Las problemáticas de la transición a la modernización vincular

Hace muy poquito, hablando con una amigo me dijo algo que me resulto tan común hoy en día que me pareció importante hacer un artículo analizando la frase, dijo: «siempre lo mismo, me quedo con cualquiera que me sonría y me voy cuando me dejan de sonreír»; y eso que este amigo es un chico que considero tiene una mente muy abierta y moderna sobre las dinámicas sociales, no es alguien conservador con resistencia al cambio.

Este es el segundo problema que presenta la transición a la modernización vincular que estamos atravesando de manera cultural y colectiva: dado que hoy entendemos que no estamos obligados a hacer nada que no queramos, de buenas a primeras huimos de las dificultades que traen la construcción de un vínculo en serio.

Primero que nada debo explicar que la modernidad vincular surge de la ruptura de paradigmas de la pareja conservadora, y estas rupturas se pueden ver (entro otros ejemplos) en cómo ya no nos forzamos a mantener una imagen de relación perfecta mientras se duerme en camas separadas, no nos forzamos a estar en una relación sin amor sólo porque hay chicos de por medio, cómo reestructuramos el mantenimiento económico de un hogar para repartirlo en dos equitativamente y no buscamos dividir el deseo del amor teniendo una pareja y un amante sino que hay una gran búsqueda por integrar ambos aspectos dentro de nosotros y por ende también afuera.

Paralelamente debo mencionar que esta transición presenta problemáticas, la primer de ellas siendo la objetivación de la relación, excluyendo de la ecuación la construcción de verdadera intimidad con la persona que es nuestra contraparte. Ejemplo: alguien que piensa «quiero una relación (o quiero un encuentro sexual), porque estar en una relación (o sentirme deseado) me da la estabilidad interna y autoestima que necesito para desenvolverme mejor en los otros aspectos de mi vida»; y si bien esto es cierto con o sin intimidad en este ejemplo todo lo que importaría sería ese autoestima y nada más, entonces ya no importa con quién construyó y cómo eligió a quien me va a transformar en este vínculo porque deja de ser el encuentro con el otro lo que importa y pasa a ser este objeto llamado relación mi «security blanket», mi bastón emocional; y el tema con los bastones es que son objetos para apoyarse y no para crecer.

Bien, retomando la segunda problemática, suponiendo que se ha superado la primera trampa de la objetivación vincular y decidimos asumir la tarea que confiere desarrollar una relación íntima y no simplemente transaccional con el otro, nos encontramos con un segundo desafío…

Estamos acostumbrados a que cuando empezamos a salir con alguien traemos nuestro «A game», mostramos las partes de nosotros que nos gustan más, pero ese mostrar selectivo no es darse realmente por completo, es usar la seducción como esperanza para sentirnos especiales o mejores de lo que creemos usualmente que somos partir de la mirada del otro (a ese poder sentirmos mejores se lo llama enamoramiento). Por lo tanto, no es en esta etapa donde realmente se confrontan las dificultades de la construcción vincular, ya que muy pocas personas se atreven a mostrarse por completo (tanto sus sombras como sus luces) desde el principio de una relación, y aunque mostrarse de esta última manera al empezar una relación posibilita una conexión mucho más sincera y nos muestra quién realmente está a la altura de una construcción en serio y quién no; la mayoría de las personas que reciben esa propuesta vincular (al estar acostumbrados a la primera dinámica) no saben cómo leer interés o compromiso de parte en otro cuando muestra sus aspectos no tan cómodos de ver y entonces piensan que el otro está tratando de castigarlos (es muy común que las personas lean en los procesos de sombras del otro un castigo hacia ellos, ya que en estado de enamoramiento es difícil no referenciar todo lo que nuestra contraparte expresa directamente al placer de uno) o creen que la otra persona está proponiendo un vínculo perjudicial para ellos, dado que esperaban empezar una relación desde la típica vinculación superficial y parcial que permite una receptividad relajada. Básicamente lo que la primera dinámica vincular que describo propone es un juego de carnada y anzuelo donde la carnada es nuestra luz y una vez que vemos que el otro toma esa luz se muestra el anzuelo de nuestras sombras (porque eventualmente es inevitable que salgan), por eso es que hay tantas personas en relaciones que terminan diciendo «me hizo creer que era de una determinada manera pero después ella/él cambio», sin darse cuenta que ambos cambiaron.

