Teuchitlán: memorias de un viaje ligero

La incertidumbre formó parte del viaje, porque lo único que conocía era el origen más no el destino. El destino, a final de cuentas, sería el detalle que cerraría toda la aventura que apenas estaba a punto de comenzar. El viaje inició con el más grande aprendizaje: viajar ligera. Con el paso de los años, la bicicleta ha impregnado de ligereza mis recorridos cotidianos, hoy también me enseñó a no llevar más de lo que se requiere. En este caso, eran nuestras bicis, agua, dos pequeñas bolsitas con lo básico y muchas ganas de pedalear y descubrir.

Cuando todos tus desplazamientos son en bicicleta, el descubrimiento comienza desde la puerta de casa hasta el final del viaje. En este caso, al estar en una ciudad, que no es la mía, pude ir con esos ojos urbanos descubriendo el camino hasta dejar la ciudad detrás de nosotros. Adrián buscó caminos con infraestructura ciclista, aunque deficientes en su diseño, son eficientes en su objeto final: mejorar la experiencia de quienes decidimos movernos en dos ruedas.

Avanzamos por diferentes contextos urbanos, con diferentes niveles socioeconómicos, pero la desventaja de haber cruzado la ciudad por una ciclovía, significaba que el cambio en la carretera sería mucho más evidente.

Esta era la primera vez que rodaba en carretera, quizás Adrián no lo sabía en ese momento. Así que iba aprendiendo en cada pedaleo, y tenía mucho que aprenderle al cómplice de la aventura. Sin duda, el inicio fue complejo, pero hizo su aparición el Tequila Exprés, para llenar de vibras tapatías el trayecto que estábamos por iniciar.

Al no saber, cuál era el destino, cada letrero de la carretera se convertía en una posible pista del camino que seguiríamos, sin embargo, de entre todas las opciones, Teuchitlán era la más lejana y por lo mismo, no creí que fuera el destino final. Toda mi confianza, estaba en cada pedaleo que iba siguiendo el camino y las pausas que marcaba Adrián. El objetivo era claro: hacer cicloturismo, aprender algo nuevo y confiar en la incertidumbre.

Después de pasar por un tramo de carretera, la bicicleta se convierte en una transformadora de escalas, ya que al mismo tiempo te hace sentir pequeño en ese mar de vehículos, pero a la vez te hace sentir grande, al ver hasta dónde te puede llevar tu energía.

Vías Verdes

Hicimos la primera desviación en Tala y llegamos, a las Vías Verdes, que más bien son rojas. Mucho había escuchado de ellas, pero experimentarlas es otra historia. Estas vías corren por dónde en su momento el ferrocarril recorría territorios jaliscienses, cruzando diferentes municipios, diferentes contextos y caminos que te permiten descubrir a una escala humana, lo que la velocidad en carretera no te permite ver.

Preguntamos, y nos indicaron que unos postes grises con amarillo, marcaban el inicio de las Vías. Así que comenzamos a pedalear, con toda la confianza de no tener vehículos a un costado, sino maleza, campos, sembradíos e incluso un ingenio. Los “testigos”, seguían ahí, como Adrián me explicó se quedan los durmientes de las vías del tren, para dejar el registro histórico de lo que fue y ahora es.

Para una ciclista como yo, este camino me llenaba de confianza porque podía pedalear disfrutando el horizonte. Y es así, como pedaleamos muchos kilómetros, hasta la fecha seguimos sin saber cuántos fueron. En el camino, encontramos a dos ciclistas — de los cuales como buena chilanga, desconfié — , a varios corredores de triatlón y hasta un caballo, justo en el lugar donde Adrián ponchó.

Así continuamos pedaleando pasando por varios municipios. En un punto, empecé a sentir ganas de comer algo, no traíamos nada con nosotros, sólo agua. Y así apareció repentinamente, a un costado de las Vías, un vendedor de fruta en su camioneta. Hicimos la parada obligada, una manzana y tres naranjas nos regresaron la glucosa que necesitábamos, mientras contábamos la historia, de la pareja que viene rodando desde Guadalajara hasta Teuchitlán — en este momento descubrí cuál era el destino — . Al final, cuando intentamos pagar las frutas, el señor no nos lo quiso cobrar, quizás la sorpresa de ver un par de ciclistas, fue suficiente. Así que muchas gracias por las frutas y por habernos señalado el camino correcto, o habríamos terminado en Ahualulco, Jalisco.

Con energía, continuamos pedaleando, esta vez, las Vías se habían terminado, al menos para nosotros. Así que hicimos los últimos kilómetros pasando por el poblado El Amarillo, y siguiendo la carretera hasta el destino final: Teuchitlán. Por fin llegamos, después de unas decenas de kilómetros, compramos unas frutas, hicimos un power nap, encontramos donde dormir y llegamos a comer con vista al Presa de La Vega.

Al siguiente día, a las 07:00 de la mañana, nos alistamos para el camino de regreso. Esta vez con menos Vías Verdes, pero también con menos Sol y kilómetros.

Y así a las 07:50 am, salimos de Teuchitlán con rumbo a Guadalajara, un camino completamente diferente al de ida. En la que aprendí dos grandes lecciones: cuando haya perros tienes que mantener el control, si no hay acotamiento pedalea sobre la línea blanca, sin miedo para ambas situaciones.

Y así, pedaleamos con el viento fresco del amanecer, aguantando el ritmo y descubriendo las carreteras tapatías. Nos volvimos a cruzar con las Vías Verdes, para despedirnos, al menos por esta vez.

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