El mapa metafísico:

El deseo

Hace un tiempo me llegó que debía escribir un libro llamado «el mapa metafísico» pero conociéndome, y sabiendo la necesidad de variedad de actividades intelectuales y culturales que necesito para mantenerme interesada en producir, entendí que no iba a poder esperar e ir guardando un escrito largo hasta que llegue a ser un libro, por el contrario acepté que podría hacer algunos artículos al respecto (muchos de los cuales están contenidos en la colección «La ecuación de la consciencia» que tengo en Medium) y eventualmente recopilarlos en un libro. En el día de ayer me bajó mucha información, toda de golpe y me puse a escribir en mi cuaderno los conceptos más importantes, sabiendo que pronto tendría que desarrollarlos en el artículo que hoy les comparto. Lo curioso de la canalización de ayer es que fue la primera vez que me surgió el deseo de hablar de temas plenamente metafísicos y en honor al libro que podrá ser he decidido titular este artículo de esa manera.

En una nota anterior llamada «¿Qué es Lumoesenco?» hablé de cómo está compuesto el esquema del ser desde mi percepción y con el cual trabajó, y qué es el proceso de transparentación; hoy voy a hablar de algo mucho más concreto y definido, voy a hablar del movimiento de la vida.

Para que algo se mueva en este plano material, tiene que haber un principio de deseo. Ahora sé que podrían objetar: «¿pero cómo?¿Acaso los planetas se mueven por deseo?». El conflicto mental que surge con el concepto de deseo es que desear suele ser considerado una habilidad de seres inteligentes; un animal no desea sino que tiene necesidades, una roca que es arrastrada por un río no desea, simplemente es alterada por su entorno. De esta manera el deseo se percibe limitado a seres que tienen la suficiente complejidad de consciencia como para expresarse en movimientos conscientes, pero el deseo está presente en todo lo que existe y en todo movimiento del cosmos.

Los alquimistas solían clasificar a la existencia del cosmos percibida por el hombre en 4 reinos: el mineral, el vegetal, el animal y el humano; y decían que no eran reinos de naturalezas distintas sino que por el contrario eran devenires orgánicos unos del otros, lo cual significa que para ellos el reino vegetal era mineral y algo más, el reino animal era mineral, vegetal y algo más, y el reino humano era mineral, vegetal, animal y algo más; ese algo más quedaba en ellos indeterminado, asumiendo que se trataba de una chispa existencial que permite que haya algo donde podría no haber nada, esa chispa es, desde mi esquema del ser, nuestra conexión a la fuente, es un pequeño grano de arena que contiene el cosmos (hablando metafóricamente y citando incorrectamente a William Blake).

Lo más interesante de este concepto alquímico es que estos mismos reinos eran utilizados para ilustrar los niveles de complejidad de la consciencia. Es innegable que el poder de expresión de un cristal es considerablemente menor al de una planta, así como el de un animal es menor al de un humano. Un animal puede ser lo suficientemente inteligente como para abrir una puerta pero no para expresar cómo se abre una puerta a través de proposiciones lógicas, un animal también puede demostrar sensibilidad, al criar a sus crías por ejemplo, pero no como para expresarlo en un poema o una canción.

La propuesta alquimista es la de hacernos entender que cada reino no necesita destruir de dónde viene para avanzar sino que adquiere nuevos niveles de complejidad y la capacidad de un entendimiento más conscientemente abarcativo del cosmos al integrar los reinos anteriores.

¿Por qué es el concepto alquímico de los reinos importante para entender el deseo? Porque al comúnmente limitar el deseo a seres conscientes, se vuelve necesario explicar cómo todo tiene consciencia.

