La Tizza Cuba
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Fidel y nuestra América, sus modos de actuar

Por Germán Sánchez Otero

Foto: Historia Gráfica de Venezuela. Compilación OraChapellín / VTV

Versión ampliada de la conferencia que ofrecí en el Taller «Fidel Castro y las relaciones internacionales», celebrado en el Centro de Investigaciones de Política Internacional (Cipi) del Minrex, el 28 de noviembre de 2018. Aquí se ofrece el texto inédito de la primera parte.

Premisas

Propongo comenzar con esta pregunta: ¿Acaso no sabemos mucho más qué dijo Fidel y bastante menos cómo actuó, en función de hacer realidad las proyecciones de la Revolución cubana al sur del río Bravo?

Es usual referir las ideas que él expusiera en público, sobre disímiles temas y problemas de América Latina y el Caribe. Por ejemplo, respecto del neoliberalismo, la unidad y la inevitabilidad de la revolución social.

Ese legado explícito en relación con nuestro continente es el más conocido. Por su riqueza y valores prácticos, resulta primordial que sigamos estudiándolo y que descubramos en él nuevas enseñanzas.

Sin embargo,

a menudo se olvida o no se conoce que los quehaceres políticos de Fidel tienen dos dimensiones. La primera es la expresión oral y escrita de sus ideas y el proceso epistemológico que las engendra. Y la otra es el haz de sus acciones no públicas, por ende, apenas señaladas, a fin de plasmar tales razonamientos en hechos, visibles o no. Porque desde muy joven él aprendió del Maestro que «en la política lo real es lo que no se ve».

Formulo otra pregunta: ¿Podría separarse este proceder discreto del otro, el notorio? El legado de Fidel, lo sabemos, es indivisible: tanto en relación con nuestra región, como en todos los demás ámbitos de su historia política. Por consiguiente, es preciso descifrar los nexos existentes entre su ideario y las acciones que realiza, sin descontextualizar ni segmentar su pensamiento.

Razones de Estado y de otra naturaleza impiden, por el momento, ventilar buena parte de sus actividades no públicas, incluidas las de carácter conspirativo.

Sin violar tal frontera, interpelo: ¿No es necesario aproximarnos más a esa dimensión soterrada que resulte dable divulgar, a fin de elucidar su herencia íntegra y estar así en capacidad de emplearla con más eficacia?

Se trata de una tarea y un deber de quienes además de las vivencias, poseen la capacidad y la prudencia idóneas para tal fin, sin autocensuras innecesarias. Y por supuesto, corresponde a la dirección de la Revolución conducir ese proceso.

Además, no siempre es necesario esperar a que se desclasifiquen documentos secretos y se ofrezcan testimonios de personas que estuvieron a su lado para avanzar en tal objetivo. Un estudio atento de los textos públicos de Fidel y relacionados con él, por medio de deducciones sucesivas que tomen en cuenta de modo integral las circunstancias de cada momento histórico, puede ayudarnos a descubrir aristas relevantes de sus actuaciones notorias y discretas.

Las ideas y experiencias que trasladaré de inmediato, centran la atención en sus maneras de obrar respecto a nuestra América en esa dimensión menos conocida, acorde con las premisas y límites que antes expuse.

Me atrevo a compartir este ejercicio analítico y testimonial, consciente de que es una aproximación de índole tentativa a un tema que, por su complejidad y relevancia práctica, requiere aportes individuales y colectivos diversos.

Comenzaré por sus años juveniles (el preludio: Cayo Confites y El Bogotazo), y concluiré la primera parte con su visita a Venezuela en enero de 1959. En otros tres segmentos abordaré, en orden cronológico, hitos seleccionados desde febrero de ese año hasta sus actuaciones respecto a la Revolución Bolivariana y su líder Hugo Chávez.

Primera parte: de Cayo Confites a enero de 1959

Cayo Confites

Existen dos escenarios que marcan el temprano nexo solidario de Fidel con América Latina y el Caribe, entre sus 20 y 21 años: Cayo Confites, al norte de la actual provincia de Holguín, entre julio y septiembre de 1947; y «El Bogotazo», en abril de 1948.

