Al hombre de Ürgüp

Tus ojos eran como los de los gatos que cada mañana tomaban por asalto el comedor donde servías el desayuno: grises, grandes y hasta en cierto grado, perversos. Me hablaste de la colina de los deseos de Ürgüp, y me dijiste que podía subir a la cima y pedir que se me enviara un novio. Cuando volví la segunda noche a la habitación, te dije que no había sido necesario subir a la colina, porque afuera me esperaba el niño de Capadocia, a quien ya me le había entregado en la oscuridad de la bodega de su tienda de antigüedades. Lo primero que me dijiste fue: “Voy a ver quién es más guapo, si él o yo”, y saliste a encontrarte con él. Cuando salí del patio de la casa griega en la que estaba acondicionado tu hotel, los encontré a ambos: el niño de Capadocia estaba sentado en la banca de madera donde lo dejé, y tu caminabas impaciente, mirando tu celular, a unos pasos de él.

Acudí a sentarme junto a él; me rodeó con su brazo y me apretó contra su cuerpo. Entonces tú hablaste y dijiste: “¿Cómo pudiste escogerlo a él, si yo he hecho todo por ti? Yo preparé tu desayuno, te ayudé en todo y hasta me desperté a las cuatro de la mañana para venir a avisarte que vendrían a recogerte para llevarte al paseo en globo…”. Pero no iban a terminar ahí tus reclamos absurdos, como si yo no te estuviera pagando por eso.

Cuando el niño de Capadocia se fue esa noche fresca de Ramadán para regresar a la tienda junto a su tío, yo volví a mi habitación para dormir. Debiste escuchar mis pasos porque abriste una puerta de aquella casa y hablaste conmigo, ahí donde florecían geranios de colores en sus macetas, y donde ronroneaban los gatos durante el día. “Él no te ama”, me dijiste, “¿cómo crees que puede amarte si apenas te conoce? Yo sí podría quererte. Es más, si no fuera él tu novio quisiera darte un beso… Ven, quiero que vengas conmigo arriba…”. Pero no me moví, no te seguí ni sentí que tus palabras me perturbaran. “Si él no me quiere, no es asunto tuyo. Y no iré contigo a ningún lado. Buenas noches”, te dije y te di la espalda.

Qué oportunista eres. Qué imbécil. Y te quedaste ahí, a unos pasos del comedor donde al día siguiente no serviste el desayuno. Los racimos de uvas colgaban de la enramada que cubría el comedor, pero no estarían listos hasta septiembre para cosecharse. Septiembre: eylül, en turco, mes en el que le prometí al niño de Capadocia que volvería a Ürgüp, su pueblo polvoriento e inmutable.

No serviste el desayuno, y tuve que salir a ver dónde comeríamos mi familia y yo. La última mañana en Ürgüp: el cielo estaba tan claro, no obstante que el sol no calentaba aún. Recorrí las calles que había caminado con el niño de Capadocia de la mano la noche anterior, mientras escuchábamos al muecín cerca de las diez de la noche. La mañana estaba fría, la calle vacía y no había promesa de comida en ningún lado. Pensé que habría sido tu venganza hacia mí por rechazarte, por negarme a besarte o a acostarme contigo, claro está.

Cuando salí de la casa griega para buscar comida pendía de la cerradura un llavero del Fenerbahce: el mismo equipo de futbol por el que el niño de Capadocia sentía predilección, al igual que tu amigo de Estambul, el hombre de Eminönü. ¿Me habrías reclamado también si hubieras sabido que él me recibiría en el aeropuerto, un par de meses después? Por cierto que ese día tu amigo llevaba puesta una playera con el escudo del Fenerbahce. Y créeme que habría dado lo que fuera por que me hubiera propuesto darle un beso. Pero no lo hizo.

Te habrás sentido complacido de no habernos servido el desayuno la mañana en que abandonamos Ürgüp. Te me acercaste después y me pediste una disculpa por lo de la noche anterior: ¿por haber querido besarme? ¿Por intentar destrozar el efímero amor que encontré en los brazos de otro y no en los tuyos? No le di la mínima importancia. El sol comenzó a elevarse sobre los tejados de las casas griegas, iluminando con intensidad la cantera blanca de los muros: sería la última vez que vería Capadocia, porque ese día partía rumbo a Adiyamán, al sur de Anatolia. Empecé a sentir calor y el sol se tornó enceguecedor: sus rayos herían mis ojos por encima de los viñedos que colgaban del techo del comedor.

Tuve que irme de Ürgüp y te esperaste hasta el último momento para despedirte de mí. Lo último que recuerdo es cuando agité mi mano hacia ti desde mi asiento en la camioneta; sabía que no te vería más, aun si volvía a tu pueblo en septiembre. Para cuando llegué a Kahta esa misma noche, una aldea asentada en una de las cimas de las montañas Taurus, en Adiyamán, ya te había olvidado.

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