El último villancico

Relatando en corto

Andrej Hillebrand
Sep 5, 2018 · 6 min read

Raymundo Amador, pareciera que nació ya siendo director de hotel. Antes de salir de su casa se mira una vez más su corbata, y con un tirón fuerte y un zarandeo al propio nudo se asegura que su corbata tiene el Windsor perfecto, tal y como le enseñó su padre a base de tortazos. Luego se pasa la palma por los hombros de la chaqueta. Termina por pasarlas del pecho al vientre por su camisa, por confirmar que las únicas arrugas que lleva son las de la frente y solo porque la piel no conviene plancharla.

Hace años que en su hotel el árbol de navidad está adornado por un Santa Claus bien rechoncho, de sonrisa cómplice y mirada de abuelo que guarda caramelos para los nietos. Entre los trabajadores del hotel le han apodado “el Santi”.

El Santi llevaba una vida muy rutinaria, incluso en los momentos más álgidos del 6 de diciembre hasta el 6 de enero. En esa fecha le sacaban de la caja, le pasaban la aspiradora, luego un cepillo para textiles y de ahí Raymundo le colocaba a los pies del árbol de navidad, justamente en el centro. Durante unas semanas, ahí era la estrella. Todas las miradas se fijaban en él. Una vez pasada la fecha de los Reyes Magos, le devolvían a la caja y ahí pasaba el resto del tiempo, guardado en el altillo de una estantería en el sótano del hotel, irrelevante, sin que nadie le dirigiese una mirada y menos aún elogios.

La vida de los famosos es con frecuencia solitaria. Todos señalaban al Santa Claus y decían lo bonito que era con su ropa roja tan intensa que los labios de las mujeres hospedadas en el hotel lucían apagados. Los niños de los clientes habituales siempre preguntaban por él y el personal del hotel le regalaban una sonrisa cuando entraban a trabajar. Pero más allá de captar la atención de quien pasaba por allí, solo estaba, inerte, sin más figuras con las que conversar durante las largas noches de navidad.

Así fue su vida desde 1986 que entró por primera vez al hotel hasta el 2016. Aquel año, sin conocer el motivo, Raymundo trajo dos figuras nuevas que colocó cerca de Santi, bajo el árbol. Uno era un pastor, Gregorio, tenía los ojos muy juntos y las cejas muy pobladas. Santi no entendió nada. Esto no estaba a su altura. Lo cierto es que miró a Gregorio haciendo una mueca ladeada con su boca en señal de su desprecio. Pero ni siquiera se afanó más en dejar clara su repugnancia porque una mano de otra figura que aún no habían sacado de la caja lo encandiló. Esos dedos eran de pianista, delicados y largos como nunca los había visto. Y esas manos estaban acompañadas del ser más hermoso que Santi había visto jamás. Un ángel de tez de porcelana, delicada como el vidrio soplado y cabello dorado, y esto no es una metáfora, era dorado de verdad. Para su desgracia la colocaron al lado del pastorucho que quedó en medio de los dos.

Santi, estaba nervioso, sus mejillas sonrosadas tenían un brillo como si se hubiese comido las luces de navidad. Cuando el recepcionista del turno de noche atenuó la luz y se recostó en su silla para echar su sueño de rigor, Santi tomó aire unas tres o cuatro veces, resopló con fuerza y luego se dirigió al ángel.

–¿Cómo… ¡Ejem! ¿Cómo te llamas?

–Verónica, ¿y tú?

–Soy…, yo soy…, soy Santa Claus, pero aquí me llaman Santi.

–Encantada.

Los días pasaron, y si bien hablaban bastante, los nervios de Santi hacían que las conversaciones no fluyesen como debían y las frases atropelladas les llevaron al 5 de enero. Como solo le quedaban unas horas, Santi le confesó a Verónica que tenía palpitaciones y la boca del estómago se le cerraba cada vez que la miraba. Gregorio lo miró con una sonrisa burlona. Al tener los ojos tan juntos nunca se sabía si es que era cortito o se estaba enterando y se mofaba de verdad. Tampoco estaba claro ahora. Otro día igual le habría importando pero ahora a Santi le bombeaban tanto las sienes se se llegaba a escuchar.

