Privacidad vs. transparencia

El peligro de saberlo todo

Nuestra hiperexposición en redes sociales fomenta que voluntariamente cedamos nuestra intimidad. ¿Cómo recuperarla?

Es sábado, te despiertas y checas la app del clima en tu teléfono para ver cómo te conviene vestirte hoy. Vas a desayunar con unos amigos, le tomas foto a tu pan francés y tu taza de café y la subes a Instagram mientras haces check-in, calificas el restaurante y haces un comentario en su perfil de Facebook. Después, decides ir un rato al gimnasio, te tomas una selfie, la subes a tus redes sociales, respondes a los comentarios de aliento de tus seguidores/amigos/conocidos. Al terminar, te encuentras en una encrucijada: ¿ir a casa para disfrutar de un maratón de Netflix o asistir a una comida/peda de un amigo de la prepa al que no ves hace más de 10 años, pero con el que interactúas relativamente seguido en Facebook. ¿Qué hacer? Consultar a tus seguidores para que te ayuden a decidir… Finalmente decides ir a la fiesta, te tomas una serie de fotografías donde muestras lo bien que la estás pasando y te preparas para documentar tu cruda el domingo…

¿Te suena familiar? A mí sí. Pasé por ahí, sin embargo, después de un par de años de hacerlo, más ciertas lecturas y series que tratan el tema, me di cuenta del peligro que conlleva “publicarlo todo”. ¿Qué nos motiva a hacernos completamente visibles?

Recientemente terminé de leer uno de los bestsellers gringos más cotizados, The Circle (El Círculo), de Dave Eggers, mismo que tiene ya su adaptación al cine (sale la adorada Emma Watson y el siempre querido Tom Hanks) y que pronto se estrenará en México.

El libro deja que desear, sin embargo, la premisa es interesante: saber cosas es bueno, pero saberlo TODO es mejor. De hecho, la sociedad de El Círculo (una especie de Google en esteroides) basa su filosofía en las siguientes tres premisas:

LOS SECRETOS SON MENTIRAS

COMPARTIR ES QUERER

LA PRIVACIDAD ES UN ROBO

Cuando, como usuarios de redes sociales en pleno siglo 21, compartimos, publicamos, comentamos y documentamos nuestra vida, nos hacemos visibles en un mundo donde prácticamente todos somos invisibles. Pero no solo nos hacemos visibles ante el resto de los seres humanos, lo hacemos ante las corporaciones y las marcas; nos convertimos en el consumidor ideal, pues compartimos voluntariamente quiénes somos, qué comemos, a dónde vamos, cómo dormimos, cómo nos vestimos, qué sentimos… Nos volvemos TRANSPARENTES.

¿Y es acaso mala la transparencia? En principio, no, pero ¿hasta dónde debemos ser completamente transparentes? ¿es verdad que los secretos son mentiras y que la privacidad es un robo? ¿Un robo a quién? A todos los que están allá afuera que quieren hacer uso de la información que cada uno de nosotros genera.

100% transparentes: una moneda de dos caras

Todos, por naturaleza, nos “comportamos” cuando nos están viendo, pero cuando estamos solos somos diferentes. Entonces, ¿qué pasaría si todo el tiempo nos estuvieran viendo? Según la premisa del Círculo en donde “los secretos son mentiras”, todos y cada uno de nosotros sacaría a relucir la mejor versión de uno mismo. ¿Será?

En Black Mirror, -serie de Netflix altamente recomendable que trata el tema del uso exacerbado de la tecnología y su efecto en la sociedad-, hay un capítulo (el primero de la tercera temporada), en donde se toca, de forma diferente, el tema de “la mejor versión de uno mismo”. El capítulo se llama “Nosedive” (algo así como “caída en picada”); en él se plantea una sociedad en donde todos son continuamente calificados mediante estrellas de acuerdo con su comportamiento. Es decir, si alguien interactúa con otro alguien y no es del todo “educado” (¿educado según quién?), es posible que reciba solo una estrella. Así, el score acumulado te permite el acceso o no a ciertas zonas donde vivir, puestos de trabajo, productos de consumo, etc.

“Nosedive”, primer capítulo de la tercera temporada de la serie Black Mirror. (Cortesía IMDB).

Si la premisa de “Nosedive” se convirtiera en realidad viviríamos en un eterno “concurso de popularidad” con consecuencias funestas. Lo terrorífico es ¿qué tan lejos estamos de que eso ocurra?

Mi tendencia optimista tiende a pensar que el afán por publicarlo todo y hacerse transparentes llegará a su punto máximo relativamente pronto para después caer en picada. Mi esperanza es que las nuevas generaciones encuentren el punto de equilibrio entre los pros y los contras que conlleva la inserción de la tecnología. Pero si esto no pasa, ¿habrá algún código ético que nos permita protegernos de la completa invasión a nuestra vida privada? Los que no desean formar parte del “círculo tecnológico”, ¿tendrán la opción de replegarse? Esperemos que sí…

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