Los mejores del mundo

Vicente Rossi: Mi primera pesquisa

Hace más de diez años que los sábados a la tarde voy a un club. Se llama Club Argentino y queda en San Fernando. Debe ser uno de los poco clubes de barrio que quedan en Buenos Aires. Las únicas dos actividades que se mantienen son las barajas y la pelota paleta. Aunque parezca anacrónico, todavía existen esos lugares.

Entré a los doce por herencia paterna. Hay una parte de mí que reniega, y otra que disfruta: reniega porque todo el tiempo tiene que aclarar de qué se trata a quien no lo conoce (¿Qué es? ¿Es como el padel? ¿Qué gracia tiene?), disfruta porque insiste e insiste en hacerlo (o insiste e insiste porque lo disfruta, vaya uno a saber). Y como la segunda parte es más fuerte que la primera, se volvió una costumbre de la cual ya no me puedo liberar.


El 13 de octubre de 1909, en la revista La Vida Moderna (año III, núm. 131), aparecía publicado el cuento “Mi primera pesquisa”; su autor era el poeta y periodista rioplatense Vicente Rossi, aunque estaba firmado bajo el seudónimo William Wilson.

La muchachada tenía en boga el juego de pelota, elevado al máximum del correspondiente entusiasmo, porque no había para ellos pared mala, y convertía seriamente en cancha cualquier revoque que admitiese un “saque”, o cualquier rincón que diese un “dos paredes” o un casi “tambur”.

El relato, contado en primera persona por un estudiante de la Universidad de Montevideo, narra la historia de una serie de misteriosas desapariciones de libros en las inmediaciones de la cancha de pelota. Lo curioso del caso es que esos mismos libros aparecían, a los pocos días, en la vidriera de una librería de usados, listos para ser vendidos. El protagonista, convertido en sospechoso por su cercanía con el librero, se propone resolver el enigma.


La invención del juego de pelota paleta en Argentina se le atribuye de forma unánime a Gabriel “Sardina” Martirén, inmigrante vasco francés que se instaló en Burzaco. Dueño de un tambo lechero, en 1905 instaló una serie de frontones para que los gauchos que trabajaban ahí se divirtieran.

Las primeras palas que se usaron fueron de paleta vacuna, a la cual se le pulía y moldeaba el hueso para que sean más maniobrables. Con el tiempo, el vasco Sardina reemplazó el hueso por madera, pero sin cambiar la forma ni el tamaño. Se jugaba con pelotas de tenis a las que se les quitaba la capa exterior de felpa, y tendrían que pasar muchos años para que se llegara a las actuales pelotas negras de caucho.

En ambas orillas del Plata, la fiebre peloteril alcanzó proporciones incalculables. Todas las clases sociales “peloteaban”, ya en sentido figurado, esclavos de la pizarra o de la cátedra, ya en el propio embaldosado de las canchas.

Con el tiempo, se convirtió en una máquina de generar apuestas y leyendas, que en la gran mayoría de los casos van de la mano: la del Manco de Teodelina, por citar solo una de ellas, es la del hombre talentoso y ganador que despilfarraba en una noche las ganancias de un partido (época en la que todavía los jugadores levantaban ellos mismos las apuestas y vivían de eso), el mismo que se hizo poner 22 botones de oro en su saco de lujo.


La paleta tiene varios inconvenientes que le impiden ser un deporte popular. En primer lugar, es muy complicado de jugar si no se practicó lo suficiente. Para jugar al fútbol, por ejemplo, basta con patear una pelota para que todos se diviertan. Lo mismo pasa en el padel. Pero acá no. La pelota es muy viva y es muy difícil agarrarle la mano al pique. La cancha es muy larga, la paleta es pesada, los golpes necesitan de cierta técnica. Somos los hermanos no reconocidos, pobres e impopulares de los tenistas.

Encima, como se trata de un juego muy difícil de televisar (en especial por la disposición de la cancha y la dificultad para ubicar las cámaras), es normal y hasta casi lógico que no seamos tenidos en cuenta. Hoy por hoy, lo que no se televisa no existe.

Los estudiantes se cargaban de faltas en las clases y de deudas en todas partes por distraer sus atenciones en aquel juego. Se perdían los cursos íntegros.

Tampoco ayuda el hecho de que no sea un deporte olímpico: solo se tiene que conformar con ser parte de los Panamericanos. Como no se llega al número mínimo de federaciones a nivel mundial, es imposible incluirlo como actividad dentro de los Juegos. Los adictos al deporte que miran las 18 horas de transmisión diaria a cargo de Bonadeo agradecerían sin dudas su inclusión.

Por último, la vieja y todavía no resuelta pelea entre unitarios y federales: lo que pasa fuera de Buenos Aires (o mejor, fuera de Capital Federal) pertenece a otro país. La paleta es tremendamente popular en muchas de las provincias del Interior, en especial en las de la región central y pampeana. Pero de nada sirve si no es trascendente en los pagos porteños.


Sin técnica, ni televisión, ni Juegos Olímpicos, ni popularidad en Capital, la paleta de a poco se va extinguiendo, de la mano de las vidas de los tipos que alguna vez lo practicaron. Todavía quedamos algunos de la nueva generación, pero somos pocos. También quedan los profesionales, que paradójicamente son los mejores del mundo (literalmente). Argentina es el país que más campeonatos mundiales cosechó a lo largo de la historia, así como también medallas de oro en Juegos Panamericanos. Hay algo bien nuestro en todo esto, algo de la histeria argentina: en aquello que somos los mejores del mundo, no le damos bola.