En 1947 Fidel cursa el tercer año de la carrera de Derecho en la Universidad de La Habana. Por sus verticales posturas contra las mafias vinculadas al gobierno de Ramón Grau que controlan la Universidad y gracias a sus magnéticas cualidades de líder, resulta electo vicepresidente y después presidente de la FEU en su facultad. A la vez, encabeza a nivel de la Universidad el Comité Pro Democracia Dominicana, y en tal carácter mantiene relaciones con algunos de los principales dirigentes de ese país residentes en La Habana, luchadores contra la dictadura de Leónidas Trujillo, entre ellos el intelectual Juan Bosh.

Al conocer que varios de estos dominicanos, en coordinación con el gobierno y el ejército cubanos han decidido organizar una expedición armada para luchar en tierra dominicana contra el dictador, el joven dirigente estudiantil decide enrolarse como simple soldado. Así, desde julio de 1947 y hasta el 29 de septiembre, fecha en que termina este episodio, Fidel forma parte de un contingente de 1.200 hombres que se entrenan para ese fin en Cayo Confites.[1]

Resuelve cumplir el compromiso solidario a riesgo de su vida, a pesar de percibir que entre los integrantes de la futura expedición hay dominicanos y cubanos íntegros, pero también aventureros inconsistentes, sujetos delincuenciales y lumpen.

Primero, lo nombran jefe de un pelotón y después al mando de una compañía. Vísperas del traslado a Quisqueya se produce la traición del jefe del ejército de Cuba, en contubernio con Trujillo, y la expedición es abortada en el mar. Raudo, Fidel se lanza al agua en la bahía de Nipe y nada hasta la costa, pues quiere evitar ser apresado, al considerar esa deserción un acto deshonroso.

Cayo Confites es su primera experiencia en un proyecto de lucha armada. Sin embargo, él no es neófito en el uso de las armas de fuego. En la finca del padre, en Birán, existían varias de ellas y siendo niño, a los 11 o 12 años, aprendió a emplearlas. Llega a ser un excelente tirador. Había una escopeta semiautomática, tres viejos fusiles máuser, dos fusiles Winchester calibre 44, con varias balas en la recamara y algunos revólveres.[2]

El joven Fidel no es en 1947, por consiguiente, un advenedizo en el empleo de las armas. Y en ese tiempo, en la Universidad, para enfrentarse a los mafiosos que se proponían asesinarlo, consigue una pistola Browning de 15 tiros.

Ante el caos y la desorganización reinante en Cayo Confites, y la supuesta intención de desembarcar y enfrentar en forma convencional al ejército de Trujillo, pensaba por su parte iniciar una guerra irregular en las montañas con su compañía, inspirado en las guerras de independencia cubanas.[3]

Los tres meses en ese islote le permiten entrenarse militarmente y lograr un buen dominio en el uso de varias armas de fuego. Es uno de los saldos positivos para su futuro desempeño militar. También

comprende que una fuerza insurgente con fines revolucionarios debe ser seleccionada de manera muy cuidadosa, para lograr que todos sus integrantes posean la calidad ética y política indispensable.

Tres comentarios finales sobre la experiencia de Cayo Confites: 1) por primera vez, Fidel hace valer su disposición a convertir el compromiso solidario en acto; 2) reacciona a gran velocidad, cuando comprende que ha sido engañado y traicionado; y 3) actúa de modo audaz y valiente, pero al mismo tiempo, tiene un elevado instinto para preservar su vida.

El Bogotazo

La participación en El Bogotazo, entre el 9 y el 10 de abril de 1948, es la segunda ocasión en que Fidel demuestra su solidaridad hacia otro pueblo latinoamericano, a riesgo de la vida, apenas seis meses después de Cayo Confites. Esta vez en Colombia, a diferencia de su meditada participación en el proyecto bélico contra Trujillo, debe reaccionar al instante ante una explosión social inesperada, en medio de caóticos enfrentamientos armados y de una despiadada represión.

Además de presidir el Comité Pro Democracia Dominicana, Fidel es también en ese tiempo un destacado activista a favor de la independencia de Puerto Rico y un promotor de la solidaridad con el pueblo de Panamá por el asunto del Canal. Al conocer que se celebraría en la capital de Colombia, a partir del 30 de marzo y durante abril de 1948, la Novena Conferencia Panamericana –cuyo objetivo principal era crear la Organización de Estados Americanos (OEA)–, concibe y promueve la ejecución de un Congreso Estudiantil Latinoamericano en los días de ese evento.

