Los escenarios de mi ficción

Sobre los futuros que veo en mis relatos de ciencia ficción y cómo les saco provecho.

Desde que comencé a escribir ciencia ficción, la mayor parte de mis historias han transcurrido en uno de tres diferentes escenarios o visiones generales del futuro. El primero de ellos es el más cercano a mí en tiempo y espacio: el siglo XXI dentro de más de una década, y mi ciudad natal, Rosario, en el litoral del río Paraná, Argentina. A esta visión podríamos llamarla el Escenario Familiar, pese a que en muchos puntos puede ser perturbadoramente ajena a la mentalidad de un argentino adulto del año 2015.

El Escenario Familiar (en otoño de 2013; la torre oculta por el árbol ya está terminada hoy, y otras están creciendo en los alrededores).

Por razones obvias el Escenario Familiar es a la vez el más fácil y el más difícil para componer historias. Las líneas que conducen al futuro ya están, por así decirlo, bien localizadas en el presente, y tirar de ellas no es más que un ejercicio moderado de la imaginación y el sentido común. Por ejemplo: ¿qué podemos esperar de una conectividad cada vez mayor, combinada con redes sociales cada vez más invasivas de la privacidad, integración creciente de los sistemas de información en torno y dentro de nuestros cuerpos, un estado con legislaciones cada vez más alejadas de la realidad del progreso tecnológico y con controles cada vez menores sobre las empresas? Todo eso ya está aquí: no es muy difícil, entonces, pensar en una época en que los trabajadores sean obligados a conectarse durante toda su jornada laboral, por medio de interfases intracorporales que no pueden deshabilitarse, a la red de geoposicionamiento de la empresa. Por otra parte, extrapolar a parte de la realidad conocida íntimamente es complejo para el autor, porque de manera natural uno trata de considerar todos los detalles, sin violentar los propios instintos ni permitirse demasiadas licencias, y el futuro aparece así como constreñido, básicamente previsible. Se puede escribir una buena historia de ciencia ficción sin elementos realmente sorprendentes ni golpes de efecto, pero si la historia depende de elementos ficticios que son totalmente predecibles para el lector, el resultado sufrirá. (Hasta ahora la única historia de este escenario que he publicado es El hijo pródigo, un cuento muy corto donde interviene la manipulación genética.)

Otro de los escenarios donde he escrito bastante es el gran espacio de tiempo futuro y de espacio lejano en el cual viven los descendientes de los seres humanos que, escapando de la Vieja Tierra, colonizaron cientos o miles de mundos de todo tipo, olvidando el camino de vuelta a su origen y volviendo, en su mayoría y por varias razones, al estado de civilizaciones planetarias de baja tecnología o incluso al primitivismo. Este escenario, el que yo llamaría el de la Diáspora, me ha resultado sumamente fructífero, porque otorga una gran libertad. De por qué todas esas expediciones interestelares, munidas de una impresionante tecnología, terminan invariablemente quedando varadas en sus planetas colonizados, he escrito; el principio general es que por causa de un clavo se pierde un reino, siendo el clavo aquel elemento o conjunto de elementos críticos y delicados que sostienen una civilización en el nivel donde puede lanzarse a viajes espaciales tripulados de larga duración y de manera no totalmente excepcional. (De estos relatos tengo muchos. Mis tres libros de ficción publicados, Historias de Costaymar, La Gran Máquina y La mujer que vino del espacio, transcurren en escenarios de este tipo.)

Portada de Historias de Costaymar, el primer libro que publiqué. Sus cinco relatos transcurren en distintas épocas de una colonia humana en el planeta homónimo, en orden cronológico inverso.

La Diáspora es fructífera porque la vuelta al primitivismo da al autor la posibilidad de reinventar la Tierra en otras tierras, de crear versiones alternativas de la historia, casi como si los colonos humanos fueran de hecho nativos, aunque por supuesto, a ninguno de ellos debe permitírseles olvidar que no lo son. En los mundos de la Diáspora los alimentos locales deben ser tratados para no ser bioquímicamente incompatibles con la fisiología humana; el clima no está ajustado al rango de habitabilidad del Homo sapiens, la atmósfera puede ser un poco demasiado tenue o un poco demasiado densa, la radiación ambiental puede requerir una existencia confinada a refugios o modificaciones al genoma para hacerlo más resistente. Inevitablemente se deben hacer concesiones a la ciencia para dar lugar a la aventura; aunque sabemos por observación e inferencia que hay millones de planetas de tipo terrestre en la galaxia y que una fracción apreciable de los mismos pueden ser habitables, la Diáspora requiere para ser plausible que haya muchos de ellos en un espacio relativamente pequeño, a menos que introduzcamos violaciones aún más chocantes a la ciencia actual, como el viaje a mayor velocidad que la luz. (En mis relatos no hay tal cosa: las naves tripuladas viajan de hecho a una velocidad pasmosamente lenta para los estándares de la ciencia ficción, con sus tripulantes en animación suspendida.)

