Por qué, ahora, un libro

¿Qué estuve haciendo todo este tiempo?


Al escribir un artículo anterior me planteaba cómo es que dejé pasar 37 años antes de publicar un libro, siendo que siempre fui un lector voraz y que siempre, además, necesité devolver al mundo algo de lo leído.

Supongo que tener una gran cantidad de intereses me jugó en contra. Por aquello de “quien mucho abarca…”. Escribo cosas (ficción, generalmente, y generalmente ciencia ficción o algo parecido) desde los diez o doce años. Debía tener diez años cuando transformé un cuaderno rayado de pocas hojas, sin tapas, en una revista de divulgación científica. No había portada propiamente dicha, o si la había, era más bien como la portada de un diario, donde aparece, sí, un gran título y fecha y cosas similares pero también unos pocos artículos destacados. La falsa portada estaba ilustrada — ese recuerdo es imborrable — con un pterodáctilo.

La revista no tuvo gran éxito (es difícil divulgar la ciencia cuando el público no toma en serio al divulgador) y el primer número fue también el último.

Pasé una cantidad de años tratando de imitar, con atroces resultados, la clase de ciencia ficción que podía leer en ese entonces. Asimov y Clarke fueron mis maestros, por supuesto. Su fama y su prolífica obra los hacían accesibles: hay que recordar que en aquellos tiempos remotos no existía Internet y la manera de obtener libros era ir a una biblioteca y buscarlos — ¡con los dedos! — en un fichero, amén de las ocasionales colecciones que se podían conseguir en los kioscos de diarios. Eran también accesibles en otro sentido: un chico podía disfrutar de la lectura sin preguntarse por qué el 99% de los personajes eran hombres heterosexuales sin problemas de dinero, conflictos intrafamiliares, discapacidades, temor a la discriminación ni dilemas religiosos o morales de consideración. (Los que tenían algún problema de este estilo invariablemente salían adelante sin daño alguno.)

La máquina de escribir no era mi única arma en esta guerra contra el buen gusto librada (como ocurre con algunas guerras) con las más nobles intenciones; en un punto ilustré, a lápiz, una larga tira cuya historia se basaba en (plagiaba) el argumento de Mundo Anillo de Larry Niven. Esa joya se ha perdido, y no hubo ni habrá más como ella.

Mis lecturas se ampliaron considerablemente con el tiempo, pero también mis intereses extraliterarios. Perdí mi religión a los trece años y renuncié explícitamente a ella a los veintiuno. Tuve que escribir sobre esto, naturalmente. La lingüística siempre me apasionó, y la casi infinita variedad de las lenguas humanas me provocó tal golpe estético que me puse a la tarea de crear nuevas. Crítica a la religión e idiomas ficticios, entonces, ocuparon buena parte de mi primera juventud. Del primer esfuerzo surgió un blog, Alerta Religión, que duró cinco años, y finalmente un libro, el primero.

La experiencia, por distintos motivos, no fue demasiado buena: de ahí que me resulte más cómodo olvidar ese primer puesto. Eso, además de cierta lógica instintiva que me impulsa a considerarme a mí, autor de cuentos de ficción, como una persona distinta a aquel otro, autor de una recopilación de ideas sobre la religión y la fe.

Lo cierto es que nadie sabe cuánta vida le ha tocado hasta que se le termina, y al final sigue siendo exactamente una vida, ni más ni menos. ¿Perdí mucho tiempo? Sin duda. Pienso con dudosa esperanza en aquellos artistas que descubrieron su talento en la vejez. Pienso, no tan ridículamente, en Olaf Stapledon, que se dedicaba a la docencia y a escribir sobre filosofía hasta que saltó a la posteridad con su primera novela, Last and First Men, a los 44 años. Y pienso que no tengo necesidad de tales hazañas mientras escribir me resulte —como hasta ahora— un placer en sí mismo.


Historias de Costaymar está disponible como libro electrónico en LeanPub (en varios formatos y con precio a elección del lector), tiene una entrada en Goodreads (donde se pueden leer y escribir críticas) y una página en Facebook.