Desde una observación metafísica se reconoce que todo es consciente incluso si no siempre es conciente (nótese la diferencia entre consciencia/conciencia escrita con o sin «s»). Mientras que la consciencia se define como la capacidad de reconocernos en nuestra existencia, la conciencia hace referencia a la capacidad de hacer juicios y elecciones en la vida, básicamente es la que posibilita el libre albedrío y deposita sobre nosotros la responsabilidad de nuestros propios actos. En la metafísica entendemos que para que se pueda hacer ciencia, para que se pueda entender con nuestra lógica e inteligencia el cosmos, ese mismo cosmos tiene que tener en sus propiedades inteligencia y lógica, la ciencia entonces no inventa una naturaleza del cosmos sino que la entiende traduciéndola en un lenguaje humanamente comprensible. Sin querer volver a este artículo un texto dogmático o religioso, esa chispa existencial es lo mismo que esta propiedad inteligente que mencionamos anteriormente que a su vez es la consciencia universal que algunos llaman fuente, otros dios y los hermetistas llaman el TODO.

Todo lo que existe posee esta chispa existencial, es por eso que el esquema del ser expresado en el artículo «¿Qué es Lumoesenco?» no se limita únicamente a los seres humanos.

  • El ser superior es el grano de arena, la chispa existencial, y no está colocado ni arriba, ni en el centro, ni fuera de nuestro ser, está en la información que nos ordena desde los niveles más primordiales de nuestra energía. Dado que todo está compuesto por átomos, y los átomos no son nada más que cargas energéticas y aproximadamente 99,99% vacío, es en ese vacío (aún quedan cosas por descubrir en él, pero en lo que quede) que la información que lo ordena todo existe en su estado más puro. Por lo tanto no podríamos ser únicamente fuente porque sino no seríamos nada (y lo seríamos todo potencialmente) pero hay algo de todo lo que existe que siempre está conectado con esa fuente ya que forma parte de nosotros.

Todo lo que existe surge del deseo de la fuente de existir, de ser algo en acto y no sólo en potencia, es por eso que en muchos ambientes espirituales actuales se dice que el cosmos es la fuente experimentándose a si misma, porque para la fuente la distancia entre el deseo, voluntad y la realización es prácticamente inexistente (el ser humano tiene otros pasos entre el deseo y la realización que vamos a estar viendo más adelante).

  • Para que esa fuente se proyecte en el plano tempo-espacial con un cuerpo material se requiere de traductores que codifiquen el deseo de existir del ser superior en imágenes, sensaciones y conceptos concretos. A estos traductores los llamamos cuerpos etéricos. Existen varios cuerpos etéricos que van desde lo más general como la especie, hasta lo más particular como el individuo (en el caso humano). Los seres humanos llamamos a algunos niveles particulares de cuerpos etéricos alma y mente, pero básicamente para que una especie se reconozca como tal tiene que haber un nivel de cuerpos etéricos que los englobe y para que una piedra se distinga de otra piedra tiene que haber otro nivel.

Los cuerpos etéricos vendrían a ser conjuntos de propiedades que permiten que ciertos elementos pertenezcan a ellos sin excluir la posibilidad de que esos elementos pertenezcan también a subconjuntos o intersecciones; los géneros sexuales tanto biológicos como psicológicos son también cuerpos etéricos cuando se conceptualizan desde la perspectiva de la identidad, cuando se conceptualizan desde la perspectiva de la creación tienen que ver con el principio de la polaridad más que con cuerpos de cualquier índole.

Y ahora es cuando el tema de la consciencia y la conciencia se pone interesante. Como todo lo que existe surge del deseo de la fuente y está compuesta por ella, nada que existe puede verdaderamente ser inconsciente; sin embargo como recién en el nivel de complejidad humana los seres son capaces de reconocer su existencia en el tiempo, desarrollan el concepto de mortalidad, lo que da lugar a una dualidad que, lejos de corresponderse a la polaridad complementaria y creativa del género, crea una división antagónica entre el ser y el no ser que excluye por ignorancia la potencialidad del todo en la nada que existe constantemente en el vacío. A partir de esta división inevitable que este nivel de consciencia debe pasar, aparece la conciencia como filtro moral y el concepto de libertad (soy pero si quisiera podría no ser) y como consecuencia nos apropiamos del deseo conceptualizandolo como algo separado de la voluntad cósmica, ergo algo que puede ser tanto bueno como malo.