Contacta a los dirigentes estudiantiles de Venezuela, Panamá, Colombia y Argentina, y viaja en los primeros días de abril a Caracas y Panamá, rumbo a Bogotá. En los tres países obtiene un entusiasta apoyo a su idea, sumándose también los argentinos, por el tema de las Malvinas y varias organizaciones estudiantiles de casi toda la región. De tal modo, el Congreso tenía en la mira el combate a las dictaduras, al colonialismo, al imperialismo y la lucha por la democracia.

En la memorable entrevista que le concedió en 1981 al escritor colombiano Arturo Alape, que aparece en el libro El Bogotazo: Memorias del olvido,[4] dice lo siguiente: «Lo que nosotros estábamos haciendo no tenía nada que ver con los problemas internos de Colombia, era una idea latinoamericana la que estábamos defendiendo (…) en dos palabras, lo nuestro era contra Estados Unidos».

Ya en Bogotá, las delegaciones participantes reafirman el desempeño del joven cubano como artífice principal del evento. Sus colegas colombianos le hablan sobre el líder popular Jorge Eliécer Gaitán, quien tenía el respaldo de la inmensa mayoría de los estudiantes de esa nación. Pronto, el 7 de abril, Fidel visita a Gaitán en su oficina, junto a sus anfitriones. Luego del precario triunfo conservador en 1946, Gaitán se ha convertido en el dirigente señero del liberalismo, de amplia base popular, con simpatías incluso entre los militares. Su proyecto político se proponía trastocar el poder oligárquico y nadie en sus cabales dudaba de su elección en los comicios presidenciales de 1950.

Expresa Fidel en la entrevista aludida: «A Gaitán le entusiasmó la idea del congreso y nos ofreció su apoyo. Conversó con nosotros, se habló y él estuvo de acuerdo con la idea de clausurar el congreso con un gran acto de masas. Y nos prometió que él clausuraría el congreso (…). Nosotros estábamos citados con él de nuevo la tarde del día 9».

El joven cubano salió del hotel aquel 9 de abril alrededor de la 1:00 p.m. y avanzó lentamente, para estar próximo a la oficina de Gaitán antes de la hora de la entrevista, a las 2:00 de la tarde:

«Salimos para ir caminando y acercarnos a la oficina de Gaitán, cuando vemos que empiezan a aparecer gentes corriendo desesperadas en todas direcciones. Uno, dos, varios a la vez por acá, por allá, gritando, ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Era gente de la calle, gente del pueblo, divulgando velozmente la noticia. ¡Mataron a Gaitán! ¡Mataron a Gaitán! Gente enardecida, gente indignada, gente que reflejaba una situación dramática, trágica, planteando lo que había ocurrido, una noticia que empezó a regarse como pólvora. Hasta tal extremo, que nosotros que habíamos caminado como dos cuadras más y llegamos a un parquecito (…). Ya en ese momento, alrededor de la una y media la gente estaba realizando actos de violencia».

Lo asesinan al salir de su despacho en la Carrera Séptima, a la 1:05 de la tarde. La multitud enardecida, guiada por las voces que señalan al presunto culpable, a quien nunca se identifica después, lo captura y golpea hasta dejarlo sin vida; al cabo, lo arrastran hacia el Palacio Presidencial, donde dejan su cuerpo destrozado y desnudo.

El desenlace brutal y sorpresivo que sufrió el líder liberal originó en Bogotá un maremoto de violencia incontrolada, durante más de 48 horas. Y también una revuelta nacional en contra del gobierno conservador de Mariano Ospina, a quien muchos le exigían la renuncia inmediata.

Acudo a la memoria de García Márquez, quien se encontraba esa tarde a menos de tres cuadras del lugar del crimen. Narra en Vivir para contarla:

«No me habían servido la sopa cuando Wilfredo Mathieu se me plantó espantado frente a la mesa:

— Se jodió este país –me dijo–. Acaban de matar a Gaitán frente a El Gato Negro».[5]

Al principio, la policía trató de controlar el desborde popular, pero enseguida varios de sus miembros y algunos militares se unen a la revuelta y propician la entrega de armas a civiles, mientras otros abren fuego despiadado contra los manifestantes. El saldo fue de varios cientos de muertos y heridos, la parte central de la ciudad quedó hecha cenizas y el país ingresó en la espiral de violencia más diabólica de su larga historia de conflictos armados.

