La cruz de la misma moneda [“The Last of the Starks”, Juego de Tronos (8.4)]

Rubén Vinagre
May 6 · 4 min read

Dos miradas resumen lo que es la calma tras una tempestad. Una se produce en el doloroso y sentido adiós a Jorah Mormont, amor platónico; otra, al asistir a la violenta decapitación de Missandei, discreta amiga leal. Dos miradas al abismo. Dolor y sed de venganza. Son el inicio y el final de “The Last Of The Starks”, cuarto episodio de la última temporada de Juego de Tronos, y ambas proceden de la cripta interior que arde dentro de los ojos de Daenerys Targaryen. Como sentenciaba Nietzsche, “cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. La evolución del personaje de la Madre de Dragones es siniestra y alcanza su máxima expresión en esta entrega. Khaleesi no sabe si es puño de hierro con guante de seda o es puño de seda con guante de hierro. ¿Lady Di o Isabel II? Es la gran derrotada en los días de luz en Poniente tras la larga noche gastada en combate con los caminantes blancos en los muros de Invernalia. No cuenta con el apoyo de los que cree haber liberado del Rey de la Noche, tiene que soportar todo tipo de desplantes y su presencia entre los Stark genera una fuerte división familiar. Para colmo, en una nueva necedad estratégica, asiste catatónica a la pérdida de Rhaegal, uno de sus dos hijos dragones.

Daenerys ya no es una libertadora, es una fuerza incontrolada que quiere el poder cueste lo que cueste. Está más cerca de los vicios febriles de un dictador que del impulso rejuvenecedor de un revolucionario. ¡Qué transformación más aberrante, pero qué lujuriosa de paladear! Es ‘soft porn argumental’, un vicio, una gozada visualizar cómo tendrán que quemarse camisetas, mamandurrias y merchandising de la gran esperanza blanca. Solo hay un dique que frena su deriva y es Jon Nieve. El amor está a punto de sucumbir ante la ambición de la Madre de Dragones, que pide que no revele su verdadera ascendencia ante sus ‘hermanos’. Es como rogar de rodillas que se oculte una infidelidad. ¡Qué maravillosa soap opera es esta relación! Pero ahí está Bran, el gran demiurgo, para presionar al otrora gran bastardo a dar a conocer su gran verdad a Sansa y Arya, auténtico poder ejecutivo de Invernalia en la sombra. Ambas emergen como parte de la solución para Poniente, cuando antes apenas eran dos secundarias con una sorprendente capacidad para la supervivencia y la reinvención. La pequeña de la saga, heroína del mundo terrenal, incluso antepone las neuronas a los sentimientos cuando le pide matrimonio Gendry, nuevo señor del Bastión de Tormentas, regalo envenenado de la Rompedora de Cadenas. Más soap opera, pero “no es no”.

El episodio, lejos de diferenciar, acentúa los matices que aproximan cada vez más a Daenerys a la personalidad de Cersei Lannister. Esta temporada van camino de convertirse en la cruz de la misma moneda. A ambas se les cuestiona su legitimidad como mandatarias; han sido burladas y vejadas en su tránsito hacia el Trono de Hierro; no dudan en sacrificar inocentes en la toma de Desembarco del Rey; han perdido lo más preciado, sus hijos — dragones o humanos — , en su obstinación por el poder; las dos han consumado relaciones incestuosas que les afectan de manera inguinal en la toma de decisiones; y, quién sabe, puede que en estos días de batalla ambas compartan estado de buena esperanza. Solo hay una gran diferencia: Cersei siempre va un paso por delante y eso supone un goce para los episodios finales. De momento, ha destrozado la autoestima de los que han conseguido la hazaña de derrotar a la Muerte y les ha hecho caer en su trampa, como buena Lannister. Pero también es débil ante los de sus sangre — no se atreve a ajusticiar a Tyrion cuando más indefenso está — , y a caballo se acerca un Jaime Lannister que puede descolocar los decididos planes de la actual reina.

Por su parte, el minúsculo hijo de Tywin Lannister deja brillantes diálogos en este episodio. Tyrion y Varys, en un delicioso mano a mano, son la voz del espectador que sigue con fervor la serie basada en el relato de George R.R. Martin. Los dos verbalizan distintas posturas acerca de quién debe reinar Poniente con sus pros y sus contras. Sentido práctico, lógica, quizá traición. Sus conversaciones sobre este tema son como un hilo de Twitter: enganchan, enfrentan y dan pábulo a todo tipo de teorías sobre el gran final. Este disfrute de sus argumentaciones y contrargumentaciones sin duda es un cariñoso guiño de los guionistas a los seguidores que han convertido a la serie en un acontecimiento que trasciende a la televisión.

“The Last Of The Starks” recoge la esencia de un episodio canónico de Juego de Tronos. Despedidas sobrecogedoras, celebraciones pantagruélicas, vino dorniense, sudorosos encamamientos, escaramuzas sangrientas, violentas muertes inesperadas, confesiones dolorosas, aromas de traición… Nada falta. Muy superior al catenaccio argumental desplegado en las dos primeras entregas de esta temporada, es digna continuación de la gran batalla de “The Long Night”. Expone de manera clara las consecuencias de la contienda con el Rey de la Noche y avanza la nueva geopolítica tras la victoria sobre lo sobrenatural: un bando siempre va por delante y otro siempre está sumido en la indecisión ante un liderazgo incierto.

En episodios anteriores…

[“The Long Night”, Juego de Tronos (8.3)]

[“A Knight of the Seven Kingdoms”, Juego de Tronos (8.2)]

Juego de Tronos 8 Críticas

Críticas de la última temporada de Juego de Tronos (Game of Thrones)

Rubén Vinagre

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Seriéfilo. Periodista. http://twitter.com/rubenvinagre

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