Lo que nos lleva al verdadero problema: uno puede mantenerse mostrando lo mejor de sí y tapando el resto por un tiempo pero en una relación a largo plazo mantener esta dinámica resulta impracticable, eventualmente nuestras sombras están condenadas a aparecer (no por un castigo kármico sino porque nuestra conciencia está llamando nuestra atención a las cosas que tenemos que sanar para seguir expandiéndonos y aprendiendo). Entonces, porque en la modernidad la mayoría de las personas cuando piensa en amor no piensa en una construcción vincular madura sino que piensa en el estado de enamoramiento, espera que toda la relación sea como ese estado y en el momento en el cual las sombras aparecen, y la sonrisa a la que hace alusión la frase de mi amigo deja de estar disponible 24/7 para nosotros, consideramos que la relación se volvió «complicada» y perdemos interés.

Ergo la segunda problemática de la transición a la modernización vincular esta en definitiva relacionada con la primera, objetivamos el vínculo ya no desde «no importa quién esté del otro lado» sino ahora desde el «importa quién esté pero siempre y cuando no sea complicado», es como si a nuestro motor de búsqueda le agregásemos un filtro más.

Pero al negar en el otro la complejidad de su humanidad estamos negando en nosotros la complejidad de nuestra humanidad y por sobre todo negando ver nuestras sombras, ya que nadie «afuera» sostiene un mayor espejo hacia nosotros mismos que nuestra pareja; el entrelazamiento energético que se da entre dos personas que se vinculan desde este una relación de pareja es tan palpable que resulta imposible que una persona no tenga efecto o modifique al otro y viceversa.

Es posible entonces tener una relación en la que siempre se este enamorado? Sí, es posible pero sumamente raro de ver y difícil de lograr. Dijimos que el enamoramiento es ese estado de poder sentir y ver reflejado los ojos del otro que somos extraordinarios o mejores de lo que creemos ser, definitiva que somos especiales y devolver en gratitud esa mirada hacia el otro. Como inevitablemente las sombras van a salir, la única forma de mantenerse siempre enamorado es lograr que ambas partes siempre se vean especiales y no dejen de creer el uno en el otro más allá de las sombras que cada uno ponga sobre la mesa. Pero no he visto a nadie que realmente pueda hacer eso, piénsenlo, lo primero que hacemos cuando vemos al otro en un estado emocional negativo es tratar de defendernos o culparlo de lo que eso genera en nosotros, ese no es un estado de apreciación o de ver al otro especial, pero por sobre todo no es un estado de sentirnos especiales. Hay una pregunta inconsciente que se presenta cada vez que pasamos por situaciones displacenteras y esta es «por qué me está pasando esto?» Y la respuesta que hemos creado de manera colectiva todos los seres humanos es «porque lo merezco, porque debe haber algo mal en mí» (nuevamente les recuerdo que son sombras proyectadas al inconsciente, no pensamientos palpables) esa respuesta es exactamente el estado opuesto a sentirnos especiales y es el mayor error e inseguridad que alberga nuestro ego, porque si supiésemos que somos especiales entonces ante la sombra del otro en lugar de autoabsorvernos en nuestra búsqueda defensiva de bienestar entenderíamos que el otro nos está pidiendo (de una manera difícil) nuestra ayuda, que si proyecta sus sombras es porque en ese momento esa persona no sabe que es especial y no está pidiendo que lo ayudemos a recordarlo. Pero en lugar de eso dejamos que la creencia del otro se vuelva nuestra creencia interna y no sabemos ser fuertes para el otro en ese momento porque volvemos demasiado ocupados en batallar nuestra propia creencia de no ser especiales.

Se puede vivir constantemente enamorados en una relación, absolutamente pero ni siquiera sabemos vivir enamorados de nosotros mismos y es difícil darle a alguien lo que no nos sabemos dar.

Somos especiales, el cosmos es especial (si nos ponemos a pensarlo, la probabilidad de que ciertos factores converjan para que algo exista cuando podría no existir nada es muy pero muy baja y sin embargo existimos), tal vez pensar de esta manera les parezca de optimismo ridículo. pero en realidad es empezar a entender la esencia verdadera del cosmos.