Al hombre de Eminönü VI

Eso de compartir el helado con la misma cucharilla es lo más cerca que voy a estar de besarte. Debo dejar de aspirar a más y conformarme con tu compañía y con la manera de mirar tan intensa de tus ojos. Te deseo, no obstante saber que no serás mío jamás. Ay, abismo. Dime cómo le hago para calmarme. Si es posible, te veré hasta el domingo, porque contigo nunca se sabe.

Me asomé gracias a ti a diferentes aspectos de la vida real de esta ciudad, como aquél consultorio de niños autistas y el centro comercial con filtros de seguridad. Y también presencié cómo te contemplabas en cada espejo que encontrábamos en los elevadores. Tuve que fingir desinterés en ti y mencionar los dondurma con el niño de Capadocia; pretendí también darte celos con el otro chico que trabaja contigo en aquella oficina de Cankurtaran. Y tú, ¿vives con ella? ¿Por qué decidiste esconderte? Titubeaste al decir que vivías con un “amigo”, y desgraciadamente en inglés, nuestra imperfecta lengua franca, “friend” no tiene género. Pero titubeaste, y eso dice bastante, o yo alucino porque no me atrevo a preguntarte lo que ya sé. ¿Qué me vas a decir? Si me atrevo a preguntarte, ¿vas a negar que estás con ella? ¿Qué quieres de mí? ¿Es que no tendría caso para ti verme si no sacas alguna ventaja?

Y al subir de nuevo a tu auto tras la caminata por las orillas del Bósforo, me sorprendió aquella canción que asocio al verano, a la playa, y a la segunda vez que vine a esta ciudad: “Tabi, tabi”.

Abismo. Qué lejos me siento de ti cuando estoy contigo. Ayer estabas más contento, ¿por qué hoy te habitó el silencio? Me conformo con haber lamido el helado de tu cucharilla. Y también con esos roces accidentales de tu piel que yo tuve que evadir, porque no quise que supieras que te deseo tan hondamente. Pero los guardo, por supuesto. Fueron instantes breves de contacto, pero mi piel los guarda y se estremece al recordarlos. Un dedo tuyo, el antebrazo, tu mano. También recuerdo cuando tuve muy cerca tu rostro del mío.

Me sonreíste de forma especial cuando nos despedimos, pero actué bastante bien para evitar cualquier contacto físico contigo. Todo lo contrario del hombre de Ankara, tan extrovertido, tan dulce. Tú no, abismo, no obstante que desearía habitar por un instante en tus brazos. Ya no podré hacerlo entre los brazos del niño de Capadocia. Lo que tú y él tienen en común es el dondurma y, claro, cómo olvidarlo, al hombre de Ürgüp, el que habita entre gatos y racimos de uvas que cuelgan del techo.

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