¿Cómo actúa Fidel ante esta circunstancia arrolladora? Pareciera que tuviese una cámara de cine en las manos, al relatar en su entrevista con Alape las imágenes de cuanto ocurre alrededor suyo durante los desplazamientos, y en las actividades en las que participa hasta la tarde del 11 de abril. Muchas veces arriesga su vida, fusil en mano, en un gesto altruista y solidario con ese pueblo hermano.

Ocupa esa arma cuando una multitud exaltada a la que se junta, toma una estación de policía. Y trata de ayudar a que aquellas personas arremolinadas se organicen y encaminen sus acciones por un derrotero militar ofensivo, de orientación revolucionaria: «Yo lo que hice fue sumarme a un levantamiento popular. Por vocación, por principios, por simpatía revolucionaria».

De especial interés resultan estas reflexiones:

«Me impresionó el fenómeno de cómo puede estallar un pueblo oprimido. Segundo, me impresionó mucho la valentía y el heroísmo del pueblo colombiano, porque lo vi ese día. Aunque junto a esto, junto al extraordinario heroísmo del pueblo colombiano, te puedo decir que no había organización, que no había educación política; más que conciencia política había espíritu de rebeldía, pero no educación política y había falta de dirección».

Las aspiraciones del pueblo humilde, liberal o conservador, se esfumaron entre los escombros y cenizas del centro de Bogotá. Las cúpulas de los dos partidos, liberales y conservadores, hicieron un pacto y acordaron aniquilar los desbordes populares y neutralizar las amenazas a sus intereses comunes.

Nadie podía sustituir entonces el ímpetu, el atractivo y la perspicacia de Gaitán, insigne líder del pueblo oprimido. El susto que vivieron la oligarquía y el imperio acrecentó el odio, la venganza y la represión hasta el delirio, respaldados por el pacto de marras. Fue entonces que el joven internacionalista cubano debió regresar a Cuba.

Fidel comentó muchas veces a lo largo de su vida las enseñanzas que dedujo de El Bogotazo, que tanto impactó en su formación revolucionaria. Tuve la satisfacción de escucharle evocaciones al respecto, de modo especial cuando leyó el manuscrito del libro que me sugiriera escribir sobre la «Operación Emmanuel», organizada por Hugo Chávez para recibir en la selva de Colombia un grupo de secuestrados de las Farc, en enero de 2008.

Por primera vez, gracias a ese congreso ideado y organizado por él, a los 21 años viaja a otros países de la región y se relaciona en forma personal con dirigentes juveniles latinoamericanos. Y algo importante: se estrena en tejer relaciones de solidaridad junto a otras organizaciones y luchadores del continente, en este caso estudiantiles.

¿Lecciones que le aporta El Bogotazo?

Comprueba la potencia volcánica de un pueblo enardecido. Aprende que toda fuerza popular para alcanzar sus objetivos necesita dirección, organización y estrategia. Y aunque debido a su inexperiencia juvenil se expone en demasía –de modo consciente, por ética principista, dice a Alape–, comprende a tiempo que es necesario preservar la vida en medio de un caos sin posible solución satisfactoria.

Por segunda vez, en apenas seis meses, arriesga su existencia en aras de una causa solidaria. En esta ocasión, arrastrado por una circunstancia imprevista que asumió sin titubear e hizo todo lo posible para contribuir a su mejor desenlace. Y otra vez reacciona a tiempo y se repliega, al percibir que él no puede cambiar el curso de tal río humano desbordado, sin cauce, ni organización o dirección.

Del Moncada al Granma

Luego del 26 de julio de 1953 y hasta el triunfo de la Revolución, el primero de enero de 1959, Fidel demuestra en sus formulaciones públicas la jerarquía estratégica que él le confiere, desde una visión bolivariana y martiana, al nexo de la revolución en la isla con los procesos de emancipación de nuestra América. También es así en sus actuaciones reservadas y secretas.

La primera referencia a tal conexión la expone en La Historia me Absolverá. Ahí proclama que, si la revolución hubiera triunfado,

«la política cubana en América sería de estrecha solidaridad con los pueblos democráticos del continente y que los perseguidos políticos por las sangrientas tiranías que oprimen a las naciones hermanas, encontrarían en la Patria de Martí (…) asilo generoso, hermandad y pan. Cuba debía ser baluarte de libertad y no eslabón vergonzoso de despotismo».[6]

Durante su exilio en México, que comienza el 7 de julio de 1955, consagra sus energías a preparar la nueva etapa insurgente, persuadido de que ha llegado la hora de la revolución en Cuba. Y vislumbra una fecunda relación de esta con las dinámicas políticas que viven los demás pueblos latinoamericanos y caribeños. Aunque mantiene relaciones con exiliados dominicanos, nicaragüenses y guatemaltecos, sobre todo prioriza los vínculos con determinados mexicanos, que apoyan de modo fiable sus propósitos insurreccionales.

