Nessun dorma [“The Long Night”, Juego de Tronos (8.3)]

La violencia de lo sobrenatural, la épica de la contienda y el vértigo de la salvación, proscritos durante el sueño prolongado que han sido las dos primeras entregas de la octava temporada de Juego de Tronos, han llegado antes del alba del nuevo día. “The Long Night” es el despertador de una pesadilla tras una noche de tormenta. “Nessun dorma”, porque el principio del final comienza con un elaborado plano secuencia en el que se van entrecruzando las andanzas temerosas de Sam, Tyrion y Bran en medio de una vorágine de actividad prebélica. “Nessun dorma”, porque el miedo de uno le da el testigo del terror al otro solo con el intercambio de una mirada. Un recurso con aroma de cine clásico, que pone al espectador en la piel de un pobre e inconsciente defensor de Invernalia con un eficaz punto de vista subjetivo. No es Fornite, quizá Zelda, pero este ritmo sin aliento y envolvente en los primeros minutos traspasa la pantalla para atrapar voluntarios para la batalla más allá de la cuarta pared.

“The Long Night” es un episodio escuálido en diálogos, pero intenso en la exploración de los límites del silencio y rotundo en la interpretación de la violencia. La gramática de la batalla que desarrolla Miguel Sapochnik durante los 82 minutos de metraje se introduce con un preámbulo que es una magistral manipulación de la música y el sonido. El roce del vidriagón en el brocal de la vaina, la hiperventilación de los soldados de tripa floja o las onomatopeyas guturales de los dothrakis invadidos por la muerte son el nexo de unión entre el vacío y el horror en los albores de la contienda. Un diálogo sin palabras que inocula ansiedad, excitación y pánico. Si el espectador cierra los ojos puede sentir en su piel de gallina el pavor que expele el Rey de la Noche. Entonces, sucede.

Brutalista, violento, apocalíptico, tremendista, desgarrador. El choque entre las huestes de Poniente y los caminantes blancos llega como una invasión del perímetro de seguridad, la zona de confort del espectador: no hay sentido que no se vea afectado por semejante holocausto de almas. Es el lirismo sordo y a la vez atronador del impacto entre los bloques contendientes. A partir de ahí, el horror. Como mago de la escabechina, Sapochnik abunda en el frenesí y el hacinamiento como señas de identidad de la crudeza en el duelo. Es su sello: tumultos, aplastamientos y muerte ‘al primer toque’. Donde Zack Snyder se embelesa con la estética de la violencia hasta lo grotesco, léase 300, el director de los capítulos con más glóbulos rojos de Juego de Tronos impone la acción exprés en crudo. Consigue que la sintaxis de la batalla se escriba con trazo ágil en medio de un escenario con un premeditado horror vacui.

Para los amantes de la estrategia propone una estructura clásica que ya exploró, por ejemplo, en “La Batalla de los Bastardos”: la tensa espera frente a lo desconocido; una sangrienta y previsible debacle inicial; la vertiginosa retirada ante la superioridad rival; y la inevitable agonía hasta un desenlace incierto. En todas estas fases, la sólida dirección del episodio propone un denominador común, que es el vértigo ante lo que parece una inminente derrota, para después entrar en matices que vislumbran la salvación. No aporta nada nuevo, pero es contundente y eficaz. En paralelo, de profundis, el horror en el refugio que es la cripta de Invernalia se pinta con paleta renacentista. Es una estampa propia de Botticelli, en la que la luz clandestina de las antorchas ilumina el resguardo de los más débiles y los que, en teoría, deben comandar el futuro de Poniente.

¿Y qué hay del futuro si no hay presente? El episodio explora superficialmente el peligro que suponen los sentimientos de Daenerys y Jon Nieve para el devenir de Poniente. Los llamados a ocupar el Trono de Hierro se han sumergido en una espiral que demuestra su fragilidad frente un enemigo mínimamente lúcido. Su temeridad en la batalla — ¡qué trepidantes escenas aéreas! — , les convierte en la extremaunción para los que les rodean. Los dos amantes son secundarios prescindibles ante un Rey de la Noche que les ningunea en esta tercera entrega de la última temporada de Juego de Tronos. Sin lugar a dudas muestran más profundidad argumental las épicas muertes de notables — Edd, Lyanna Mormont, Theon Greyjoy o Jorah Mormont — , que la danza salvaje y el cortejo bobalicón a lomos de Rhaegal y Drogon entre los últimos Targaryen (conocidos).

La trama se desarrolla con ritmo de caminante blanco en celo, pero desperdiga miguitas para quien quiera seguir la senda que lleva al sorprendente desenlace final. Deja rastro Melisandre, un cordero con piel de ángel exterminador que se enfrenta a la Oscuridad con la constante invocación a la Luz. Un camino tantas veces explorado en la ficción y con una venta tan favorable y agradecida entre la audiencia que J. R. R. Tolkien o C.S. Lewis deberían resucitar desde la Tierra Media o Narnia como ‘caminantes de las Letras’ y pedir ‘royalties’. En los aledaños de la Casa Stark, la sacerdotisa, visionaria del argumento que George R.R. Martin todavía no ha sido capaz de finiquitar, da sentido a la profecía de Beric y nos devuelve a la mejor Arya Stark. La reina de la gramática parda de Poniente, un personaje de mil caras que es la salvaje que todo espectador lleva dentro, el pícaro necesario en cualquier relato de realismo mágico, la niña mujer que supera cualquier embate de la vida, la guerrera con la venganza en la sangre, reúne el valor para asestar la puñalada definitiva a la Muerte, porque “hoy no”. No toca.

En un inesperado giro argumental más próximo en su ejecución a Kill Bill que a un final de la estirpe Tolkien, la pequeña de los Stark encuentra el talón de Aquiles del imbatible, ignífugo, inalterable e inmisericorde Rey de la Noche y, a la postre, vaso comunicante y necesario para la supervivencia de sus ‘hijos’ caminantes. El horror da paso a la Luz. Inmóvil, como un ‘Kurtz de Invernalia’, Bran sigue con su particular viaje al corazón de las tinieblas de Poniente. En medio de una encarnizada refriega y una victoria épica que ni Aníbal en Cannas, el Stark tullido sigue volando con alas de cuervo. ¿Estará pensando en si se ha deshecho demasiado pronto del Rey de la Noche? Mientras, despunta el alba. “All’alba vincerò! Vincerà! Vincerò!”.

En episodios anteriores…

Mañana en la batalla acuérdate de mí [“A Knight of the Seven Kingdoms”, Juego de Tronos (8.2)]

El demiurgo en el diván [‘Winterfell’, Juego de Tronos (8.1) ]