El demiurgo en el diván [‘Winterfell’, Juego de Tronos (8.1) ]

Un joven político confesó no hace mucho que se hartó de interpretar miradas, ceños fruncidos y sonrisas a medias. No entendía la dirección que querían tomar los que supuestamente iban a dirigir su formación política. Quizá ellos tampoco, y se escondían en los gestos ante su incapacidad de afrontar la realidad. El joven no quiso esperar más, abandonó los sobreentendidos, dio un paso al frente y ahora ambiciona ser presidente de un país. Y tiene posibilidades. Bran Stark (Isaac Hempstead-Wright) se ha instalado en el mismo estado de ánimo en el primer capítulo de la octava y última temporada de Juego de Tronos.

Incapacitado físicamente para la vida imprevisible y arriesgada de guerrero de Invernalia, Bran se ha confirmado como un auténtico demiurgo que desde su silla de ruedas, un diván en el realismo mágico de la saga de George R.R. Martin, mueve los hilos de los que le rodean. Bran no es un niño ni un hombre, como le insinúa a Jon Nieve (Kit Harington). Sus acciones y reacciones mueven piezas en el presente y en el futuro. Su liderazgo emerge fuerte y áspero, seco y austero, pero firme. No duda en cortar una discusión cuando se desvía el verdadero problema, la llegada del Rey de la Noche. Tampoco templa consecuencias antes de desencadenar la revelación de la verdadera identidad del que hasta hace poco era su hermano bastardo y ahora es acreedor, a todos los efectos, del Trono de Hierro. Bran es una descarga de lucidez en una ventisca de dudas, incongruencias y arrebatos que condenan el futuro de los que le rodean.

“Winterfell” es un capítulo atmosférico con el que se carga de electricidad el ambiente, se profundiza en las posibilidades de las relaciones perdidas en la complejidad de la trama y se abre apetito al espectador con la puesta de todas las piezas sobre el tablero. El capítulo escrito por Dave Hill y dirigido por David Nutter transita en la línea intermitente entre la acción y la reacción sin grandes giros argumentales: no hay nada que no sea previsible o que no se haya insinuado con anterioridad. Carga las pilas de los seguidores de la serie con una puesta en escena digna de un juego de rol. Así, en este aperitivo del gran final gana terreno la contemplación de la evolución de la interacción entre personajes, el deleite de los diálogos o los pronósticos de los adláteres. Por momentos, se juega a hacer slow television con secuencias en las que la contemplación del paisaje o de una acción en apariencia insignificante pasan a primer plano. Verbigracia, se disfruta del cortejo amatorio de tres gracias de prostíbulo con el ‘bueno’ de Bronn del Aguasnegras o, en un paseo sobre dragones, Daenerys (Emilia Clarke) y Jon Nieve sumergen al espectador en la belleza de la geografía helada del Norte.

Los reencuentros y las miradas ganan peso en “Winterfell” frente a los duelos con espada y los envenenamientos con los que se abría la temporada anterior. Es el ‘poder blando’ de Juego de Tronos elevado a su máxima expresión. Y no defrauda. Son carne de gif animado de la ficción televisiva la mirada del dragón a Jon Nieve mientras besa a la Madre de Dragones o la aterradora expresión de Jaime Lannister (Nikolaj Coster-Waldau) al divisar a un Bran Stark que creía con ojos azules.

Cersei Lannister (Lena Headey) es la excepción que rompe la regla en esta remesa de sucesos contenidos y ‘tensión mortal no resuelta’ que es esta primera entrega. En una nueva y retorcida vuelta de tuerca a su ambición e inquebrantable y onanista culto al poder, eleva la traición a su máxima expresión. Confirma lo ya avanzado en temporadas anteriores y certifica una estrategia para hacer desaparecer a sus hermanos Tyrion (Peter Dinklage) y Jaime. Este último, padre incestuoso de sus tres malogrados hijos, se ha convertido en solo 50 minutos en el más firme candidato a pasar a mejor vida si a esta tesitura se añade su ‘sentencia visual a muerte’ por parte de Bran. Pero Cersei dobla su apuesta y, en un nuevo sacrificio carnal que se oculta tras una elipsis, no duda en encamarse con Euron Greyjoy (Pilou Asbæk), el ‘Joker’ de Juego de Tronos, para aferrarse el Trono de Hierro.

En esa gélida atmósfera que congela los albores de la Gran Guerra, el enemigo, el Rey de la Noche y sus huestes, no se ve, solo se siente, se transpira con vaho. Porque la primera entrega de la octava temporada es una constante insinuación del advenimiento de los caminantes blancos: su ausencia ante los ojos es todavía más sugerente e inquietante que su mera contemplación. Están presentes en las miradas, los pensamientos, los diálogos. De hecho, son protagonistas del único gran sobresalto en los 50 minutos de capítulo sin tener la necesidad de aparecer en la pantalla. Quizá es una de las secuencias más gore de la saga, donde un impúber caminante se debate crucificado entre en una espiral de miembros ajenos. Es la marca del Rey de la Noche.

Ese sello de la muerte alimenta la geopolítica de Poniente. Jon Nieve ha perdido el favor de los suyos, fracturados en varias casas, ante la subordinación sentimental y militar que le ha provocado Daenerys Targaryen. La insultante fragilidad del hasta hace poco Rey del Norte, en entredicho también ante sus hermanas Arya (Maisie Williams) y Sansa (Sophie Turner), queda dinamitada por obra y gracia del ‘maestro de títeres’, Bran Stark. El tullido demiurgo utiliza a Sam Tarly (brillante John Bradley-West) para sembrar la verdad en las entrañas de Invernalia. Una verdad que pide más acción donde “Winterfell” solo ha dejado insinuaciones.

Artículo originalmente publicado en ‘Diamantes en Serie’.