La noche más larga de La Benéfica

Aunque ahora sonríe, el equipo médico del Hospital Miguel Enríquez tuvo el reto de salvar a más de 80 víctimas del tornado que azotó a La Habana el 27 de enero de 2019.

Por Ernesto Guerra y Magda Iris Chirolde. Fotos: Alba León Infante

“A Liset Fresneda, que fue la primera en contar esta historia”

Una custodio cubierta de sangre entró al servicio de urgencias de La Benéfica — oficialmente Hospital Miguel Enríquez — en la noche del 27 de enero. Cuando la interrogaron, aseguró que la garita en la que hacía guardia se había derrumbado con ella dentro. Fue vista por los especialistas y comenzó la atención médica de lo que pensaron era un caso raro, pero no improbable, dado el mal tiempo que había fuera. Sin saberlo, ella era la paciente cero.

Hubo un apagón y, de pronto, el edificio de Ramón Pintó 202 fue absorbido por un silencio inesperado que lo fundió con el paisaje abismal de Luyanó. Pasaron unos segundos hasta que la planta eléctrica le devolvió las luces, como preludio a lo que vendría después.

Quince minutos más tarde, la guardia médica del Miguel Enríquez enfrentó el desastre más grande en toda su historia.

Tornado

Al principio, llegaron los pacientes más graves. Uno a uno primero, y luego en grupos, arribaron las víctimas del tornado. El hospital está ubicado a escasos metros del desastre en el área de Luyanó.

Aunque el equipo periodístico de Juventud Técnica intentó reconstruir los hechos, ninguno de los presentes fue capaz de narrar lo ocurrido sin lagunas. Todos pronunciaron, sin embargo, una palabra constante: caos.

Los heridos se enviaron al salón de politrauma, donde se atienden pacientes con heridas y afectaciones múltiples. Allí, los equipos de neurocirugía, cirugía y ortopedia los evaluaban y atendían, pero cuando los casos comenzaron a acumularse, fue necesario que el hospital entrara en estado de emergencia y se aplicaran los protocolos.

Más de 80 pacientes y acompañantes también lesionados llegaron en un período de dos horas esa noche. Algunos, caminando. Otros, gracias al servicio de ambulancias y a un grupo de patrullas policiales que se sumaron a las tareas de rescate y salvamento. El hospital casi colapsó, según cuenta su director, Mario Manuel Delgado:

“Un hospital ya con más de 40 lesionados es muy difícil, muy complejo. Se te puede acabar el material y hay que pensar rápido. Llegaron incluso niños que, tras ser atendidos, tuvimos que transferir fuera del centro y también a una embarazada”.

Video de un aficionado enviado a nuestra redacción. Muestra parte del hospital en un momento de la noche del 27 de enero en que los servicios de urgencias estaban al borde del colapso.

El Dr. Richard Chacón, que ese día estaba al frente del equipo de cirugía, asumió el liderazgo del hospital momentáneamente. Él orientó el protocolo que consistió primero en el triaje — clasificar los pacientes según la gravedad de sus casos — y luego en posponer la recogida de datos personales por un sistema más eficiente: pegar esparadrapos en la frente de cada paciente y enumerarlo con un marcador, dado el volumen de personas en urgencias.

“Nadie estuvo de brazos cruzados. Todo el personal, desde los auxiliares de limpieza hasta los especialistas de más alto rango, estuvieron prestos a la atención al trauma”, narra Armando Ángel Sebazco, especialista en Medicina General Integral y Máster en Urgencia Médica, integrante del equipo de Ortopedia que enfrentó el desastre.

“Fue traumático. Este es uno de los hospitales que más casos de este tipo recibe en la ciudad y en mis 15 años de experiencia acá nunca habíamos visto tantos pacientes en tan corto periodo de tiempo”, agrega.

Armando Ángel Sebazco fue uno de los ortopédicos que trató los politraumas en la noche del 27 de enero. Fotos: Alba León Infante

Al momento del suceso, domingo en la noche, el centro contaba únicamente con el servicio de urgencias. Esto incluía a los especialistas de guardia y los internos de cada especialidad, estos últimos pertenecientes al último año de la carrera de Medicina. Era muy escaso para suplir las necesidades de la cantidad de pacientes con diferentes afectaciones y los politraumas.

