Karl Theodor von Piloty “Muerte de César”

JULIO CÉSAR

Estrategia para el Éxito.

Si el genio de César se hubiese limitado a lo militar, hoy probablemente no sería una de las figuras históricas más reconocidas del mundo. Cometeríamos un error si creyéramos que el único hijo de una familia noble venida a menos llegó a ser la clave de uno de los Imperios más grandes que ha visto el mundo gracias sólo a la guerra.

Cayo Julio César (100 a.C. — 44 a. C.) llegó a ser dictador de la República Romana, y consiguió transformarla de tal modo que se convirtiera en uno de los imperios más importantes de todos los tiempos. Su figura es tan grande que sus sucesores llevaron el nombre de César como un título hasta hace apenas un siglo, pues las palabras para designar al emperador de Alemania, káiser, o de Rusia, zar, provienen de ahí; e incluso el mes de julio se llama así por él. Fue un gran orador y un hábil político, pero sobretodo, un brillante estratega: sabía cómo sacar el máximo partido de sus cualidades a cada momento para alcanzar sus objetivos. Siendo sólo un adolescente, ascendió rápidamente en política gracias a sus numerosos contactos, a los que nunca decepcionaba si le daban un voto de confianza, y sin comprometer en ningún momento sus principios políticos con el bando popular, al que estaba afiliado, rival en el Senado Romano del conservador. De hecho, esa fidelidad a sus valores provocó que el dictador Sila tratara de quitarlo de en medio al negarse César a divorciarse de su mujer Cornelia, perteneciente a una familia enemiga del tirano; pero el joven supo explotar todas sus influencias una vez más al lograr que intercedieran en masa por él, logrando así salvar la vida por los pelos, e incluso ganarse cierto respeto de su perseguidor por el abundante número de aliados con que contaba.

“Realizó espectaculares conquistas a gran velocidad para no invertir demasiado dinero, supo sacar partido de las disputas internas de sus enemigos […] , y empleó tácticas nuevas cuando las tradicionales no eran suficientes.”

César marchó de Roma al ver que no era un lugar seguro para él, pero regresó años más tarde después de haber aumentado su reputación como militar y diplomático en Oriente, con la intención de subir a lo más alto. Su enemigo ahora sería Catón, quien trató –y casi consiguió– de acabar con su carrera política mediante tácticas cuestionables, pero su sorprendente alianza con los políticos Craso y Pompeyo logró evitarlo, y pudo así legislar junto a ellos durante un tiempo a base de votaciones populares, que tenían ganadas de antemano gracias a que la ciudad se encontraba rebosante de soldados de éste último. Tal vez fue éste el momento en que se dio cuenta del enorme poder que otorgaba ganarse la lealtad de un ejército.

Poco tiempo después se hizo nombrar gobernador de la Galia con la intención de emprender una guerra que le enriqueciera, pero tras su experiencia en Roma decidió sacar aún más partido de este periodo del que se propuso al principio. Realizó espectaculares conquistas a gran velocidad para no invertir demasiado dinero, supo sacar partido de las disputas internas de sus enemigos galos, y empleó tácticas nuevas cuando las tradicionales no eran suficientes. Pero sobretodo, supo vender su victoria tanto entre sus hombres, al reconocer los méritos individuales, como entre el resto de Roma, encargándose él mismo de redactar el informe de guerra en forma de crónica (Comentarios sobre la Guerra de las Galias) donde se ocupó de engrandecer su hazaña todo lo necesario. Así, se convertía en le hombre del momento para todos salvo para sus colegas del senado, que temían su ambición. Decidieron demandarle con toda clase de acusaciones para despojarle de su cargo, que lo volvía intocable. Al entrar en Roma para hacerlas frente, la ley lo obligaba a renunciar durante el tiempo que estuviera allí a su ejército y su cargo, por lo que mientras tanto sería vulnerable. César debía elegir entre ser detenido, o convertirse en criminal si no dejaba a sus hombres en la frontera. Para tomar esta difícil decisión quiso contar con la opinión de sus tropas, a las que ofreció la posibilidad de retirarse si no estaban dispuestas a romper la ley por él. Sin embargo, su apoyo fue unánime, y César decidió cruzar el Rubicón (el río que marcaba la frontera de Roma) y pronunciar su famoso alea iacta est (“La suerte está echada”). Comenzó así una Guerra Civil que terminó con la derrota de Pompeyo, su antiguo aliado, y con él como único señor de la República.

“convirtió su posible coronación en “trending topic” y polarizó a partidarios y detractores de forma que pudiese medir el apoyo a su plan, además de lograr publicidad.”

Convertido en dictador perpetuo, mostró una gran desconfianza hacia el Senado, que tantas veces quiso deshacerse de él. Ordenó la redacción del Acta Senatus, una tabla en la que se registraba y se hacía público todo lo que el Senado ordenaba –una especie de gaceta– evitando así la firma secreta de leyes en su contra, y obligando a que cualquier acción contra él se hiciese pública. Sabiendo que el pueblo lo adoraba, dudaba que los senadores, a los que él consideraba unos cobardes, se atreviesen a intentarlo.

Seguro en su posición, se dice que puso la vista en un nuevo proyecto: su coronación como Rey de Roma. Sin que existan pruebas concluyentes, sí es cierto que el Senado preparó su asesinato por el miedo fundado a desaparecer, y antes de eso, diversos sucesos sugieren una campaña de concienciación de la Opinión Pública ante la posibilidad de nombrar rey a César. Sabiendo de la capacidad de persuasión del dictador, pocas dudas hay acerca de si detrás pudo estar o no su mano. Por ejemplo, tras la inauguración de una estatua en su honor, agentes suyos habrían colocado sobre la cabeza una corona con una banda blanca, símbolo de la monarquía, que fue retirada por el propio César entre abucheos y aplausos. De esta forma, convirtió su posible coronación en “trending topic” y polarizó a partidarios y detractores de forma que pudiese medir el apoyo a su plan, además de lograr publicidad. Los romanos, que daban mucha importancia a las profecías, vieron aparecer por aquel entonces un augurio que decía que Roma ganaría la guerra con los partos sólo si tenía un rey, y por si eso no era suficiente, raro era el día en que algún político espontáneo no ofreciera a César públicamente la corona con la cinta, que él rechazaba siempre, ganándose tanto a quienes querían coronarlo como a los que no.

Pero esta brillante táctica pudo ser también la responsable directa de su muerte. Como parte del plan, se extendió el rumor de que su coronación definitiva llegaría el día 15 de marzo –los famosos idus–, una fecha concreta, distante, y de buenos augurios para que la ciudadanía tuviera tiempo de aceptar el final de la República. Los despreciados senadores decidieron entonces que ese sería el día idóneo para acabar con él, y ante el teatro de Pompeyo, donde había reunión del Senado, le tendieron una trampa y acuchillaron 23 veces. Así acabó su singular vida, a manos de los únicos enemigos a los que despreció.

Si el error de Julio César fue el de menospreciar a sus rivales, su acierto fue el hacer sentir partícipe a todo el mundo de sus proyectos; tanto que le sobrevivieron y se hicieron realidad con la fundación del Imperio Romano a manos de Augusto, su sobrino nieto, hijo adoptivo y sucesor. Todo un ejemplo de la importancia de tener una estrategia previa, sincronizar nuestros recursos y sacarles el máximo partido cuando se va en pos de una meta, del que se pueden extraer numerosas lecciones para la vida moderna.

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