No estoy muy segura de la edad que tenía o de mi grado escolar, pero recuerdo que iba con más niños de mi edad y después de ver varias atracciones y jugar mucho, llegamos a una sección llamada “El árbol Ramón”.
El árbol Ramón era una estructura de plástico con forma de árbol por la que atravesaba un tobogán. Recuerdo a mi grupo sentado en torno al árbol y a nuestra guía frente a nosotros pidiendo silencio.
No recuerdo las palabras exactas, pero recuerdo la pregunta que cambió mi vida:
— — — — — — — — — — ¿Qué comen las plantas? — — — — — — — — — —

Un chispazo se encendió dentro de mí. En ese instante recordé todas las veces que mi abuelita me daba de comer a mí, a mi hermano y primos, recordé los costales de croquetas para perros del mercado, del alpiste y la vaina para los canarios, la comida para gato en el centro comercial, la comida chatarra y los vegetales. Recorrí todo el archivo de “comida” dentro de mi cabeza, pero no encontré ninguna referencia para saber qué comían las plantas. Yo sólo recordaba que mi abuelita les ponía agua por las mañanas, pero no les daban hamburguesas o spaguetti como a mí. ¿De qué vivían entonces?
Una curiosidad por el conocimiento se encendió ese día. Escuché atentamente lo que la guía tenía que decir. Dio una corta explicación acerca de la fotosíntesis, según lo que yo había entendido, las plantas sólo necesitaban sol, tierra, agua y aire para existir, crecer y reproducirse. Fue asombroso.
Y entonces vino la primer idea que revolucionó mi existencia:
¿Qué tal si existiera un hombre fotosintético, que no necesitara comida, sólo tierra, agua, sol y aire para vivir? Sin duda se acabaría la hambruna mundial y no perderíamos el tiempo en comer. ¡Sería increíble!
La guía del museo dio la indicación para ponernos de pie y subir al tobogán. Mis compañeros iban felices a trepar por el árbol, pero yo acababa de recibir la iluminación total, no podía pensar en toboganes, en ese instante tomé la feroz decisión de inventar un hombre fotosintético.
No tenía idea de qué tipo de ciencia estudiaba eso, pero sin duda, yo podría hacerlo, basada en una de mis caricaturas favoritas: Tracey McBean, una niña inventora. Si Tracey podía hacer todo tipo de experimentos en su camper, yo podía, sin duda, hacer que un hombre fuera fotosintético.
Entonces llegué a mi casa, prendí la computadora e investigué todo lo que pude de los árboles y la fotosíntesis en mi Enciclopedia virtual: Encarta.
Descubrí que era un híbrido entre Anatomía-Botánica -Bioquímica lo que tenía que saber si quería hacer que un hombre fuera fotosintético. También descubrí que había ciertas “cosas” que pasaban dentro de los organismos que permitían cambiar luz, agua y tierra por energía. Les llamaban “Ciclos bioquímicos”. Fue muy sencillo entonces decidir lo que quería hacer de mi vida.
Iba a dedicarme a hacer un ciclo bioquímico por medio del cual un hombre pudiera ser fotosintético y se llamaría “Ciclo del Thelmio”, por cierto, mucho gusto, mi nombre es Thelma.
Así decidí que en vez de escribir historias acerca de lo que podría o no ocurrir en el mundo, podía ser científica y hacer que esas cosas verdaderamente ocurrieran.
Entonces me volví científica, no abandoné las vías metabólicas ni la ambición de tener un ciclo bioquímico que lleve mi nombre, pero mis objetivos han cambiado y el hombre fotosintético es un bonito recuerdo y un motor de inspiración durante mis largas jornadas en el laboratorio.
Thelma

Soy Química Farmaceútico-Biológica de la Universidad Nacional Autónoma de México y tengo el firme propósito de vida de acabar con la contaminación por plástico en el mundo.
Encontré que la Biotecnología es una de las herramientas más interesantes (y complejas) para deshacerme del plástico del mundo, encontrando y estudiando bacterias que han evolucionado de tal manera que ahora pueden alimentarse de plástico.
Convencida de que tenemos que empezar a limpiar nuestro planeta lo más pronto posible, fundé Spootnik Mx, una empresa dedicada a acabar con el plástico en el mundo por medio de productos comestibles que sustituyan a los que hoy denominamos “desechables” como empaques, platos, vasos o cubiertos. Spootnik Mx está en constante búsqueda de nuevos productos/ servicios que promuevan el prescindir del plástico.
El emprendimiento en materia medioambiental y la difusión de la ciencia para la preservación de la naturaleza son mis grandes pasiones, las cuales me han llevado a cumbres internacionales, como Allbiotech o BioSummit, conectando con más gente interesada en impulsar la ciencia y la tecnología.
Thelma, además cuenta con su propio blog (https://thelmaniaca.wordpress.com/), donde podrán encontrar esta y muchas historias más :)
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