Ubuntu, una regla ética sudafricana enfocada en la lealtad de las personas y las relaciones entre éstas.

Post mortem del Máster de Videojuegos de la ULL (Parte 3)

Lo prometido es deuda. Esta vez he tardado un poco más de lo habitual porque se ha desencadenado una cascada de acontecimientos. Esta semana el Consejo Social de la ULL ha parado el título propio y después la universidad ha dado vía libre al título oficial que proponía mi departamento. Así que, por fortuna, nos toca seguir trabajando.

Si te has perdido alguna parte anterior de esta historia, la primera la tienes aquí y la segunda aquí.


Voy a dedicar esta última entrega a explicar cómo preparamos nuestra propuesta para su aprobación en el Consejo de Departamento del 17 de febrero, donde todo comenzó a torcerse. Así que si estás esperando otra turbia historia sobre la universidad, mejor no sigas leyendo porque esta vez habrá mucho trabajo en equipo y compañerismo.

No tengo duda de que pusimos los medios para que todos los miembros de nuestro y otros departamentos pudieran participar en el desarrollo de este proyecto. Entonces ¿por qué voy a contar algo que debería ser de lo más común en la universidad? En parte, porque desafortunadamente esta no suele la práctica más común. Y fundamentalmente porque quiero desmontar los rumores que se han estado dispersando desde los despachos de los manda mases universitarios. Esos que intentan justificar todas las maquinaciones que he relatado con la excusa de ser la única defensa posible ante un supuesto problema de inquina personal.

Decía un compañero, que cuando la evidencia los deja sin argumentos, algunos no saben otra cosa más que refugiarse en el “es un problema personal”. Y eso cuando no usan el más feo y machista “es un problema de mujeres” —excusa que llevo escuchando desde que trabajo aquí, incluso en este caso, hasta por parte de otras mujeres — como si con eso los problemas ya no fueran de verdad. Es triste lo fácil que les resulta vender ese argumento en una universidad que se dice preocupada por la igualdad.

Señoras y señores, ya se que estoy gastando saliva inútilmente. Se que van a seguir con su cantinela una y otra vez. Pero aquí y ahora quiero dejar algunas cosas claras a todos los que lean esto:

  • Fuimos exquisitos facilitando que todos en el departamento pudieran participar. En igualdad de condiciones, sin oportunidad de secuestrar o desviar el proyecto. Usamos herramientas colaborativas y las discusiones fueron completamente abiertas. Participó quién tuvo interés y se auto-excluyó quién así lo quiso. Eso fue responsabilidad de cada uno.
  • No existía antes y no creo que exista después ningún tipo de problema personal. El único problema lo crearon los órganos de dirección de la universidad — desde la dirección del departamento a la dirección de la universidad — al ignorar repetidamente la decisión de un conjunto de profesores y dejarnos indefensos.
  • Esta guerra no escode ningún fin, ni personal ni político. La he hecho mía porque soy uno de los profesores perjudicados, creo que es injusto lo que se nos ha hecho y detesto la falta de honestidad. Fui leal al aceptar este trabajo para este equipo y al intentar resolver el conflicto por todos los medios posibles, antes de verme obligado a llegar a esto.

Sinceramente, si alguien aun cree que quien ha escrito estas lineas no es sino un peón en una partida más importante, lo más que puedo hacer es invitarlo a unas cañas. Amigo, lo tuyo no tiene más arreglo que el que charlemos y me conozcas un poco mejor.

Cuando todo era amor y buen rollo

Obviamente no me estoy inventando nada cuando digo que fuimos exquisitos y que no excluimos a nadie.

A principios de este curso comenzamos a debatir sobre el futuro del Máster Universitario en Ingeniería Informática porque somos el departamento con más carga docente en el mismo. Si no recuerdo mal, al finalizar el curso anterior apenas teníamos dos nuevas matrículas. Y creo que hubo que cazar alumnos casi a lazo para llegar a la cifra definitiva de 7. Los números exactos son lo de menos. Lo importante es que hemos ido bajando en número de matrículas de nuevo ingreso año tras año.

Por varios motivos, en noviembre de 2016 se abre al resto del departamento el debate de qué hacer con el actual Máster de Ingeniería Informática. Una mayoría importante se manifiesta en el sentido que deberíamos abandonar el modelo de máster con formación generalista para pasar a ofertar formación especializada, orientada a cubrir perfiles concretos. Entonces, entre correos electrónicos y reuniones, se pone sobre la mesa un Máster en Desarrollo Full-Stack y yo aprovecho la ventana de oportunidad para sacar la propuesta de Máster en Desarrollo de Videojuegos, en la que había estado trabajando desde principios de cursos. Semanas después otro grupo de compañeros en el departamento propuso un Máster en Ciberseguridad e Inteligencia de Datos. Compartimos documentos en Google Drive y nos pusimos a trabajar. Todos pudimos aportar a cualquiera de los másteres y todos pudimos indicar nuestro interés en cualquiera de las asignaturas.