Finalmente, un escenario derivado del de la Diáspora es el que yo llamo el de la Tierra de un Millón de Años. La premisa aquí es que la era de la colonización galáctica ha terminado. La especie humana quizá esté desparramada en cientos de miles de planetas, en cada uno de ellos evolucionando de maneras diferentes, pero nada sabemos de ellos. Los últimos residentes del Sistema Solar incorporaron tanta tecnología a sus cuerpos biológicos que se volvieron cyborgs, y la mayoría de ellos ha ido aún más lejos. Han emigrado hacia las estrellas tomando formas que no pueden describirse con conceptos humanos. No puede hablarse de ellos como individuos, ni puede decirse que tengan cuerpos o que experimenten el espaciotiempo de la misma manera que nosotros. A todos los fines prácticos, son dioses, aunque tienen plena conciencia de no serlo verdaderamente. Los únicos seres humanos primitivos que quedan viven en la Tierra, una Tierra con sus recursos naturales casi agotados por milenios de explotación, no necesariamente arruinada pero sí disminuida, reducida a unos pocos hábitats. Unos pocos post-humanos la vigilan y vigilan a sus habitantes primitivos desde la órbita baja, quizá como meros observadores, quizá llevando a cabo experimentos que duran cientos o miles de años. (Mi único relato publicado que encaja en este escenario es Los que vuelven.)

La Tierra de un Millón de Años tiene pocas de las ventajas de la Diáspora o del Escenario Familiar. El escenario está restringido, pero lo extrapolable es muy poco, porque en un millón de años todo habrá cambiado tanto que nada puede saberse o adivinarse con un mínimo de seguridad. En todo caso, el autor debe explicar por qué ciertas cosas no han cambiado. ¿Por qué los seres humanos terrestres siguen siendo más o menos iguales a los del siglo XXI? Los otros, los post-humanos, presentan el problema inverso: ¿cómo es que habiendo cambiado tanto todavía les importan algunas de las mismas cosas que a nosotros? ¿Cómo es que podemos comprenderlos, cómo es que no son como dioses, caprichosos o inescrutables?

En todos estos escenarios hay un punto común que separa lo que escribo de buena parte de la literatura de ciencia ficción que trata con tiempos comparables: la ausencia total de otras especies inteligentes aparte del Homo sapiens (con la excepción, claro está, de sus descendientes evolutivos y, en ciertos escenarios, de inteligencias artificiales autorreplicantes). En esta decisión, que a primera vista parece empobrecer mi visión del futuro y achicar las chances de aventura y complejidad de mi universo ficcional, cuento con al menos dos ilustres predecesores. Ni en la saga de Fundación, de Isaac Asimov, ni en la de Dune, de Frank Herbert, hay en toda la galaxia ninguna especie sentiente excepto la humana. Humanos, mutantes de origen humano y robots originalmente fabricados por humanos: eso es todo, y el universo no es menos rico por eso.

En el Escenario Familiar la ausencia de extraterrestres es totalmente plausible. Dada la edad de nuestra galaxia, el tiempo disponible para que la vida inteligente evolucione, salga al espacio y encuentre nuestro planeta es inmenso, y es muy poco probable que, no habiéndolo hecho antes, lo haga precisamente en este momento y no, por ejemplo, dentro de mil o de diez mil años.

En el escenario de la Diáspora el contacto con inteligencias alienígenas, si existiesen, debería ser mucho más probable. En el de la Tierra de un Millón de Años he dejado, hasta ahora, indecisa la cuestión. Los habitantes primitivos del planeta abandonado no tienen manera de saber qué ocurre en el resto del universo, y así es mejor… para este autor, al menos.

¿Es plausible que en todo este gigantesco universo, o para acotar la cuestión, en toda nuestra galaxia, no exista otra especie inteligente además del ser humano? Planteada así (como suelen plantearla los fans de los platos voladores) parece una cuestión de sentido común responder negativamente. A fin de cuentas, tanto espacio sin más seres sentientes que nosotros, habitantes de un planeta minúsculo en un rincón insignificante de la galaxia, suena a un “desperdicio de espacio”, como dice sin demasiado rigor la protagonista de Contacto, de Carl Sagan. Pero cuando observamos un desierto o una sabana, sin árboles, con unas pocas especies vegetales y animales, no pensamos habitualmente que sean un desperdicio de espacio: nos damos cuenta de que el espacio no es algo que “merece” estar ocupado y que no hay “alguien” encargado de llenarlo.

La pregunta, en realidad, está hecha desde una visión a priori, que no es útil para responderla. La forma correcta sería preguntarse, a posteriori, por qué no vemos signos de inteligencia extraterrestre en el universo. Hay abundante literatura científica sobre las diferentes formas en que esta inteligencia podría o debería manifestarse, incluso a distancias interestelares y ante instrumentos de detección tan toscos y débiles como nuestros actuales radiotelescopios. Lo cierto es que no hemos encontrado absolutamente nada que indique que hay alguien allá afuera.