Minutos después de la avalancha de heridos, llegó el director. Envió mensajes, llamó al personal que estaba de descanso para que viniera a reforzar el servicio y se integró al trabajo médico. Sin embargo, las condiciones meteorológicas representaban también un riesgo para las enfermeras, doctores y encargados de aseguramiento que, en medio del caos, intentaron llegar hasta el Miguel Enríquez. La ayuda, entonces, no arribó tan rápido como aumentaba el volumen de lesionados.

Una señora de 92 años con el cráneo abierto, un joven con disímiles fracturas y deformaciones en el rostro, otro paciente con un hueso expuesto… Los procederes quirúrgicos llenaron el quirófano y se terminaron las camillas del hospital. El personal de apoyo buscó cada silla, cada banco disponible en las diferentes áreas e improvisó una sala alternativa a la de politrauma, porque en ella no había capacidad para albergar personas.

De cada piso bajaron los doctores y residentes a brindar apoyo, porque los casos de urgencia como estos suelen resolverse entre cirujanos y ortopédicos, pero no bastaban. Los especialistas en Medicina Interna, por ejemplo, ayudaron a trasladar en camillas a algunos pacientes y suturaron en los casos que no llevaban mayor intervención.

Entre ellos, la residente de tercer año de la especialidad, Amanda Fernández, quien reconoce lo difícil de la situación:

“Me impresionó cómo organizamos el manejo de los pacientes, que normalmente nunca lo había afrontado en una situación tan dinámica. Ayudamos sobre todo en la clasificación de los heridos, en cuál era el más grave o el paciente leve, dirigidos por los cirujanos”.

El especialista en Medicina Interna, Garddiel Abello (a la izquierda), apoyó junto a la residente Amanda Fernández en la recepción y clasificación de heridos.

A nivel emocional, asegura haber quedado consternada. “La cantidad de personas que perdieron las cosas, los niños heridos… Fue una experiencia bastante fuerte”, dice.

En los pasillos y la sala principal se acostaron a las personas menos graves o se dejaron sentados a los que se podían sostener. Las enfermeras canalizaban venas, los laboratoristas hacían análisis con la mayor premura que los procesos se lo permitían y los auxiliares trataban de mantener limpio el caos, perfectamente reflejado en el suelo y las paredes.

Urgencias

Maibi Rodríguez Sánchez, enfermera intensivista, no tuvo tiempo de cambiarse de ropa para ayudar a los heridos.

Un gran peso del trabajo hospitalario esa noche estuvo en el personal de enfermería.

Maibi Rodríguez Sánchez, enfermera intensivista, cuenta que ese día se incorporaba a trabajar y no tuvo tiempo para cambiarse de ropa. Atendió a los pacientes “vestida de civil”.

“En el lugar de politrauma me encontré con cuatro pacientes, entre ellos un niño de cinco años. Empezamos a recibir más casos al punto del colapso, no sabíamos dónde y cómo ubicarlos. De una manera extraordinaria pudimos organizarlos en un breve tiempo, evacuarlos a casi todos y clasificar a los más graves.

“Esto parecía una película; utilizamos todas las camas disponibles, sillas, bancos; de igual manera las sábanas y piyamas para ellos, fue algo muy rápido y bonito en el sentido humano”, narró la joven.

Por su parte, Ivón Mora Álvarez, licenciada en enfermería del departamento de aerosol e inyecciones y granmense de nacimiento, prestaba servicios como parte de un contingente. En su memoria quedó un muchacho con múltiples heridas:

“Echaba sangre por la boca. Rápido lo atendimos, ya casi había colapsado el hospital y no había dónde ponerlo. Lo intubamos en el suelo porque se nos moría. Mientras eso pasaba, había que estar atentos y canalizarle las venas a todos los que llegaban”.

Asegura Mora, que tampoco falló ni faltó nada, pues “estaban los materiales y nos ayudamos todos. Llevo 27 años de servicio y aprendí a ser más ágil, a seguir trabajando con más habilidad. En esos momentos se necesita tener habilidades, a pesar de que laboramos en un hospital muy movido. Hay que trabajar duro y rápido pues el paciente está entre la vida y la muerte. Son minutos, minutos los que nos dan para que él sobreviva”, expresa.

