Engendrar al Gato Volante

Cuenta la leyenda que el mundo, en sus inicios, era un estadio lleno donde cuatro jóvenes tocaban rock & roll. Un buen día los dioses, celosos a más no poder debido a la fama de “esos delgaduchos” mortales y, sobre todo, a causa de la infamia que uno de ellos, el guitarra acompañante, se atrevió a pronunciar en una entrevista, enviaron al ángel de la destrucción, quien sembró la discordia y avivó las diferencias entre los hombres. A partir de ese momento, la humanidad se dividió entre los adeptos del “guarapo comercial” de McCartney y los de la “música en serio” de Lennon.

Así les decía Angelito, el Chino, a los muchachos de la Piña, la cual estaba integrada además por Freddy Mamoncillo; Marco Aurelio (el Pequeño, el estoico) y el narrador, partes fundamentales de la singular historia que nos presenta Abel Prieto en El vuelo del Gato (1999; Premio de la Crítica). Como en un friso, otros personajes también se presentan a través de las páginas del libro: los viejos compañeros del Pre de Marianao, los antiguos emperadores romanos, los adeptos de Kardec, los hippies, Janis Joplin, Simon and Garfunkel y el mismísimo Bob Dylan.

Desentrañar, literatura mediante, los vericuetos del mestizaje, resulta el propósito del autor pinareño, para de esa forma exponer, desde la especificidad, el inmenso ajiaco que simboliza el ser cubano, como dijera Don Fernando Ortiz.

Por supuesto, la hibridación trae consigo ciertas concepciones sociales: la del adelanto y la del atraso. De la misma manera en que un tigre y un león pueden engendrar al ligre, animal gigantesco y genéticamente superior a sus antecesores, también pueden dar a luz a la variante más atrasada: el tigrón. Así ocurre con los cruces en nuestro país. Sin embargo, Abel argumenta, incluso ejemplifica, para que el lector interiorice la complejidad de dicho fenómeno, lo siguiente: siempre el resultado va a ganar en ciertos aspectos fisiológicos y psicológicos y va a perder en otros, pero, como dijera Lezama en La universalidad del roce: “El gato copulando con la marta /no pare un gato /de piel shakesperiana y estrellada, /ni una marta de ojos fosforescentes. /Engendran el gato volante”. O sea, el resultado es mucho más que la sencilla suma de las partes.

En un todo integrador, desfilan las sustancias que componen a la Persona: un Cuerpo, una Alma Animal y una Alma Razonable. En la pugna interna por alcanzar (o no) el autodominio y el dasasimiento, por darle a las Cosas el justo valor que se merecen, la brecha entre la Vida Ficticia y la Vida Verdadera irá separando (o uniendo) a los protagonistas de El vuelo del gato.

Por: Miguel Angel Castiñeira García

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