¿Y qué?, preguntará el lector. ¿No podría ser que haya una especie inteligente en un sistema planetario cercano y que no tenga aún manera de comunicarse con nosotros, ni una civilización capaz de modificar su entorno hasta el punto de volverse detectable a grandes distancias? Y la respuesta es: por supuesto que sí. Pero resulta que esa situación es precisamente la nuestra desde hace unos cien mil años y hasta hace menos de un siglo. En la vida de un planeta terrestre esto es un mero parpadeo. Más aún: si no nos autodestruimos, si ninguna catástrofe nos extermina antes de afincarnos en otros planetas, quizá no pase mucho tiempo antes de que salgamos de esta fase temporal en que somos capaces de escuchar a otras civilizaciones hipotéticas, pero aún no podemos hacernos notar entre ellas. Este tiempo crítico será, con seguridad, mucho más corto aún que esos cien mil años, porque el progreso de la tecnología se retroalimenta. Si esto vale para todas las especies inteligentes, ¿cuáles son las probabilidades de que haya otra especie inteligente cerca de nosotros que esté precisamente en esa fase poco notoria de su desarrollo, justo cuando nosotros acabamos de salir de ella? Sería como si dos trenes partieran desde lados opuestos de un continente, sin sincronizarse de ninguna manera y sin comunicarse entre sí, y llegasen al mismo tiempo, con exactitud de segundos, a una determinada estación situada en medio del recorrido.

Primera imagen de un planeta extrasolar (crédito: European Southern Observatory). Bajo licencia CC BY 4.0, vía Wikimedia Commons. En este momento (mayo de 2015) tenemos confirmada la existencia de más de 1900 exoplanetas.

Con similares argumentos pueden descartarse muchas otras objeciones a la idea de que estamos solos en la galaxia. No los reproduciré aquí; el interesado puede buscar el abundantísimo material de referencia que existe sobre la Paradoja de Fermi y el concepto de los Grandes Filtros. Por mi parte encuentro bastante plausible la idea, bastante en boga hoy entre los expertos, de que existe un Gran Filtro relevante a nuestra situación actual, que es el que hipotéticamente impide el salto hacia la inteligencia. Dice esta hipótesis que la vida emerge de manera espontánea con relativa facilidad, dadas las condiciones fisicoquímicas adecuadas, que son de hecho comunes en el universo. (Hasta hace no mucho se creía que la Tierra era un planeta excepcional en un sistema solar excepcional, pero el hallazgo de cientos de exoplanetas en pocos años ha derribado esta noción.) La vida compleja, que en la Tierra se originó con la multicelularidad, debería ser bastante menos frecuente, pero no sería nada sorprendente que exista en otros planetas, porque la cooperación entre organismos simples es un mecanismo adaptativo que suponemos universal. Lo que no es universal es la clase de inteligencia capaz de llevar a la autoconsciencia.

La inteligencia avanzada, en otras palabras, no es como la multicelularidad, el movimiento por medio de miembros especializados, los ojos o el sentido de la orientación; no es una capacidad adaptativa de primer orden que va a terminar por evolucionar en alguna o en casi todas las ramas del árbol de la vida, en algún momento del tiempo. La inteligencia del tipo humano no esnecesaria; prueba de ellos es que todos los organismos terrestres han carecido de ella durante mil millones de años, y que a pesar de nuestros hábitos destructivos, estamos muy lejos de extinguirlos a todos. (Una hipótesis pesimista sería que todas las especies inteligentes, una vez conseguidos los medios para esterilizar su planeta y autodestruirse, terminan por hacerlo. Sin embargo, la necesidad de que sean todas, y no la mayoría, las que cometen este ecocidio total, elimina este Gran Filtro como causa de nuestra aparente soledad en el universo.)

Quizá la probabilidad de que la inteligencia y la autoconsciencia evolucionen son tan pequeñas que somos una anomalía única en la galaxia. Quizá haya otra civilización inteligente en el borde opuesto de la galaxia, lejos de toda posibilidad plausible de contacto, o quizá la haya habido hace tres mil millones de años, o la habrá mucho después de que los humanos nos hayamos extinguido o mutado hasta ser irreconocibles.

En el acotado mundo de mis tres escenarios, por ahora, nada de esto va a ocurrir, y la humanidad seguirá sola, como hasta ahora, haciendo y narrando su propia historia, que ya bastante sabrosa es sin condimentos alienígenas.


Sobre el autor:

Soy escritor, nacido en Rosario, Argentina. Publico mis libros en Leanpub, desde donde el lector interesado puede bajarlos (con un aporte monetario opcional) en formato PDF para imprimir, o bien como EPUB o MOBI (para lectores de e-books). Se me puede encontrar también en Facebook y Goodreads.