El día que Sherlock Holmes se equivocó

Arthur Conan Doyle: El sabueso de los Baskerville

Nada más que un páramo salpicado de abetos y robles achaparrados: a lo lejos, se ve la finca de la familia Baskerville, en las afueras del condado de Devon, al oeste de Inglaterra. Sir Henry, el último heredero de la dinastía, llega de los Estados Unidos y se niega a aceptar lo que le corresponde: la leyenda de un sabueso infernal que merodea el páramo sigue más viva que nunca. ¿Por qué? Sir Charles ha sido encontrado muerto, y a su alrededor lo acompañan huellas que no encajan con las de ningún animal conocido por el hombre.

El doctor Mortimer, médico personal de Sir Charles, abrumado por la situación, conocedor él también de la leyenda que acecha a la familia Baskerville, acude a la puerta del 221-B de la calle Baker Street, en Londres. “Yo soy Sherlock Holmes y éste es mi amigo, el doctor Watson”, le dice la persona a la que fue a buscar, que agrega más adelante: “No estará de más, doctor Mortimer, que, sin más preámbulo, tenga la amabilidad de contarme en pocas palabras cuál es exactamente el problema para cuya resolución solicita mi ayuda.”


El ensayista francés Pierre Bayard se ha convertido en los últimos años en una especie de detective de detectives. A partir de la publicación de una serie de libros que se inscriben dentro de la crítica policial, como ¿Quién mató a Roger Acroyd? e Investigación sobre Hamlet, Bayard parte de una hipótesis — “numerosos asesinatos narrados por la literatura no fueron cometidos por aquellos a quienes se acusó” — para trata de responder la pregunta fundamental: ¿quién fue el verdadero culpable?


En diciembre de 1893, Arthur Conan Doyle había tomado una decisión: matar a Sherlock Holmes. Tras dos novelas y tres libros de relatos cortos, el detective dejaría de protagonizar aquellos misterios policiales que la sociedad inglesa de fines del siglo XIX se había acostumbrado a leer.

Pero esta decisión de matar a su personaje más popular no fue impulsiva, sino todo lo contrario: era una idea que el propio autor venía meditando y posponiendo desde hacía tiempo. Ya en abril de ese año, el autor le escribía a su madre: “Voy por la mitad del último cuento de Holmes, después del cual ese caballero desaparece para no volver. Estoy cansado de oírlo nombrar”. Incluso desde un mes antes de la publicación de “El problema final”, algunos periódicos anunciaron el rumor, lo que provocó intranquilidad entre los admiradores del detective.

La razón era muy clara: Conan Doyle sentía que los relatos policiales no reflejaban lo mejor de su literatura. Como escritor prolífico que era, quería que sus novelas históricas, a las que les dedicaba la mayor parte de sus esfuerzos, fueran debidamente reconocidas y no quedaran opacadas por la fuerza y la popularidad del detective de Baker Street. Holmes se había vuelto su propio golem.

Para llevar a cabo este crimen, necesitó crear un archienemigo que estuviera a la altura de su detective, tanto física como intelectualmente, y ese fue el profesor Moriarty, “hombre de buena cuna y de excelente educación, (…) dotado por naturaleza de una capacidad matemática fenomenal”. Líder de la organización criminal más importante de Europa, “tenía ciertas tendencias hereditarias de la índole más diabólica. Como por sus venas corre sangre criminal que, en vez de modificarse, se multiplicó y se hizo infinitamente más peligrosa mediante sus extraordinarias dotes mentales.”

Después de una persecución que se extiende desde Inglaterra hasta varios países del continente, ambos caen directamente al fondo de las cataratas Reichembach, las mismas que Conan Doyle había visitado con su mujer poco tiempo antes. El más grande detective de todos los tiempos ya no podría seguir asombrándonos. El mundo quedaba otra vez a merced del crimen.


El furor generado por las historias del detective de nariz aguileña fue muy difícil de frenar, tanto que hasta tomó dimensiones que rozaban lo inverosímil. Por ejemplo, según cuentan las autoridades del correo inglés, innumerables cartas con problemas para resolver eran remitidas al Sr. Sherlock Holmes, 221-B, Baker Street, Londres. También, a comienzos del siglo XX, sucedió que un grupo de estudiantes franceses estaba realizando un viaje de estudios en la capital inglesa, y cuando les preguntaron qué lugar de interés histórico querían visitar primero, ellos contestaron al mismo tiempo: “La casa donde vivía Sherlock Holmes”. Por último, una anécdota curiosa ocurrió mientras el propio Conan Doyle jugaba un campeonato de billar. En medio de un partido, recibió una tiza verde para usar en su taco; en una de las ocasiones en las que la utilizó, el pequeño cubo se partió y en su interior apareció un papel que rezaba: De Arsenio Lupin a Sherlock Holmes.

Por eso la muerte de Holmes se vivió como un escándalo nacional. Cuando el hecho finalmente se consumó, los lectores escribieron numerosas cartas de protesta, y el Strand Magazine, medio donde se publicaban sus historias, fue el que más recibió. Asimismo, le llegaron cartas con amenazas al propio autor: “¿Qué ha hecho? ¡Pedazo de animal!…”, decía una de las más famosas de ellas. Algunos incluso se dirigieron a miembros del Parlamento y al Príncipe de Gales para que intervinieran en la cuestión. Muchos jóvenes salieron portando brazaletes negros en señal de luto.


Conan Doyle quiso matar a Sherlock Holmes, pero sus propios lectores lo obligaron a arrepentirse: entre la persona y el personaje, ganó este último. En 1901, la publicación de El sabueso de los Baskerville supuso la reaparición del detective, más allá de que la explicación de su resurrección aparecería recién algunos años después. Sin embargo, para Pierre Bayard, se trata de una reaparición infructuosa: el culpable al que Holmes acusa al final de la novela no es el verdadero perpetrador del crimen.

Hay varios aspectos de la narración que conspiraron para que esto sucediera. Primero, la inexactitud del método por el que se guía el detective: los indicios construidos se encaminan hacia un único resultado, pero a la vez terminan por eliminar cualquier otra posibilidad. Segundo, el hecho de que la historia esté contada desde el punto de vista de Watson impide conocer los acontecimientos desde afuera. Tercero, la fuerza de la leyenda, que se cierne sobre Holmes y lo sugestiona a tal punto de verse confundido por el entorno en el que se encuentra. Y cuarto, lo que Bayard llama el complejo de Holmes: “la relación pasional que lleva a algunos creadores o a algunos lectores a dar vida a personajes de ficción y a establecer con ellos vínculos de amor o destrucción”. Tanto el autor como aquellos que mandaban cartas al Strand en señal de protesta estaban implicados en esa relación. ¿Y si Conan Doyle, incapaz de resignarse a la resurrección de su golem, inconscientemente lo hizo fallar?


Una fría noche de noviembre. Los dos están sentados ante el fuego en su casa de Baker Street. El misterio de Devon ha sido resuelto hace tiempo. Watson, a quien le quedaron algunos cabos sueltos, saca a relucir el caso nuevamente. Tal vez el doctor, por primera y única vez, tenga motivos fundados para sospechar de las conclusiones de su amigo.


Para entender definitivamente este posteo, se recomiendan las siguientes lecturas:

Bayard, P. (2011). El caso del perro de los Baskerville. Barcelona: Anagrama.

Conan Doyle, A. (2011). El sabueso de los Baskerville. En Sherlock Holmes. Obras completas 1. Buenos Aires: Díada.