He perdido un diamante

He perdido un diamante a la orilla de un mar eterno. He perdido una rosa, un clavel sobre la tumba donde yacen mis sentimientos. Se fue la nota de mi arpa, el rayo verde del atardecer, la nebulosa de Orión de mi cielo estrellado. Lo he perdido en las profundidades de su mirada y allí descansa, tras sus ojos huecos, distantes, negros como la noche; agudos como la carretera alcanzando el horizonte. Lo he extraviado, no está. Pero está su ausencia, su quizás, su eterno dolor de no haber sido. Se me clava como una daga bajo el manto de mi alma. Me acuchilla, me atormenta este vacío sin dueño, este cielo sin luna. Soy un dios sin hijos, sin vida, sin cruz a la que clavarme. Me atrapa esta desdicha entre los barrotes de mis recuerdos, que ni fueron ni serán. Se me presentan cada noche estos fantasmas, recordándome lo que sufrí, lo que sufro. Se me muere la vida entre los dedos, se desliza sobre mis mejillas, tras las lágrimas de su ausencia. La echo de menos, la añoro, la sueño a cada instante, persigo su imagen por las esquinas. Ni siquiera sé si existe, si es real. Sólo sé que tiene su rostro, sus ojos, su sonrisa. Pero, ¿y si no está ahí? ¿Y si no es lo que añoro, ni lo que me falta en este hueco que me consume? Sólo soy una gota de agua en un océano de lágrimas. He perdido un diamante, una estrella que ocupaba el centro de mi corazón. Ya no queda nada, sólo los latidos que resuenan como lamentos en el fondo de mi pecho. Se escapa el eco, una y otra vez, hacia el infinito, gritando su nombre, esperando la respuesta que me dé la vida. Pero nada regresa, sólo el silencio, el desprecio, la indiferencia, la risa de la muerte. He perdido un diamante.