En vivo (o “mis confesiones sobre Maná”)

Iván Ramírez
Jul 10, 2017 · 7 min read

Fue en 2004 la primera vez que le dije a mis papás que quería ir a un concierto. En aquella ocasión no sabía que estaba acudiendo a una escena que buscaría continuamente en los años venideros.

Era, por cierto, el concierto de Maná. Ya para ese concierto, siendo niño había rockeado (con rock de Maná, tómenlo como quieran) con el disco “¿Dónde jugarán los niños?” y me había aprendido enteramente su contenido. En su momento había comprado el Sueños líquidos con todo y su portada horrible, y había pedido de regalo de cumpleaños el Unplugged para ponerme reflexivo oyendo El muelle de San Blas. Por las fechas del concierto, Maná arrasaba en Billboard y en mi corazón con su disco “Revolución de amor”, con su Ángel de amor y su Eres mi religión y su Mariposa traicionera #todoSeLoLlevaElViento.

El concierto fue increíble, o al menos así lo recuerdo. La adrenalina de ver en vivo y de cerca a los miembros de la banda me hizo sentir una emoción que en su momento era nueva, y hoy la reconozco como algo que vivo constantemente al asistir a conciertos. Recuerdo que, por alguna razón, la música que sonaba pasaba a ser un elemento más, no el único; me captaba la atención la gente a mi alrededor, unos dando el concierto de su vida en su lugar y otros baboseando con una bebida en la mano. Me gustaba ver cómo se comunicaban los músicos, cómo volteaban a verse durante alguna canción o en las pausas. Me intrigaba el orden de las canciones. Veía cómo jugaban las luces en el escenario, los encargados de audio y del escenario en friega, la forma extraña en que bailaba Fher Olvera (qué por cierto, nunca he sabido qué rollo con esa H intermedia. ¿Debió ser Pher? ¿Se pronuncia más suavecito de lo normal? ¿Si siguiera mi carrera musical, debería hacerme llamar Ivhán?).

¿Neta alguien tiene duda sobre quién debe interpretar a Rafiki en El rey león live action, que saldrá en 2019?

Pasado ese concierto mi gusto por Maná empezó a decaer, así que aquí termina esta carta de amor para ellos. No creo que Maná perdiera calidad, sino que mis gustos musicales fueron mutando mucho por esos días y su sonido no me ofrecía ya la emoción que encontraba antes. Coincidió también por las fechas en que yo empezaba a escribir y caí en cuenta que Maná debe tener el récord de “disco que contiene más veces la palabra Amor y sus derivados”, justo antes de darme cuenta que su siguiente disco se llamaría “Amar es combatir” y ya no pude más. Cansado de sus rimas de “amor” con “dolor”, dejé que se fueran de flor en flor seduciendo a otros pistilos (tengo ideas así de piteras constantemente, todos los días, a veces las hago públicas. Perdón).

Todo este preludio es para contarles que, si en algo me pesa muy poco gastar, es en ir a conciertos. Sara tiene que vivir con esa dudosa virtud mía de ver un concierto como una inversión, no como un gasto. Tampoco he tirado por la borda mi dinero sin precaución, pero digamos que ese gustito está incluso arriba de los parques de Disney, en mi lista de “Cosas en las que gasto con alegría”. Aún con ello, creo que los estándares que definen mis razones para ver a un artista en acción son cada vez más exigentes, o están, cuando menos, cada vez mejor definidos. La calidad del escenario (me choca que no haya una traducción para “venue” que me satisfaga), la ejecución del artista, la interacción del artista con la gente, la gente que acude a ver el evento, el precio. Todo juega a favor o en contra.

Ir a un concierto siempre es una experiencia que se me anida fuerte y por mucho tiempo. Probablemente he asistido más a conciertos en cafés y tarimas que en grandes escenarios, pero todos los guardo con la misma valía.

Por ir a ver a El gran silencio tuve la oportunidad de escuchar al Cártel de Santa. Hasta la fecha sostengo la teoría de que esa noche los índices de delincuencia en la ciudad disminuyeron machín… Y después de esa noche el Cártel se volvió un invitado relativamente común en mis playlists, hasta la fecha. También por ver a El gran silencio, años después, me chuté el concierto de Dharius que en pleno Unifest le dijo a los estudiantes que “él estudió hasta la primaria y logró ser exitoso, así que estudiar no sirve para nada”.
Malandro 1–0 UABC.

En concierto es cómo me di cuenta de cuánto me caga Zoé, por ejemplo. La apatía de la gente que fue a verlos y la apatía de la banda hacia la gente me resultó curiosa; es como si hubieras puesto un mundo de personas desubicadas a observar en un escenario a 5 personas más desubicadas. Ni sonaban chilo y nadie parecía estar disfrutando el evento.

La primera vez que vi a Ha*Ash (tardé años en aprender que va con asterisco y no con guión ni espacio) fue porque sabía que a Sara le gustaban mucho y ella lo pasaría bien. Las otras dos veces la neta era yo quien le decía a Sara si de pura casualidad no le quedaban algunas ganillas de verlas, porque yo estaba bien puesto.

