Al hombre de Eminönü IV

Insistes.

Así es que ésa es tu naturaleza. Ahora me propones ir a tomar un café contigo… ¿Crees que nací ayer? Claro, todavía me chupo el dedo, creo en Santa Claus y me dan miedo las botargas.

No, querido mío, no. No voy a caer en la tentación. AMÉN. Ni siquiera te esfuerces, y ya hasta estoy pensando que ni siquiera debería darte ese dinero. Limítate a venderme el viaje a Konya, la ciudad sagrada, porque a eso te dedicas, ¿o no? Ah… lo olvidé: también haces lo que hacen todos los otros: seducir para salirse con la suya, ¿cierto? No conmigo. Ya dije que no seré una más de tus víctimas.

Sin embargo, el problema aquí es que sí me gustas. Pero tienes novia. Pero lo negaste (me mentiste). Y quieres salir conmigo. No me había dado cuenta de que es un triángulo, un isóceles, puesto que quieres mantener en el ángulo más lejano a tu mujercita. Yo la respeto y por eso no me quiero meter contigo. Pero tú eres un cabrón. Lo peor es que conoces al de Capadocia; no al niño que lleva el Mediterráneo en la sangre, sino al otro, al que vive entre gatos y uvas que cuelgan del techo. El que tuvo la desvergüenza de pedirme un beso. Si esas son tus compañías, ya me imagino cómo serás, desgraciado.

Lo peor es que quieres recibirme en el aeropuerto cuando llegue… Bueno, tú estás loco. No deseo que te acerques tanto porque no eres honesto. Pero mi problema es que siempre acabo cerca de hombres como tú. Aunque claro que una parte de mí daría lo que fuera por caminar contigo por Estambul y sus calles invadidas de gatos y perros callejeros. Me encantaría caminar a tu lado, oír tu voz, sentirte… pero no, no, no, ¡no!

Maldito abismo. Mientras más te repelo, más cerca de mí quieres estar.

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