La Nueva Paz Armada

Durante las décadas previas a la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias de entonces incrementaron su gasto militar y su armamento de manera sostenida, dificultando la decisión de ir a la guerra para cualquiera de los eventuales involucrados. Con una fuerza armada cada vez más imponente, los resultados podían ser catastróficos, como de hecho lo fueron. A ese proceso de acumulación armamentística y desarrollo tecnológico militar acelerado se lo inmortalizó como La Paz Armada.

Los últimos 15 ó 20 años, por otro lado, nos indican que la era de los conflictos militares tradicionales (esto es, entre Estados que se declaran formalmente la guerra, combatiendo con ejércitos profesionales, y siguiendo, dentro de lo dable, un código basado en normas del derecho internacional) está acabada. Por el contrario, las amenazas emergentes, como se les llama en el estudio de las relaciones internacionales, se caracterizan por la informalidad de las acciones clandestinas. Sus protagonistas son organizaciones complejas pero con un alto grado de descentralización jerárquica, lo cual dificulta su rastreo y conocimiento. Su financiación exige de igual modo algún tipo de actividad que, desde una perspectiva jurídica, siempre resulta en una forma de crimen organizado.

Pero el tratamiento de estos grupos, usualmente terroristas, demanda un análisis aparte. En esta ocasión, vamos a poner el ojo en la otra parte de la ecuación: el de los Estados que siguen estando formalmente instituidos, siguen imponiendo su fuerza mediante ejércitos permanentes y profesionales, y financian a éstos con una parte del presupuesto que estipulan cada año para sus gastos. Por supuesto, la cantidad de dinero destinada al mantenimiento de una estructura militar no garantiza la eficacia de sus operaciones, pero permite tener una idea de las dimensiones y capacidades con las que cuenta cada país para el mantenimiento de la paz en su propio territorio, y de un orden determinado en lo que considera su área de influencia.

Los datos, extraídos del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI, por sus siglas en inglés), indican que, en términos absolutos, 2001 marcó el inicio de la Paz Armada en la nueva era.

Los diez países con el mayor gasto militar, en miles de millones de dólares, a valores constantes (2014)

El cuadro registra el incremento en el gasto de los países que más dinero destinan al sector militar. En algunos casos, notoriamente en el de los Estados Unidos, la recesión a partir de 2009 se hizo sentir en el sector, pero en todos los casos se mantienen valores superiores a los alcanzados hasta el año 2000. Para mayor hilaridad, se incluye el ridículo caso argentino.

Algunas interpretaciones posibles saltan a la vista. Descontando la superioridad estadounidense, China registra un incremento constante cuya tendencia no da señales de detenerse. En la actualidad, el chino es el ejército permanente más grande del mundo en términos de efectivos. Se lo conoce con el ambiguo nombre de Ejército de Liberación del Pueblo Chino y se estima que supera fácilmente los 2 millones de soldados. En comparación, los Estados Unidos cuenta con entre medio y un millón menos de reclutas, pero el elevado gasto del país americano representa el avance tecnológico en materia militar que ni siquiera los chinos están —al menos por ahora— en condiciones de igualar.

Por otro lado, el gráfico también registra el derrumbe soviético, y el relativo ocaso posterior que la Rusia postcomunista apenas consigue dejar atrás. En términos presupuestarios, la situación rusa es similar a la de la autocrática Arabia Saudí. Ambos fueron relegados en los últimos lustros por el despegue chino. Con todo, el agresivo despliegue diplomático ruso le da un peso geoestratégico superior al de los saudíes. Mientras que Rusia puede hacer grandes demostraciones internacionales de poder (por ejemplo, anexando Crimea como en 2014, o amenazando con dejar a media Europa sin gas como lo hizo en 2009), Arabia Saudí es un actor de peso, pero en una región mucho más caliente como lo es Medio Oriente, donde no es fácil mantener el frágil equilibrio de poder político, el cual debe compartir (o mejor dicho, por el cual debe competir) con Turquía, Israel, e Irán. Otra muestra de que la influencia política no sólo deriva del poder militar: el gasto presupuestario registrado de Irán representa poco más de la mitad que el de Turquía o Israel; a su vez, el de estos dos, combinados, es menos de la mitad de lo que reconocen los saudíes. Recuérdese, sin embargo, que hay otro factor de disparidad: Rusia e Israel, a diferencia de turcos y saudíes, son de los contados países con armamento nuclear entre sus arsenales.

Próximamente vamos a explicar de dónde surge semejante desproporción en el presupuesto militar saudí, cuál es la situación particular en las regiones más calientes del mundo, cómo se posiciona la Argentina en América latina (para continuar con la cuota de humor amargo como el mate), y algo aún más interesante: por qué, a pesar del caótico panorama internacional, existe un progreso productivo y social, identificable en el análisis presupuestario militar, y asociado a la victoria cultural del mundo libre tras la caída del comunismo.