Un abismo hermoso

El vacío, eso se siente. La nada, el espacio eterno, la oscuridad bajo la cuenca de los ojos. Un hueco negro y profundo en el centro del pecho, que se expande lentamente por el cuerpo hasta engullir las extremidades. Me falta un trozo, la esencia de mi ser, la parte que me daba la vida y ocultaba mis desgracias. Se ha ido para siempre. Para siempre… cuesta decirlo, admitir el triste destino que me espera. No quiero pensarlo pero las imágenes acuden a mi mente, no logro sacar esta amargura de mi cabeza. Necesito expulsar este pensamiento negro de mi mundo insípido. No puedo deshacerme de él, me persigue, me angustia, lo tengo presente a cada momento. Lo veo tras las esquinas, es un fantasma que me llama, me grita y abofetea mis esperanzas. Tiene su cara, su mirada. No está, pero está su presencia. No sé cómo puede ser, no sé explicarlo, pero está sin estar. Ha dejado un vacío que tiene su forma, su olor. Es un abismo hermoso, pero abismo al fin y al cabo. Cuando caes en él no encuentras salida, te atrapa la serpiente venenosa que mora en sus profundidades. Caes y caes… nunca acaba el dolor, la desdicha, la eterna agonía. No sé cómo volver a llenar este lago seco del tamaño de un planeta en el centro de mi ombligo. Es un mar de arena, un desierto de lágrimas, una tumba de sal. Siento el destino en mi corazón que intenta arrastrarme como una catarata, pero sigo inmóvil en medio de la riada. No es mi destino. Ni siquiera sé si es mi corazón. Quizás es el eco de otra vida, la reencarnación de lo que fue y no se volverá a repetir. O una visión de lo que vendrá tras la muerte, el renacer en sus ojos, puede que un segundo de cariño, un instante de calor en el vientre, la eternidad de una chispa.