Orlando Almanza, onirismo e invención del follaje

La Jeringa
Sep 12, 2021 · 5 min read

Por: Enzzo Hernández Hernández

Cada vez que me enfrento a la propuesta pictórica de Orlando Almanza me siento como en el instante inmediato de haber tenido un sueño. En cualquier caso se trataría siempre de un sueño largo donde confluyen otros sueños con numerosas variantes, escenarios y personajes, como figuras evanescentes o fantasmas, que van poblando progresivamente la trama del lienzo. Esto ocurre, me atrevería a asegurar, por el hecho principal de que Orlando es un artista que pinta desde el recuerdo.

En su obra predomina la fragmentariedad de quien está acostumbrado a ver y memorizar (incluso involuntariamente) objetos que irán transfigurándose o adquiriendo una dimensión casi críptica en el ordenamiento de su universo personal. Dicha fragmentariedad funciona también de manera similar a los sueños, donde a veces persisten algunos episodios que se nos van haciendo cada vez más borrosos, como cuando alguien entra o sale, lentamente, de un paisaje con niebla.

En otras ocasiones las imágenes, que parecieran punzarle el recuerdo, piden a toda costa salir para hincar el ojo del espectador. En este inventario de imágenes punzantes se encontrarían las lenguas de vaca claveteadas por navajas, dispuestas para conjurar el mal de ojo, así como los follajes espinosos y los cuchillos que abundan, acechantes, en el cuerpo de su obra.

En su pintura existe, además, una obstinada recurrencia al universo de la flor. A veces parecieran invadir la totalidad de los lienzos, algunas más grandes, otras diminutas, siempre escondidas en la densidad de la maleza. A pesar de la diversidad de formas y de colores, todas tienen un rasgo común: son silvestres.

Una vez conversando en su estudio, me mostró unas 30 o 40 fotografías tomadas a una misma flor que había visto en el jardín botánico de Cienfuegos. Las fotos habían sido tomadas desde diferentes ángulos y perspectivas, cuidadosamente, con el afán de no repetir ni un solo detalle. Eran todas distintas, al punto que yo llegué a pensar que se trataba de flores diferentes. Comprendí que me encontraba ante un artista que estudia el objeto en su medio natural, con sobrada meticulosidad y empeño, desde la observación y el análisis lógico. Por demás, se trata de un pintor que proviene del mundo de la escultura, donde se aprende a respetar las proporciones y a entender la volumetría de los objetos mediante el constante modelado. En el dibujo de Orlando Almanza se palpa esa pesantez, esa solidez y virtuosismo de escultor.

La flor, como elemento de superposición y simultaneidad en su obra, constituye por igual un signo de fragilidad y vida, un contrapunto, una nota que aporta equilibrio, que matiza la dureza de los campos roturados. Nos situamos ante una pintura armónica, vital y estridente.

Almanza es un artista cuyo trabajo, casi sin proponérselo, refleja un diálogo permanente con las mitologías rurales y autóctonas, con las leyendas del campo contadas por los abuelos, con esas historias que, una vez relatadas y repetidas de generación en generación, se fijan al inconsciente colectivo de modo insoslayable. En su caso, ocurre una extraña asimilación de lo mítico y de lo agreste: su obra huele a follaje, a monte, a sueño y a maleza. En Cuba, según la creencia popular, el monte es el lugar donde habitan las divinidades ancestrales, los poderosos espíritus de la naturaleza y los muertos.

Los personajes de sus cuadros son como apariciones, presencias que se manifiestan momentáneamente, a mitad del sueño, o en el humo evanescente de un tabaco. Son muertos de otro tiempo, de relatos dispersos, que están aquí para dar un mensaje, para revelar la ubicación de una botija escondida, para dar un número de la suerte o para hacernos recordar una promesa rota. Ellos están hechos de fragmentos de realidad y de ficción, por eso resultan sujetos tan verosímiles, al mismo tiempo que inquietantes.

Su producción pictórica me hace situarlo siempre en una zona liminal, fronteriza, donde se entrecruzan sueño, vida, fábula, invención y memoria. En su obra existe como un caos temporal que no nos permite fijar ninguna circunstancia específica, en este caos aparente se superponen los tiempos.

Siempre que me paro ante un cuadro suyo sé que corro un riesgo alto. El riesgo de perderme, de entregarme a la profusión de las imágenes que propone, creciendo como una selva epidémica, contagiando mi mundo, de forma voluntaria, con fracciones poderosísimas de su inventario personal, del grupo de anotaciones mentales del que se desprenden un viaje a la playa de la infancia, un viaje sin fotografías ni registros documentales que no sean la propia memoria, elaborando un selectivo proceso de preservación y autoficción.

Cada vez que me paro ante un cuadro suyo, sé, de antemano, que me asomo a sus propios pensamientos, a las esquirlas de un mosaico familiar donde la visión mítica se va desgranando cada vez más del relato colectivo y enraizándose, a la vez que refundando, el imaginario autónomo del artista. Enfrentarme a su obra será siempre un riesgo que correré de forma voluntaria, para el goce de los ojos y del alma, porque con la obra de Orlando Almanza entiendo el silencio. Que es un silencio interior, reflexivo, como de recoger tus propios pensamientos y, entonces, aceptar la estruendosa soledad de su pintura.

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Una inyección de arte y cultura

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