Pelearé a muerte mi verdad que reza que he visto a Playa Limbo tres veces en vivo y ninguna ha sido por ver a María León, me vale lo que los demás piensen. Su set de canciones me parece de lujo, su interacción con la gente me gana -aunque la respuesta de la gente en Mexicali siempre es súper triste- y maldita sea la hora en que quisieron cambiar a Maria León por otra morra más coqueta porque, la próxima vez que los vea en vivo, seguirán sin creerme que voy porque me encanta su música. De antemano, coman churro todos.

Siendo un tema tan importante para mí, no han de extrañarse de que yo mismo he pensado y re-pensado mis peores y mejores recuerdos de conciertos. Por eso el mejor escenario es, por muchísimo, el Auditorio Nacional con Sasha, Benny y Erick. La mayor decepción, Cristian Castro (quién me manda, ya sé) empatado con La arrolladora. Con Facundo Cabral aprendí cuán provechoso puede ser un concierto. El mejor playlist, Silvio Rodríguez. El mejor show fue el de Joaquín Sabina. Y, si tuviera que quedarme con solo uno, un “mejor concierto”, no puedo pensar en otro que el de Ingrid Michaelson.

Algo que me ha venido a la mente también es una genuina tristeza al pensar a los artistas que ya no alcancé a ver en vivo y que realmente se me quedarán como una añoranza, un sueño sin cumplir. Frankie Ruiz y Billie Holiday a la cabeza. Y si no me apuro, Luis Eduardo Aute y Bob Dylan se les unirán inminentemente.

Me gusta preguntarme si la gente se pregunta estas cosas. Heredado de mi papá, la música es quizás el tema más fácil con el que puedo engancharme en una conversación y siempre me resulta curioso encontrarme con gente a la que el tema le pasa desapercibido. Supongo que así les pasa conmigo cuando me hablan de películas de superhéroes o de Los Simpsons y yo solo tengo un par de comentarios vagos por aportar.

Curiosamente, tres veces es lo más que he visto a un artista. Es una cuestión accidental, no voluntaria. Junto a Playa Limbo y Ha*Ash figuran el Gran Silencio, Pesado, Intocable y Fernando Delgadillo. Esa lista dice mucho de mí aunque no la he planeado de esa forma. No estoy contando en esto a artistas locales porque entonces mis compañeros cantautores romperían cualquier conteo y así qué chiste.

En otra ocasión hablaré largo y tendido de mis dotes y carencias de cantautor. Lo cierto es que por andar en esos trotes he tenido ya, quién sabe cuántas veces, la oportunidad de estar arriba de un escenario y vivir lo que siente el expositor antes, durante y después de un espectáculo en vivo, y estoy convencido de que el concierto es un intercambio en el que las dos partes se llevan mucho del otro. Quizá por eso pongo tanta atención a las reacciones del músico, intentando identificar si está ejecutando de manera mecánica o si está plenamente consciente de que ese show no lo ha de vivir otra vez nunca más, nunca igual, nunca ante esa gente que precisa su canción en ese instante exacto.

Por todo lo que he expuesto es que eventos como las Fiestas del sol o la Feria del libro son verdaderos highlights en mi año. Si no fuera porque entro temprano a trabajar y tengo uno que otro compromiso de repente, asistiría a la mayoría de los eventos que se presentan en sus escenarios, porque sólo viendo en directo a un artista es que termino por valorar su propuesta. Por eso mismo siento una genuina envidia cuando sé que alguien asiste a un concierto de un artista que yo no he visto. Así sea de Maluma (que no me cuadra) o de los Backstreet Boys (que tienen canciones perrísimas). Tengo comprados los boletos de los próximos dos conciertos a los que asistiré junto a Sara y mi corazón es un poquito más feliz por ello, por tener fecha y lugar definidos para mi siguiente par de horas de emoción y plenitud por la música.

Hoy Maná ya no me gusta pero siempre que asista a un concierto desearé que, al terminar, tenga la sensación que me dejaron ellos esa primera vez en 2004; la adrenalina por la armonía de sonidos ensamblados, la ansiedad de la sincronía de tantas personas fijando su atención en el mismo punto, la honestidad de un artista entregando una parte de sí con cada canción, la inquietud al presentir que el concierto está por terminarse. En conciertos experimento una saciedad que no encuentro en otro lado.

En vivo me siento así.
Vivo.
De los pies a la cabeza.

Esto escribo, éste soy.

Mi habilidad para escribir la detectó una de las maestras de secundaria que más aborrecí. Todo empezó más contradictorio de lo que es hoy.

Iván Ramírez

Written by

Católico, Necaxista, cantautor, Disney fan, ingeniero en Mecatrónica, Maestro en Diseño y procesos de manufactura. Cada quien decide el orden.

Esto escribo, éste soy.

Mi habilidad para escribir la detectó una de las maestras de secundaria que más aborrecí. Todo empezó más contradictorio de lo que es hoy.

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