Verónica puso cara de sorpresa y como en una mala toma de una comedia romántica le dijo aquello de me caes muy bien, pero no me van tan gorditos. Aquello sí que fue un bombazo y no el de los fuegos artificiales en fin de año. De repente hasta la ropa parecía que se había palidecido, las mejillas se desprendieron de su color sonrosado y los ojos de Santi se clavaron en el suelo. Lo único que le hacía mantener la compostura era soñar que igual durante los próximos meses lograría conquistarla de otro modo, igual conseguiría hacerle ver que el peso no importa tanto. Pero como todas las desgracias en la vida, siempre vienen acompañadas, así que en la tarde del 6 de diciembre, metieron a Gregorio y a Verónica en una caja y a Santi en la otra. Los siguientes tres meses la ropa de Santi enmoheció porque no llegó a secarse nunca de su constante caudal de lagrimones. A finales de marzo el cinturón no le sujetaba los pantalones y su chaquetón le quedaba tan holgado que parecía que asomaba su cabeza por un tipi. Al darse cuenta de que le sobraba tela por todas partes le llegó su iluminación. Cuando le sacasen de la caja ya no sería el rechonchito, iba a estar tremendo.

Aquellas navidades Raymundo abrió la caja, y le golpeó un hedor avinagrado del sudor macerado de Santi. El director se arrugó más que una camisa en la cesta de la ropa sucia y lo miró extrañado. ¿Qué era esa figura? ¿Quién había cambiado a Santa Claus por un Ken con ropa sucia? Aquello no podía ir debajo del árbol. Así que colocó a Verónica y a Gregorio y Santi quedó en la caja abierta sobre una silla en la recepción. Por la noche, salió de la caja y fue a ver a Verónica.

–Tú no eres Santi–replicó el ángel a un Santa Claus irreconocible.

–Que sí, que soy yo. Que llevo meses haciendo abdominales y calisténicos.

–¡Pero…, si de verdad eres tú es increíble el cambio que has dado!

–¿Qué te parece? ¡Ahora sí que soy tu tipo! ¿Eh?

–Pues sabes qué Santi, después de aquella noche, estuve pensando mucho y me di cuenta que era una superficial, que tú habías sido un tío increíble conmigo y yo te rechacé solo porque me preocupaba el qué dirían si nos hubiesen visto juntos.

–Bueno, pero eso ya no te tiene que preocupar ahora, mira mis bíceps.

–No Santi, no estás entendiendo. Al estar en la caja con Gregorio, que también tiene su pancita, hablé mucho con él, porque me sentía muy mal por cómo te traté. Él me consoló y me ayudó mucho a sobrellevar lo mal que me sentía conmigo misma.

–Bueno, pero ahora estoy yo aquí para decirte que no tienes que sentirte mal por eso y para que puedas apoyarte en mis hombros fuertes siempre que lo necesites.

–Lo siento mucho Santi, debes saber que estoy con Gregorio. Santi, estamos muy enamorados. Lo siento mucho.

A la mañana siguiente, el 7 de diciembre de 2017, Raymundo encontró a Santi tirado debajo del árbol. Si no fuese una figura habría creído que tenía vida porque a saber cómo había llegado eso de la recepción hasta el pino adornado. Raymundo, en clara muestra de su repugnancia lo cogió con el índice y el pulgar. Durante la noche se habían corrido los ojos como llevados por agua. Lo metió en la caja y con el paso firme que le caracterizaba la llevó a los contenedores de basura del economato. De ahí volvió al lobby y puso una nueva figura de Santa Claus. Le había pedido a su secretaria irla a comprar. Así que ahí colocó al nuevo, debajo del árbol, justo en el centro, al lado de Verónica y Gregorio. La Navidad ya podía llegar.


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