La experiencia del círculo de lectura de mujeres leyendo mujeres. Conexiones e historia.

Fotografía por Cristina Hernández

Cuando Lidia me pidió que participara para escribir la historia del inicio de Eva me emocioné porque sé que estas ideas no morirán ahogadas en el cerebro. Esa es la esencia que tanto me atrajo y aún me atrae de Eva, la de hablar desnudándonos de prejuicios, entre mujeres y con la sensación de transparencia que aún no sé cómo nombrar.

Por otra parte, abundan los comentarios desde los lectores, desde la literatura científica y desde los estudios sobre la lectura que identifican automáticamente que la lectura es un acto solitario, individual y silencioso. Cuando sabemos que el carácter complementario a una lectura también es colectivo, con interes por el diálogo y sumamente social.

Tengo que regresar unos años atrás, allá entre el 2012 y el 2013 cuando trabajaba en una librería. En ella me sentía como en la médula de la literatura y ensayo. Cada día respiraba entre títulos que rellenaban mesas y estanterías. Terminé por transformar partes de quincenas en una librera adicional de 5 niveles. Ahora que la observo, no sólo adquirí libros. Adquirí amistades espectaculares, hasta terminé con un antiguo cómplice de lectura con el que exploramos por más de dos años otras librerías.

Mi atención estaba completamente dirigida a leer ensayo — por mi carrera-, unos cuantos libros de poesía y cuento. También a explorar nuevos títulos. No cabía duda de que las palabras me estallaban en la mente, pues mi atención estaba totalmente volcada en acumular hojas de papel llenas de tinta. Entre esas hojas estaban las de Michael Cunningham, autor de Las horas. Novela basada en un tríptico de una lectora, una escritora y una protagonista de libro. Que luego se adaptó a película (sí, también descubrí que la mayoría de películas fueron primero un libro).

Leer el libro fue una catástrofe memorable porque lamenté no haberlo leído antes para llegar a una de las protagonistas -nos sucede todo el tiempo con la mayor parte de buenos libros-, la escritora de la que habla en el libro, Virginia Woolf. De ese modo tuve que enterarme de la existencia de su vida. Cunningham invadió a la autora de tragedia pero jamás me mostró la suavidad y la satisfacción que produce leerla. Con curiosidad comencé por desmantelar su pensamiento entre su relatos cortos, luego sus ensayos de literatura y cuando me topé con la sugerencia de leer Una habitación propia no estaba disponible. Estaba entonces, en mi segunda tragedia porque ya llevaba “aviada” leyéndola.

Meses después, ya inmersa en otras lecturas, recibí Una habitación propia como regalo, con cierto aire romántico y entre lágrimas de emoción abrí el libro para entrar a un estado de existencia que hasta la fecha me provoca desazón por la vida. El libro me dejó con la urgencia de re-descubrirme como ser humano y como mujer.

Virginia me entusiasmó, me marchitó los ojos, pero también hizo maravillarme por otras esquinas del entorno cotidiano que suponemos como estable. Como el de la docilidad con que las mujeres a veces nos enseñan que debemos manejar creyendo que es nuestra naturaleza. Entre las combinaciones violentas de las estructuras que yacen en las normas, aún vigentes. Así como los espacios que nos pertenecen y a los cuales nos han hecho sentirnos ajenas. También en la combinación e ingenio de sus palabras tan diversas llenas de sensibilidad con que se expresó en público. Los ejemplos de otras escrituras o de escritoras en potencia como la hermana de Shakespeare. Llena de vida sentía la urgencia de esparcir mis sensaciones que se sentían como un ardor en el pecho. Lamentablemente, aún no encontraba con quién sacar en público todos estos sentimientos. ¿Cuántas veces nos hemos sentido así de solas cuando leemos un libro que nos deja con la mente desquiciada, pero que nadie cerca de tí ha leído?

Primeras lectoras

Sucedió un año después durante una reunión de Lectores Chapines. Un club de lectura al que asisto desde hace cinco años. En el que toda conversación se ha mantenido tranquila y a veces aventurera con toda la riqueza de personalidades que asisten.

La reunión de esa vez terminó más aventurera que tranquila. Después de hablar con el autor invitado, como parte del protocolo nos tocaba elegir un libro para el siguiente mes. Muchas veces puedo inmiscuirme en los pensamientos del resto y otras me desprendo incluso de los propios, y predomina lo primero, así que no recuerdo bien cómo terminamos hablando sólo entre las mujeres que asistimos. Dentro de las sugerencias estaba el ensayo de Virginia Woolf, Una habitación propia. En esos minutos de sugerencia la vida se había dividido entre lo más básico, entre hombres y mujeres. La tolerancia se había retirado de la mesa y el machismo sutil estaba brotando con la muestra de rechazo por leerla. Aún así quedó como libro del mes.

La conversación prosiguió, pero me quedó junto a Cristina y Lidia una intuición de desolación por el poco entusiasmo con el que se eligió el libro del mes protagonizado por una mujer. Las líneas rectas del club comenzaron, después de tanto tiempo, a expulsar hojas para perdernos entre otros senderos. Quizás estoy siendo muy dramática, porque no nos separamos del club, pero en ese momento surgió otro. Los títulos de mujeres escritoras nos perseguían aclamando que las leyéramos, pero sabíamos que el espacio no era el de ese club.

Teníamos que buscar no sólo discutir sobre una habitación propia, sino sobre un club propio de mujeres lectoras que leyeran mujeres escritoras. Desde temas sociales, cotidianos, hasta fantásticos. Una selección peligrosa, porque pudo haber sido el tema de escritores japoneses o de escritores de terror. No sabíamos que empezaríamos a distinguir, entre las letras de las mujeres, una fuerza del espíritu humano con el que nos sentiríamos más identificadas que nunca. Así elegimos comenzar con La mujer rota de Simone de Beauvoir.