Etimologías para construir (negocios)

La palabra y el crear

Bea Santiago
Igeneris

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Hace algunas semanas hablaba con mi amiga Isabel, residente de otorrinolaringología –me pregunto a quién le pareció buena idea escoger semejante palabro–, sobre lo maravilloso que es tener la capacidad de articular sonidos para que alguien los reciba y pueda interpretarlos. Igual al escribir letra a letra; yo tecleo, tú me lees. Más fascinante aún: que a través de esos mismos canales uno puede hacer arte y regalar instantes tan innecesarios para la vida como necesarios para vivir.

Gracias, en parte, a que estos procesos se han repetido durante la historia de la humanidad, una, otra, y millones de veces, hemos construido sobre el conocimiento y vivencias de nuestros antepasados. Las palabras han sido vehículo de ideas, emociones, plegarias, leyendas… y –¿por qué no verlo así? — cambio. A veces se han permitido vestirse con matices para responder al momento histórico en que vivían; otras, se han abrazado a las lenguas de tierras lejanas, manteniendo sólo parte de su significado o apropiándose del significado de otro étimo. Bizarro, ¿eh?

Recientemente he leído a Andrea Marcolongo en Etimologías para sobrevivir al caos, una delicia literaria en la que la autora me ha hecho recordar que las palabras vienen siempre, siempre, cargadas: el significante es un espejo-contra-espejo del significado, desde mucho tiempo atrás. Sus páginas son un viaje al origen del lenguaje, transporte de humanidad (de ‘la naturaleza humana’) a lo largo y ancho del tiempo.

Algunas palabras, de entre tantísimas, se han precipitado veloces cuando pensaba cuáles, de las que nos regala Marcolongo, deberían contarse o contenerse en la labor de los que diseñan y construyen (negocios). Y digo contarse y contenerse porque nuestro trabajo se cuenta en palabras constantemente y, al mismo tiempo, el significado y origen de estas mismas es lo que le da un sentido, un ápice de inspiración, un paseo de vuelta a los viejos fundamentos. ¿Por qué hacemos esto? Y, ¿cómo solíamos hacer aquello? ¿Podemos hacerlo de forma diferente?

Simplicidad, sencillez.

De origen medieval, simplex, -icis se forma por las raíces sem- (uno, uno solo) y plec- (verbos plectere “atar, abrochar, trenzar” y plicare “doblar”). Lejos de reducir la realidad, de achicarla, se trata, como escribe Marcolongo, de “hacer frente a la infinita gama de experiencias que constituyen los accidentes de la vida”. Plegar la realidad para poder entenderla y así reaccionar a ella.

¿Y no es eso a lo que dedicamos nuestro trabajo, también, en Igeneris? Diseñamos y hacemos realidad negocios, servicios y productos digitales que solucionan los retos más complejos de nuestros clientes a través de la innovación y la tecnología. No hacemos “una cosa”, “una única cosa”, más bien somos un equipo que atrapa de la realidad sus desafíos y sus partes, y propone respuestas simples que “la pliegan” y nos ayudan a vivirla mejor.

Pasión y paciencia

Nunca había imaginado que pasión y paciencia fueran (etimológicamente hablando) parientes lejanas. Como escribe la autora, ambas palabras provienen del verbo πᾰ́σχω (/páskho/), con un doble significado en “sufrir” y “sentir, experimentar”. De ahí pasamos a patior, de cuyo participio pasado passus procede passio. Marcolongo comparte al lector una profunda reflexión: si buscamos saber qué es la pasión, basta con volver al origen: una “perturbación”, pero una que está predestinada a “pasar”. Tarde el tiempo que tarde, o, dicho de otro modo, con “paciencia”. No existe una sin la otra.

La espera y los hitos, el esfuerzo y los resultados. También al crear. Como el tiempo desde que una idea aterriza sólo acompañada de un “¿y si…?” tímido, sin un escudo al que llamamos “motor económico”, ni un encanto al que nos referimos como “propuesta de valor”… hasta que luce reimaginando una pieza del mercado, antes olvidada y desconocida para muchos. En el arte de construir una narrativa que guíe la maduración del modelo de negocio hay pasión y paciencia a partes iguales; la gestión de las expectativas (interna y externamente) dota a las ideas de un sentido… en el lugar y tiempo adecuados.

Ambición

En el libro se nos recuerda que “estamos en el mundo para levantar la vista al cielo, no para mirarnos la punta de nuestros pies y para repetirnos a nosotros mismos que, de cualquier forma, ya está bien «así»”. Ambición: del latín ambire, ire (ir) y el prefijo amb-. Como apunta Marcolongo, etimológicamente significa “ir a dar una vuelta” para mirar bien qué queremos y así elegir. ¿Y de qué otra manera puede uno construir?

El venture building debe ser ambicioso para serlo. Sin pisar suelo firme, sin “salir a dar una vuelta”, podríamos decir que hacemos venture imagining o quizás venture thinking, pero no venture building. Necesitamos tocar la realidad, vivirla en primera persona para poder analizarla, entenderla, y sólo entonces construir sobre ella. Parte del valor diferencial que aportamos reside ahí: no tenemos miedo a salir y mirar, ver de cerca pero también coger perspectiva, preguntar, relacionar, unir cabos, pedir ayuda, darla y aprender de ello…

Es en el diálogo –a ratos con el cliente, a ratos entre el equipo, a ratos con uno mismo– donde conseguimos entender problemas complejos para diseñar y construir soluciones creativas que mejoren el mundo. Empleamos la palabra a todas horas, en muchos contextos y para finalidades dispares: enamorar, indagar, vender, negociar, comprender, informar… En definitiva, todo lo que rodea al “crear”. La palabra es uno de los puentes tendidos entre lo que las cosas son y lo que queremos que sean.

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Marcolongo, A. (2021). Etimologías para sobrevivir al caos. Viaje al origen de 99 palabras. Taurus.

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