Como novedad, el 1 de febrero las propuestas oficiales elaboradas en el departamento se presentaron a 20 expertos de empresas y administraciones públicas en las llamadas Jornadas de Economía Digital en la ULL. En el caso del Máster de Videojuegos, la propuesta fue felicitada. Recogimos las ideas de los asistentes para incorporarlas en la ultima revisión, antes del primer intento de aprobarlo en Consejo de Departamento.

A vueltas con las comisiones

Creo que lo que realmente molestó a algunas personas fue la novedad del “todos pudimos aportar”, pues lo que hicimos ni mucho menos se ajustaba a los usos y costumbres en la universidad.

En un departamento como el mío, con aproximadamente 60 personas, lo común hubiera sido crear una comisión que se dedicara a la elaboración de los másteres. Es la forma en la que solemos proceder para ser operativos y asegurarnos de que el trabajo se hace y los conflictos se resuelven antes de su aprobación por todo el Consejo de Departamento. Pero en mi opinión eso a veces presenta algunos problemas.

El primero es que hace más difícil que todos se sienta implicados. Resulta que estábamos pensando en crear titulaciones nuevas que iban a necesitar de mucho trabajo y dedicación. Eso significa que necesitábamos docentes motivados para implicarse en la docencia, pero en la motivación uno de los factores que más influye es sentir que formas parte de algo. Cuando optamos por hacer comisiones, compañeros que podrían tener mucho que aportar son dejados al margen del proyecto. Se hace más complicado saber lo que se está haciendo o qué se está discutiendo. Y, en caso de que se sepa, sólo se puede aportar a través de intermediarios.

El segundo problema es que es realmente difícil decidir qué personas deben estar en la comisión para que el proyecto siga siendo fiel a los principios originales. Siendo sinceros con nosotros mismos, todos sabemos que hay personas que intentarán colar la asignatura que ellos quieren dar o reciclar ideas del pasado, aunque con eso desvirtúen el proyecto. Pero obviamente no les puedes decir que se van a quedar fuera porque tu crees que harán eso.

Las comisiones son una herramienta golosa porque controlando su composición se controla lo que deciden. Cuando después de muchos meses se presenta un proyecto consensuado por las partes para su aprobación, es complicado que alguien haga reparos a cosas que hubiera discutido si hubiera participado en el debate. Ya está todo hecho y tiene el respaldo de la comisión, es hora de aprobarlo. En gran medida las comisiones pueden usarse y se usan como una forma de hurtar la capacidad de decisión del colectivo.

Algunas personas reclaman que las comisiones deben de ser de expertos pero ¿qué expertos y quién lo decide?. Nosotros tenemos profesores que llevan toda su vida investigado y dando docencia en videojuegos; investigadores que se dedican a la tecnología educativa, a la gamificación, a los dispositivos o al diseño de interacción; docentes que no saben específicamente del tema pero que tienen claro lo que quieren nuestros alumnos, que están alienados con los objetivos del proyecto o que están a la última en tecnología e innovación; personas que saben motivar a otras personas o incluso que pueden aportar cosas que ni se me ocurren, porque no conozco a cada uno de mis 59 compañeros. Entonces ¿cómo los seleccionamos y, sobre todo, como lo hacemos para que todo el mundo se sienta incluido?

Para mi la solución a este problema era muy sencilla. Soy un friki del software libre, de las comunidades abiertas y de la colaboración. Uso los Wiki como herramienta colaborativa antes de que por aquí se oyera hablar de la Wikipedia. En el siglo XXI la tecnología permite que los 60 miembros del departamento podamos colaborar directamente, sin intermediarios. Aportando ideas y exponiendo nuestros argumentos. Y además hacerlo de forma sosegada, con tiempo para estudiar las otras propuestas, buscar referencias y elaborar nuestro discurso.

En resumen, colaboración y democracia en estado puro para que sea un proyecto de todos y no de los señores del cortijo ¿o no?

La Academia de la ULL

Para terminar quiero aprovechar para resolver algunas dudas sobre los títulos propios, ya que he recibido varias consultas al respecto. De hecho mucha gente no sabe que hay dos tipos de títulos. Por si mismo a mi eso me parece una razón más que suficiente para ser especialmente cuidadosos, evitando generar falsas expectativas. Pero lamentablemente no todo el mundo piensa igual.

El primer tipo son los títulos oficiales. Los de toda la vida. Los que han hecho todos los que tienen una carrera universitaria para obtener el nivel académico correspondiente —licenciados, ingenieros, doctores, graduados, etc. — . Están subvencionados, sus precios — en las universidades públicas — son fijados por el gobierno por medio de las tasas académicas, se pueden pedir becas para estudiarlos, pasan ciertos controles de calidad externos a la universidad y son reconocidos en toda Europa y por las administraciones públicas. Su impartición es uno de los fines de la universidad y por eso casi todo en la ULL está construido alrededor de ellos.

