¿Qué es un kinkster? (1ª. parte)
José Dominante
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¿Qué es un kinkster? (2ª. parte)

Según la definición de “kinkster” (sustantivo referido a “quien practica sexo no convencional, siendo éste el minoritario”, por mayoritariamente considerado como extraño), como decía yo…

Conforme dicha definición, ser sadosaurio, es ser kinkster. Pero también lo son los swingers. Y los homosexuales que practican cruissing. Y quienes se centran en una concreta parafilia, como, sólo por ejemplo, la agalmatofilia (lo de quienes, sobre todo en Japón, mantienen su relación sexual principal con muñecas hiperrealistas). Por no hablar de delitos sexuales afortunadamente castigados en el Código Penal, aunque no falten posmos que defiendan por ejemplo la destipificación de la pederastia.

Pero los muchos que se consideran kinksters se desmarcan de swingers, cruisser, agalmatófilos… que se quedan en dichas prácticas negándoles la condición de kinksters pese a subsumirse en su definición (“quien practica sexo no convencional, siendo éste el minoritario”). Y lo hacen desde una suerte de rudimentaria “ética kinkster”. No niego que haya principios o valores de quienes se consideren colectivamente catalizados bajo los mismos, aunque tampoco creo que cualquier ética sea moralmente aceptable, que hasta el Partido Nazi alemán tenía principios o valores éticos propios.

Por ejemplo, por muy ético que, desde el relativismo posmo que tanta cobertura da a la “ética kinkster” , pueda parecer distorsionar otras relaciones afectivas, lo que no he dejado de comprobar en ellos, eso es claramente inmoral. No encuentro diferencia ética alguna entre un depredador sexual como ÁlvaroDayGame y tanto “kinkster con valores” con doble moral bifurcada en unos valores públicos y otros subterráneos.

No voy a generalizar, que para eso están los posmos que tanto combato, pero las relaciones estables, de pareja, que he tenido con sumisas, sin excepción, han intentado ser distorsionadas por parte de personas del mismo entorno madrileño declaradamente kinkster. Quizá no todos los kinksters procedan igual -espero-, pero sí aceptan todos compartir espacio con depredadores sexuales, excusándoles con argumentos que, cuando los depredadores no son de su secta, no les sirven para poder posturear indignación. Y eso es complicidad. Y el asco se contagia.

Todos y todas conocemos casos, y todos y todas sabemos quiénes se comportan conforme dicha “ética kinkster” de doble moral -una pública impostadamente elevada y otra privada abiertamente inmoral-, y muchísimos y muchísimas podemos contarnos, y nos contamos, casos en los que se constata la repetición de patrones y hasta de sujetos, ¿verdad?

Del mismo modo que quienes se consideran ungidos por la “ética kinkster” no consideran kinksters a quienes excluyen de lo público y elevado de aquélla pese a compartir la definición (reitero los ejemplos: swingers, cruissers, agalmatófilos…), otros que también practicamos “sexo no convencional, siendo éste el minoritario” nos desmarcamos de aquélla y aquéllos.

Para muchos, lo nuestro es el BDSM, no la “ética kinkster”. La práctica de “kinks”, el “sexo no convencional”, no basta para llegar a BDSM. Si no, rough sex con parafilias sería BDSM, y no.

¿Tenemos claro que rough sex con parafilias no llega a ser BDSM? El BDSM es más. No son juegos, sino toda una dinámica que acumulativamente implica bondaje, disciplina, dominación… el etcétera que incluye su sigla. Si eres spanker, te has quedado acaso sólo en la S de sádico, pero te falta el resto de las letras para considerarse BDSM. Practicas sadismo sexual sin practicar BDSM. Clarísimo.

Y si vives el BDSM como una dinámica para tu intimidad, no como un catálogo de prácticas parafílicas divididas en cuatro compartimentos (uno bajo la letra B, dos con sus respectivos subcompartimentos bajo respectivamente las letras D y S, y el compartimento señalado con la letra M), sino como un conjunto, un todo, no te sustraes a la realidad de que ello implica D/s, una relación especial, entre una parte “top” y otra “bottom”, denominándose generalmente aquélla “Amo” como traducción menos afortunada del “Master” ingles, que no deja de significar “Maestro”.

Porque así el BDSM tiene, como dinámica, como sistema, como algo integral, vocación de “ars erotica”, que. Como ya dejé escrito

Y me estoy refiriendo al BDSM en cuanto a relación, no como meras prácticas, descartando así que suponga un ars erotica para kinksters. Ello por cuanto a asumir prácticas bedeesemeras como meros juegos en la experimentación sexual le falta lo que para Foucault implica ser arte erotico: un maestro, discípulos, la relación desigual entre ambas partes, la reserva hasta esotérica… en definitiva, una relación iniciática estable. El ars erotica es más que el mero sexo en que se quedan los kinksters. Es calidad antes que cantidad. Follar por follar es más objeto de la scientia sexualis occidental. Con lo posmos que son los kinksters, no me lo negarán: es palabra de Foucault.

Los kinksters se quedan en sólo la liberación sexual, en un mero “dispositivo de la sexualidad” que constituye la “sciencia sexualis” que no alcanza a ser arte erótico, todo según Michel Foucault en “La voluntad de saber”, para quien

los movimientos llamados de liberación sexual deben ser entendidos como movimientos de afirmación de la sexualidad. Lo cual quiere decir dos cosas: son movimientos que parten de la sexualidad, del dispositivo de la sexualidad en el interior del cual estamos atrapados, que lo hacen funcionar hasta el límite de sus posibilidades […]

Ser bedeesemero es ser más que sólo kinkster, no debiéndose confundir lo general con lo especial, el todo por la parte. Implementar alguna o algunas parafilias o fetiches, como basta para ser kinkster, no llega a ser práctica de BDSM. ¿Quien, fuera de lo convencional, se limita al spanking -azotes- es un Dom. como spanker o sumiso como spankee? No: para que la relación se incardine dentro del BDSM, se requiere más. El BDSM implica -no es- sexo no convencional, sí, pero más que eso, canalizado con una forma imprimida por unas dinámicas que, realmente, no deja de constituir rito elaborado, complejo, arte.

El BDSM, como algo integral, sistemático, más pasional que sexual, requiere mucho, muchísimo esfuerzo, muchísima dedicación para aprender y no estancarse -ambas partes en una relación D/s se exigen mucho para ayudarse mutuamente a avanzar-, muchísima atención entre el Maestro -prescindo deliberadamente de la traducción como “Amo”- y el sumiso. Sin complejos, sin sentimientos de culpabilidad ante la desigualdad y verticalidad que implica la relación por ser conscientes de desarrollarse en lo que también Foucault llamaba “heterotopía”.

Eso nos diferencia a los bedeesemeros que vivimos el BDSM de los kinksters que juegan a BDSM: la verticalidad y la desigualdad de nuestro magisterio siempre simbólicamente iniciático en continua búsqueda de aprendizaje, y una ética que salvaguarde nuestra heterotopía y que coherentemente respete otras heterotopías.

No acepto que tanto kinkster pretenda confundir: ellos juegan a, entre otras cosas, BDSM, pero no somos lo mismo. Lo suyo es sólo sexo: lo nuestro es mucho más que eso. No me resigno, resistiendo, frente a sus intentos de apropiación de lo que tanto desvirtúan.

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