Los otros reinos también poseen esta consciencia cósmica dentro de sí mismos pero su capacidad de expresarla voluntariamente no es conciente, son conscientes pero inconcientes.

  • Los cuerpos materiales son la forma en la que el deseo de existir de la fuente culmina y colapsa constantemente. A partir de las concatenaciones de experiencias en linajes biológicos y culturales (ADN biológico y psicológico, construcción cultural de un pueblo, etc) los cuerpos etéricos se cargan y enriquecen con información, de esta manera surge la evolución en el nivel metafísico que da lugar a los cambios biológicos ya que con la carga de la información suficiente un cuerpo etérico puede re-configurarse generando cambios estructurales en la materia.

Los cuerpo etéricos no sólo afectan la materia directamente sino que dan lugar a que el cuerpo material genere acciones que le permitirá recopilar nueva información para ser recolectada por el cuerpo etérico nuevamente.

En los animales y los vegetales estos comandos del cuerpo etérico no se cuestionan y su expresión, que se manifiesta en distintas velocidades e intensidades, se la llama impulsos o instinto. En los minerales existe, en su expresión pura, una capacidad de deseo extremadamente pasiva internamente y activa externamente, es decir, la fuente genera cambios alrededor de ellos que les permite experimentar lo que desean sin que sea perceptible la voluntad de que esto suceda, tienen una potencialidad sumamente concentrada que modifica todo a su alrededor, lo cual explica porque se usan tantos cristales para terapias. Los humanos por el contrario poseen cualidades activas y pasivas tanto interna como externamente, el mundo los modifica y ellos modifican al mundo, se exprese esta modificación o no.


Las etapas del deseo humano

Como mencionamos anteriormente, la fuente tiene pasos prácticamente unificados desde el deseo a su realización, sin embargo el ser humano tiene más pasos y con resultados más variados. Ellos son los siguientes:

  • Deseo: querer algo desde el ser superior que los cuerpos etéricos traducen en figuraciones y vivencias específicas.
  • Intención: debido a que los cuerpos etéricos humanos se encuentran dualizadados por la conciencia, estas figuraciones pueden surgir desde un lugar de amorosidad y abundancia o desde un lugar de desamor y temor a la muerte. Ejemplo: alguien podría querer tener un auto porque le encanta manejar en la ruta con música y el vengo en la cara, o porque disfruta de la autonomía y velocidad que le da un auto, o porque le encanta invitar a amigos a viajes y compartir tiempo con ellos de esa manera; o alguien pude querer tener un auto para poder ser considerado deseable, partiendo de la creencia de que sin un auto no podría ser atractivo para las mujeres que le interesan, o por necesitar mostrarle a la sociedad su valor personal a través de un símbolo de status, ya que sin la devolución de esa mirada social no sabe encontrar valor dentro de sí mismo. Un ejemplo surge del disfrute y otro del temor al dolor.

Otro ejemplo: una mujer podría desear estar flaca porque disfruta de como quedan ciertas prendas sobre su cuerpo o porque le gusta la ligereza y libertad de movimientos que le permite ese peso; o podría querer ser flaca porque detesta como la miran las mujeres que le venden ropa en los locales, o porque quiere vengarse de las burlas que recibió de sus compañeros del colegio. Nuevamente unos ejemplos van al encuentro del disfrute y otros a la defensa del dolor.

Las intenciones son importantes porque dependiendo de las motivaciones que el cuerpo etérico proyecte sobre ese deseo para materializarse es que la realización del deseo va a ir al fortalecimiento y encuentro del vínculo con los otros, o a la ruptura o el distanciamiento con los otros. Quien necesita evadir su dolor a través de su deseo y la búsqueda de la realización del mismo (y todos en algunos puntos de nuestra vida hacemos esto, aunque no siempre) proyecta su dolor en el plano material de manera tal que posibilita sensaciones semejantemente dolorosas en los demás. Un claro ejemplo de esa proyección es la competencia, quien no sabe que vale algo internamente está en constante competencia y comparación, busca tener realizaciones y necesita que otros no las tengan para convencerse momentáneamente de algo que no sabe verdaderamente.