Pero La Benéfica no solo cuenta con personas de fuera de la capital, sino con estudiantes extranjeros que hacen pasantías en la institución. Tal es el caso de Juan Carlos Delgado, ciudadano colombiano y residente de cirugía plástica.

Juan Carlos Delgado es de Colombia y está en Cuba como parte de su residencia en Cirugía Plástica.

Él cuenta que en su país están acostumbrados a otros tipos de manejos:

“Enfrentarse a esta avalancha de pacientes es una cuestión que desde el punto de vista profesional implica un esfuerzo y una readecuación de todos los procedimientos que se manejan usualmente. El médico muchas veces ve sobrepasada su capacidad de trabajo y la parte emocional también influye con respecto a que uno quiere brindar asistencia a todos de la mejor manera”.

Por su parte, Lol Abdoulaye Mahamat es de Chad y estaba en su segunda semana como interno del servicio en Cirugía.

“Respondimos a las órdenes del Dr. Richard, porque hay un protocolo a seguir y los internos suturábamos, limpiábamos heridas, ayudábamos a los enfermeros a canalizar venas; identificábamos a los pacientes que iban llegando”, narra.

Eliani Bruffau (Cuba) y Lol Abdoulaye Mahamat (Chad), se enfrentaron a la avalancha de pacientes que colmó el Miguel Enríquez en menos de dos horas.

Alrededor de la medianoche, llegaron los refuerzos. La enfermera Yanet Chiroldi estaba en su casa cuando la llamaron por teléfono. No sabía qué había sucedido hasta que no la fueron a buscar en un carro y le tomó una hora llegar desde La Víbora hasta el hospital, un viaje que normalmente hacía en menos de 30 minutos. Mientras veía los desastres, se preguntaba qué había pasado.

Como ella, también salieron bajo la lluvia otros enfermeros, médicos y personal de apoyo. Entre estos últimos, Aimeé Collazo Doncel, especialista del Departamento Dietético y que se encargó de las labores de aseguramiento.

“Llevo 17 años trabajando en la institución y me llamaron por teléfono porque había un accidente y estaban llegando personas heridas. Cuando pasó la lluvia me incorporé al hospital. Organizamos una brigada para limpiar toda el área, porque debido al tornado se inundó el cuerpo de guardia y también había mucho derrame de sangre. Tratamos así de hacer más fácil el trabajo para los médicos, intentando que hubiera la mayor higiene posible”.

La mayoría coincide en que cerca de las cuatro de la mañana, el hospital había logrado salvar la situación. Habían enviado a algunos pacientes estables a otros hospitales de la ciudad mientras los más graves se quedaron allí. La primera parte de la prueba de fuego, había terminado.

Seguir adelante

Mario Delgado, director del Miguel Enríquez, resaltó la solidaridad del personal médico y también del SIUM, la PNR y todas las organizaciones del MINSAP provincial

No existen ínfulas de heroísmo en ninguno de los protagonistas de esta historia. Los servicios siguen trabajando como de costumbre y los pacientes que permanecen en el hospital se mantienen estables y con respuestas positivas.

El director del hospital declaró que, hasta la fecha en que se escribió este trabajo, no hay fallecidos entre las personas que recibió, a pesar de que tuvieron “casos bien graves que operamos de urgencia extrema; casos neuroquirúrgicos; de cirugía; muchos con lesiones de politraumas; es decir, necesitados de más de una especialidad, predominando la ortopedia, pero también neurocirugía, maxilofacial, oftalmología, entre otras”.

El 27 de enero de 2019 La Benéfica se creció. Fue el hospital que recibió y atendió más víctimas del tornado y logró atender una avalancha inesperada de pacientes con lesiones graves.

Habrá quien pase por Ramón Pintó 202 en 10 de Octubre, y vea una mole de concreto impersonal. Otros, con la noche del tornado en sus memorias, verán el sitio y la gente que los mantuvo con vida para, discretamente, decir “gracias”.