Es conocida la historia de cómo el joven Ernesto Guevara se involucra en el proyecto revolucionario ideado por Fidel, la misma noche de julio de 1955 en la que, junto a Raúl Castro, conoce al líder cubano y dialogan. El compromiso que sella con el joven médico argentino de tener este la libertad de luchar por la revolución en Argentina luego de triunfar y consolidarse la de Cuba, muestra desde entonces la voluntad de Fidel de ayudar al avance de auténticas revoluciones en el continente.

A los tres meses de llegar a México participa en un acto en el monumento a los Niños Héroes de Chapultepec, el 10 de octubre de 1955, aniversario del inicio de las luchas por la independencia de Cuba. Ahí pronuncia un discurso en el que revela nociones fundamentales de su proyección revolucionaria latinoamericanista. Después, durante los preparativos de la insurrección, en 1956, es más parco.

Dice, por ejemplo:

«La presente generación americana está en la obligación de tomar la ofensiva; está en la obligación de enfrentar de nuevo el espíritu democrático; está en la obligación de disminuir las palabras y aumentar los hechos».

Y en lo que a la juventud cubana se refiere: «puedo decirles con satisfacción que está cumpliendo su deber, que quien les habla aquí no viene como un romántico o un iluso sin historia a proclamar su fe en una idea. Quien les habla aquí ha visto caer en combate 70 compañeros, luchando contra la dictadura de Batista (…)».

Sigue: «el que les habla aquí puede asegurarles que el pueblo cubano se prepara para librar la batalla decisiva; y no son palabras». Y enfatiza:

«Algún día volveremos aquí para hablar de Bolívar, para hablar de Juárez, para hablar de Sucre, para hablar de Hidalgo, de Morelos, de Martí, de Cárdenas, de Madero, de Sandino, de todos los próceres; vendremos aquí como un pueblo libre, con el pueblo libre de Cuba en la mano, y les diremos a los exiliados de los demás países: allá también tienen, como en México, una patria donde pueden vivir, una patria donde pueden prepararse para la batalla final».

Concluye con dos ideas esenciales: «los Niños Héroes pertenecen a México y pertenecen también a América, porque cayeron luchando contra un imperialismo que ha puesto sobre toda la América sus garras». Y manifiesta su esperanza en América, «y lo hago con la fe que sentimos en nosotros mismos». Porque tiene la seguridad de que «América va a terminar cansándose, que América ya se está cansando, que América se está hastiando de tanta casta de politiqueros y de traidores y de opresores como está padeciendo, ¡que el pensamiento de Martí y la espada de Bolívar van a volver a centellear en América!».[7]

Pronto, emprende el proyecto insurreccional. En ese nuevo quehacer administra con especial cuidado su poderoso verbo público, centrándose de manera secreta en los preparativos insurgentes y en algunas acciones públicas vinculadas a tal fin. Por ejemplo, su gira de 110 días (desde el 20 de agosto hasta el 9 de diciembre de 1955) por varios sitios de los Estados Unidos para reunirse con los emigrados cubanos en función de recaudar dinero para el proyecto revolucionario y organizar a esta fuerza patriótica siguiendo las huellas de Martí.

Es precisamente en su emotivo y lúcido discurso en el salón «Palm Garden», en New York, el 30 de octubre, donde por primera vez proclama que «en 1956 seremos libres o seremos mártires». También realiza en ese periplo algunas entrevistas con la prensa estadounidense (Miami Herald, Diario de las Américas, Tampa Morning Tribune y La Gaceta de Tampa). Y, al concluir, en la isla Nassau redacta el 10 de diciembre el «Manifiesto no. 2 del Movimiento 26 de Julio al pueblo de Cuba».

«Hacer es la mejor manera de decir»: tal es la brújula martiana de Fidel durante 1956. Ese año, a saber, no participa en actos públicos y escribe solo algunos importantes artículos para la prensa cubana, todos relacionados con el enfrentamiento a Batista y los preparativos revolucionarios.