A continuación les dejo un cuadro para ayudarlos a reconocer el tipo de intención de un deseo:

  • Acciones: las acciones sin las expresiones del cuerpo material que nuestra mente necesita para poder creer que algo puede materializarse, son las causas que concientemente generamos a partir del origen de ese deseo. Las acciones van a tomar mucha de sus forma a partir de la intención que tengamos y a través de ellas empoderamos nuestra libertad y poder de elección.
  • Realización: la realización del deseo posee muchos componentes que aparentemente estarían fuera de nuestro poder pero que realmente no lo están. La realización del deseo nada tiene que ver con si el deseo surge de un lugar amoroso o desamoroso (si la realización tuviste algún tipo de componente moral determinante, personas como Trump jamás podrían tener el porcentaje de realización que tienen). Básicamente lo que determina si un deseo humano se realiza o no es la capacidad de aceptación/merecimiento o duda que tengamos para con el mismo. Mientras que la aceptación/merecimiento posibilita la realización del deseo, la duda lo imposibilita; y la duda a veces puede surgir de factores morales pero no siempre. Ejemplo: uno puede desear algo por motivos completamente egoístas que si cree que el mundo es egoísta e indiferente no estaría dando lugar a ningún conflicto interno que lo haga dudar de su merecimiento del mismo de manera tal que ese deseo podría materializarse; a su vez alguien puede tener deseos sumamente altruistas y tener una educación tan culpoza unida al placer que, incluso si ese deseo es amoroso, el solo hecho de reconocer el placer propio que le genera ser capaz de semejante acto en esa realización llevaría a la persona a una espiral de duda propia que imposibilitaría la realización de ese deseo.

Con esto es importante aclarar que ni la aceptación es siempre útil (como el ejemplo de Trump ilustra) ni la duda es siempre inútil. El camino del iniciado consiste justamente en pulir su piedra filosofal a partir de ser cada vez más sincero y conocerse mejor a sí mismo en cada paso, por lo tanto, ser capaz de notar las intenciones desde las cuales surge un deseo y proponerse dudar las desamorosas y permitirse aceptar las amorosas no es simplemente un proceso, es la elección de un camino de vida de superación que permite de a poco hacer caer las creencias falsas que opacan nuestros cuerpos etéricos y que generan sombras en nuestra realidad.

La última pregunta que cabe hacerse es: si todo deseo surge del ser superior, ¿por qué propongo que algunos deseos resultan útiles en su realización y otros no? Y la respuesta es que el ser superior no es ajeno a la dualidad de nuestra conciencia, por lo tanto, conociendo esta dualidad, la utiliza a su favor. Ni los seres humanos, ni ningún ser, existe para sufrir, sin embargo el sufrimiento y el dolor existen justamente por esta dualidad que produce premisas falsas dentro de los cuerpos etéricos (incluso el sufrimiento que percibimos de otros reinos surge de la interpretación que nosotros proyectamos sobre su propia existencia, ya que los seres humanos somos capaces de este tipo de influencias transformadora aunque no nos demos cuenta). Es por eso que la única forma de construir un verdadero deseo desde un auténtico lugar que refleje el ser superior es poder ver qué creencias nos limitan para desmentirlas y volvernos co-creadores conscientes del cosmos; esto explica porque el ser humano tiende a repetir ciertos patrones dolorosos en su realidad hasta poder superarlos. Para el ser superior tanto la existencia de deseos amorosos como desamorosos sin beneficiosos, porque reconocer que ciertas realizaciones perpetúan el dolor y el sufrimiento permiten dar lugar y origen a deseos que posibiliten el placer tanto individual como colectivo, que es lo que a nos seres humanos más nos falta aprender, que la realización personal no tiene porque contraponerse con la realización colectiva y que si nos escuchamos de verdad encontraremos que ninguna limita a la otra.