Desde que convergimos con Europa, en lo que a educación superior se refiere, los títulos oficiales ya no los crea el gobierno. En su lugar las universidades pueden proponer los títulos que quieran. Es decir, que si seguimos ofertando únicamente titulaciones tradicionales de grado y máster es porque nos resistimos a salir de nuestra zona de confort.

En realidad sólo hay que trabajar un poco más para enviarlos a la Agencia Nacional de Evaluación de la Calidad y Acreditación (ANECA) para su verificación. Si la evaluación es positiva, el título se convierte en oficial y se inscribe en el Registro de Universidades, Centros y Títulos. Posteriormente es auditado periódicamente por esa misma agencia para comprobar que la universidad cumple con los compromisos adquiridos en la propuesta original.

Sin embargo, los títulos propios son una bestia diferente. Por ejemplo, imaginemos que yo me levanto una mañana con la idea de que lo que hace falta en Canarias es un curso sobre el cuidado de la rana macho — lo que se dice, un sapo de toda la vida — . Curso que impartiré en mi tiempo libre junto a otros destacados expertos sobre el tema. Obviamente yo me auto-proclamaría director del curso, porque para eso se me ha ocurrido tan increíble idea de negocio.

Uno de los problemas que tendría que enfrentar como particular es el de la gestión económica. Sin duda mi vida sería mucho más fácil si algún tipo de gestora se encargara de asuntos como: cobrar las matrículas, pagar a los profesores o pagar facturas del material que necesitemos para impartir el curso — por ejemplo, terrarios, insectos, ranas y sapos — .

Por fortuna soy profesor de la universidad, así que todos estos asuntos me los puede llevar la Fundación General de la Universidad de La Laguna (FGULL) a cambio de un 5% de los ingresos. De hecho, gracias a mi profesión, puedo hacer que mi propia universidad ponga su marca en el curso que quiero dirigir e impartir en mis ratos libres. Sólo necesito que la ULL se lleve un 10% adicional por gestiones y cumplir algunas normas. Por ejemplo, que al menos un 30% de los docentes del curso también sean profesores de la universidad. Ellos, al igual que yo, también impartirán esa docencia en su tiempo libre — pues no forma parte de su trabajo en la ULL — y cobrarán por ella a través de la FGULL, independientemente de su nómina. De hecho, casi todo lo que ocurra con el curso es ajeno a la mayor parte de las estructuras de la universidad, así que ¿cuál es la diferencia de estos cursos respecto a los de cualquier academia?

Obviamente la universidad debe vigilar lo que se hace con su marca y por eso yo tendría que explicar y proponer mi idea en una memoria. Se estudiaría en una comisión y se aprobaría en los distintos órganos de gobierno. Al terminar el curso, tendría que hacer una memoria académica para explicar lo contentos que se han quedado los alumnos con la experiencia y una memoria económica con la liquidación correspondiente del presupuesto, para que quede claro a donde fueron destinados todos los gastos. Pero en general estos controles son más administrativos que de otro tipo y, por lo que hemos visto en la primera parte, parece que actualmente no son especialmente rigurosos.

Un título propio no otorga ningún nivel académico. Son cursos, como los que puede ofrecer cualquier academia o los que están disponibles en Internet. Obviamente puede tener mucho valor, si detrás hay docentes de mucho prestigio o si después de un tiempo impartiéndose el mercado laboral valora de forma especialmente positiva la formación que ofrecen. Pero también puede ocurrir todo lo contrario.

Personalmente me parecen una herramienta muy interesante desde la perspectiva de ofrecer formación continua complementaria a los títulos oficiales. Por ejemplo, es indudable que mi hipotético Máster Universitario en el Cuidado de la Rana Macho sería de interés para muchos graduados con uno de estos animalillos en casa. Pero para eso es importante no llevar a equívocos a nuestros estudiantes. La diferencia entre títulos propios como “curso de Formación Específica en…”, “Especialista Universitario en…”, “Experto Universitario en…” y “Máster Universitario en…” no está más que en el número de horas lectivas. Y además tenemos el problema que los títulos propios de máster se confunden muy fácilmente con los másteres universitarios oficiales, pues ambos utilizan la denominación “Máster Universitario en…”

Así que mucho ojo. Puede que el Máster Universitario en Creación de Videojuegos y el Máster Universitario en Diseño y Desarrollo de Videojuegos no sean tan parecidos como pudiera parece a simple vista. Uno es un título propio y el otro estamos peleando para que sea un título de la ULL reconocido oficialmente.

(Fin)

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