Marcas en la piel

Photo by SHIKEE — on Unsplash

— Tengo la sensación de que me observan, Julia. Como cuando miras a alguien mientras duerme y se despierta aunque no hagas ningún ruido, ¿sabes? Y claro, ni duermo ni descanso nada desde hace días. Estoy seguro de que te siguen a tí también. ¿No te has dado cuenta? —

Tomé un sorbo de mi café y asentí, pero ni yo misma me creí el gesto de comprensión que le dirigí, frunciendo el ceño y mirando nerviosa a mi alrededor.

Había un ambiente distinto en el exterior de la cafetería. Había dejado de llover y una luz naranja se reflejaba en la oscurecida calzada y en las losetas de la acera.

Pasaron unos minutos y me di cuenta de que seguía hablándome. Me había desconectado por completo de lo que contaba. Pablo tenía cierta tendencia a hablar sin importarle mucho que le escucharan. Y en cierta medida admiraba esa capacidad. Al fin y al cabo ya nadie tiene paciencia para escuchar.

— Julia, en serio. Creo que el tío de la furgoneta sabe algo de tu gata. — 
Volvió a captar mi atención. Mi gata había desaparecido hacía ya un par de semanas. Una mañana simplemente no estaba. Le conté a Pablo que cuando me asomé al balcón para ver si se había caído, había un hombre apoyado en una camioneta mirando hacia mi casa.
— Era una camioneta.
— Bueno, furgoneta, camioneta o lo que sea.
— ¿Qué tendrá que ver eso con…
Me interrumpió.
— ¡Ya te lo he explicado!
Me dio vergüenza pedirle que me lo volviera a contar, así que le hice un gesto como recordando a lo que se refería y terminé mi café de un sorbo.
— Tengo que volver al trabajo. — 
Le dirigí una sonrisa mientras me levantaba y justo entonces me agarró del brazo.
— Deja que lo vea.
— ¿Para qué? ¡Sólo quiero dejar de pensar en esto!
— ¡Remángate!
Le enseñé el símbolo tatuado de mi antebrazo.
— ¿Crees que es un número ocho o un infinito?
— No quiero saberlo Pablo. Me voy. — Me ahorré la cortesía mientras volvía a colocarme la manga de la camisa. No tenía intención de seguir escuchando más teorías.

Salí de la cafetería pensando en el tatuaje que había ocultado a Pablo, el que apareció en mi otro brazo. Cuando iba a entrar al edificio para volver al trabajo alguien gritó mi nombre. Me giré hacia el hombre apoyado en la camioneta, de brazos cruzados, observándome sonriente.