Construyendo casas ajenas

Andrej Hillebrand
Nov 20, 2018 · 3 min read

Las personas más sonrientes que conozco son las que menos vida propia han tenido. Mi abuela, otras abuelas, personas que han tomado ese rol aún sin tener vínculos de sangre y otras personas. Casi siempre son mujeres. Eso me lleva al falso concepto de la fortaleza del hombre. No conozco a ningún hombre tan fuerte como estas mujeres. La definición ignorante de la fuerza ha deformado el universo. Hemos construido una sociedad basada en calificar de fortaleza todo aquello que solo denota inseguridad.

Siempre me he sentido muy cercano a estas personas tan sonrientes. Su forma de ser me resultaba familiar. Esa capacidad de secar las lágrimas de los demás y negarse las propias, de pintar sonrisas en corazones ajenos aún cuando el suyo se resquebraja, de no disponer de espacio para expresar sus sentimientos porque los de los otros siempre están por encima, de priorizar una y otra vez a los demás porque para ellos no hay tiempo, de escuchar constantemente el lamento de aquellos que les rodean sin tener a nadie que escuche el suyo, de dejar de conectar con su dolor porque los otros lo necesitan más.

Treinta y cinco años me ha costado descubrir, creo, que esa familiaridad solo es tal porque yo también he pasado todo este tiempo construyendo muros para otros, muros que no son los míos. Sirviente, empleado del hogar, siempre entregado resolviendo vidas ajenas, sin tiempo para tener una propia. Soy el peón de una obra en la que invierto tanto tiempo que no puedo construir mi propia casa. Levanto una muralla que una vez erigida dibujará la frontera que me denegará la entrada.

Toda mi vida he construido sobre arenas movedizas. De ahí que invierto tanto tiempo en apuntalar edificaciones sin que lleven a nada, porque el suelo se tambalea. Siempre a la merced de otros, que ejercen de arquitectos de mi vida. Debe ser porque tengo alma de proletario. En perjuicio propio he interiorizado el papel del subordinado, entregado y servil, vulgar abeja obrera.

Un plano, en el que jamás participé, garabateado en una servilleta al antojo de otros, dirigiendo mis jornadas que se tornan infinitas. Siempre han sido los demás los arquitectos de mi vida, y yo me he entregado a su visión, aún cuando ésta, por lo general, no tiene presente mi mejor interés.

La mayoría construye para sí mismos. Nosotros, esas personas a las que aquí describo y a quienes he querido acoplarme sin tener del todo claro si merezco estar en su selecto grupo, solo construimos para otros. Somos sirvientes de sentimientos invisibles, mayordomos de sonrisa perenne que no hemos tenido el valor de levantar la mirada y reclamar nuestro propio espacio. Así construimos casas en las que ni siquiera hay habitación para nosotros.

Somos los que invertimos mucho más de lo que recibimos, siempre dispuestos a dejarlo todo por los demás a cambio de que nuestras llamadas vayan al buzón de voz, somos los que nos auto invitamos a las fiestas, los que caminamos a casa porque otros no se pueden desviar dos calles del camino, los que escuchamos sus historias que callan las nuestras al primer intento, los que invitamos a cafés que nunca recibimos por nuestra parte, quienes hacemos fiestas a las que nadie acude.

Siempre he tratado de ser el que rescata al resto, un salvador que no tiene habitación propia, en realidad, ¡un tipo más que patético! Estos lamentables delirios de grandeza de ser el héroe en las historias de los demás porque no tengo el valor de serlo en mi propio cuento. Me creí fuerte, más fuerte que los demás, engañado por unos valores que en realidad solo demuestran mi abrumadora debilidad.


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Andrej Hillebrand

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