Así comencé en el BDSM

Me suelen preguntar cómo, cuando, etc., comencé en el BDSM. Vaya por delante que fue como comencé yo, y por lo tanto, producto de mis circunstancias personales -incluidas las ideológicas, sobre las que ahora no me explayaré- de cada concreto momento. Vamos: que no tiene por qué valerte a ti. Puedes haber entrado mejor o peor, o puedes estar buscando tu manera de hacerlo, pero cada cual debe tener su propio camino.

En lo que sí coincidimos todos y todas es en tener algo previo, sentirlo. Algo que no podemos explicar. Lo que hace que nos falte algo en nuestra intimidad cuando no encontramos saciada nuestra pasión. Pero esa es otra historia y debe ser contada en otra ocasión.

A mis 24 años, en 1997, conocí a alguien. Sintonizamos rápido en muchas cosas, tanto universitaria como políticamente. Compartir cosmovisión para mí es muy importante, pues la ideológica no es sino una faceta de las muchas manifestaciones de una forma concreta de ser. Que, claro, tiene su exteriorización moral. Y si crees que, como se atribuye a Marx pero vino a decir Engels en su “Anti-Dühring”, la moral dominante es la moral de la clase dominante, y eres de izquierdas, pues la desafías. Y a eso, a no tener prejuicios, nos lanzamos en la intimidad sin llegar nunca a ser pareja (en mis 43 años sólo 13 he tenido pareja formal).

Nuestra intimidad fue desinhibida con absoluta naturalidad desde el minuto uno, muy kinksters entre nosotros. Y rápidamente, mucho, la cosa derivó a lo sadomasoquista. Muy rápidamente. Los primeros días ambos en plan switch, que estábamos explorando y ni sabíamos que existía algo que se llamaba BDSM. De hecho, en la tranquilidad nos cuestionábamos si no estábamos deslizándonos a lo patológico, ya que el sadomasoquismo nos sonaba a trastorno. Recuerda: estamos en 1997. Lo bedeesemero que se encontraba en Internet era muy sórdido, con deliberada escenificación patológica. Cierto que entonces había una incipiente comunidad bedeesemera en Madrid, pero no la conocíamos y, con la imagen que teníamos de la cosa, probablemente no nos habríamos acercado. Estábamos fuera del circuito.

Según íbamos profundizando, yo me daba cuenta de que eso del masoquismo no era para mí. Disfrutaba más provocando dolor, y yo lo toleraba fatal. En cambio ella se deslizaba al otro lado, disfrutando el dolor y no necesitando provocármelo a mí. El caudal, desbordado al abrirse las compuertas de la presa, dejaba de balancearse por las laderas para fluir con naturalidad por su cauce.

Pero nos encontrábamos solos. Y yo pensaba que estaba cayendo en un trastorno depravado, además pareciéndome unas prácticas de perpetuación del machismo que chocaba con, por mi ideología, mi apoyo al feminismo. Con ella fui quedando menos, que sin amor, sólo con el gran cariño que la tengo, la llama de la pasión fue amainando. En mis otras relaciones -recordad: siempre informales- traté de reprimir ese típico azote que abre la puerta a más, y no siempre que follaba en plan fuerte era bien recibido. Hasta que encontré a quien sería mi primera novia formal a mis 27 años (¡a mis 27 años!), de quien me enamoré locamente y a quien vi como un asidero a la cordura que creía estar perdiendo.

Ahí me mantuve muchos años, más de una década. Con pasión los primeros meses y rutina el resto del tiempo, en que, literalmente, me asexualicé. Normal. Nos entendíamos en todo, menos en la cama. Qué desastre. Y me mantuve porque la amaba aun apenas sin sexo y por la hija que tuvimos. Sólo teníamos sexo cuando ella no podía aguantar más y me lo arrancaba, pero a mí no me salía nunca. Pero nunca, nunca. Para como he quedado, lo que he sido.

Lógicamente, un piso compartido no requiere la institución matrimonial, así que acabamos divorciados.

Tratando de rehacer mi vida afectivo-sexual me encontré con que intentando encaminarla por lo convencional me mantenía asexualizado. Así que me planteé retomar aquéllo que no sabía qué nombre tenía, pero que en tantos años de soledad durante mi matrimonio ya conocía plenamente como BDSM. Por las circunstancias de mi ruptura matrimonial, que fue ruptura de una familia consolidada, y otras no menos graves como por ejemplo el recentísimo fallecimiento de mi padre, yo estaba totalmente descolocado, y si no recurrí a ayuda psicológica fue por no perjudicarme en mi Historial médico en el procedimiento contencioso de divorcio que tenía abierto para quedarme la custodia.

Así que cuando quise retomar el BDSM lo hice creyendo ser switch, e incluso en aquella época basculando hacia la sumisión. Un par de noches de fiestas del “Laboratorio de Fantasmas” me hicieron darme cuenta de que aún no estaba preparado, y desaparecer varios meses.

Cuando finalmente me quedé la custodia de mi hija, mis heridas comenzaron a curar velozmente. Era primavera de 2012. Ya podía centrarme en cosas importantes pero no tanto como ella, así que, poco a poco, retomé mi ruta, por el camino en el que estoy ahora.

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