Se ve obligado a redactar un extenso texto, «Basta ya de Mentiras», que la revista Bohemia publica el 15 de julio. En él demuestra las falsedades en torno a los revolucionarios cubanos presos en una cárcel mexicana, entre ellos Fidel y el Che, denuncia las torturas y violaciones a sus derechos y la presencia de agentes de Batista en este hecho. Además, enaltece la solidaridad del pueblo mexicano, de varias personalidades de ese país y de varios órganos de prensa azteca, así como de la emigración cubana en general.

Algo a exaltar, pues expresa una constante en el proceder ético y el sentido de gratitud de Fidel, es el nexo que inicia con Fernando Gutiérrez Barrios, oficial de la policía secreta mexicana a cargo del operativo que lo llevó a la cárcel durante un mes, con quien luego del triunfo de la Revolución desarrolla una hermosa amistad.

Del Granma al triunfo de la Revolución

En la nueva etapa de la lucha que comienza el 2 de diciembre de 1956, enseguida que puede, Fidel emprende su estrategia comunicacional. Desde la Sierra Maestra, durante los años 1957 y 1958, emplea diferentes medios de prensa de los Estados Unidos, América Latina y Europa para dar a conocer los avances de la lucha revolucionaria, desenmascarar las falacias de la dictadura y denunciar sus horrendos crímenes.

Actúa de modo especial para que los pueblos vecinos estén informados y promueve, en forma pública y secreta, el recibo de ayuda material en armas y municiones desde el continente. En su primera alocución en Radio Rebelde, el 14 de abril de 1958, es explícito. Dice:

«Si los dictadores se ayudan entre sí, ¿por qué los pueblos no han de darse las manos? ¿No estamos en la obligación de ayudarnos los sinceros demócratas de toda América? ¿Es que no hemos pagado suficientemente caro el pecado de nuestra indiferencia frente al concierto de los tiranos que promueven la destrucción de nuestras democracias? ¿No se comprende que en Cuba se está librando una batalla por el ideal democrático de nuestro Continente? ¿No se percatan de que los últimos dictadores han convertido a Cuba en una de sus últimas trincheras? En Cuba no se lucha ya por la redención de un pueblo solamente, se defiende un principio que interesa a América. Si los dictadores ayudan a Batista, justo es que los pueblos de América ayuden a Cuba.»

De inmediato concreta su pedido:

«En nombre del pueblo de Cuba, que está luchando contra las armas de Batista, Trujillo y de Somoza, demandamos ayuda de los gobiernos democráticos de América. Un extenso territorio de la costa sur de la Provincia de Oriente, entre Cabo Cruz y Santiago de Cuba, está en poder de nuestras fuerzas. Las armas que se lancen en paracaídas a diez kilómetros de la costa en esa larga zona, caerán indefectiblemente en nuestras manos sin que la dictadura pueda interceptarlas.»

Y hasta precisa detalles:

«Necesitamos fusiles automáticos, ametralladoras pesadas, bazucas y morteros para avanzar hacia la Capital. El Gobierno Provisional Revolucionario sufragará todos los gastos que esos envíos ocasionen y el pueblo de Cuba guardará eterna gratitud. Los rebeldes cubanos no pedimos alimentos, no pedimos siquiera medicinas; pedimos armas para combatir, para dejar sentado en América que la voluntad de un pueblo es más poderosa que el consorcio de la dictadura y sus ejércitos mercenarios.»

También adelanta un compromiso solidario: «los perseguidos políticos de todas las dictaduras tendrán aquí su mejor casa y la mayor comprensión, porque nosotros hemos sido perseguidos políticos». Y expresa que «la América entera», vela por el curso y el destino de la Revolución cubana: «Toda ella nos acompaña con sus mejores deseos de triunfo. Toda ella nos respaldará en nuestros momentos difíciles. Esta alegría de hoy no solo es en Cuba, sino en América entera. Como nosotros nos hemos alegrado cuando ha caído un dictador en la América Latina, ellos también se alegran hoy por los cubanos».[8]

Esa alocución muestra, desde entonces, el significado que Fidel atribuye a la solidaridad recíproca entre la Revolución cubana y los demás pueblos de América Latina y el Caribe.

Es parte de sus diversas acciones para conseguir armamento, dentro y fuera de Cuba.

El ejemplo más conocido y fértil es el de Venezuela. Fruto de varias gestiones realizadas por los dirigentes del M–26–7 allí, con la velada participación de Fidel desde la Sierra Maestra, se organiza el envío de un amplio lote de armas y municiones, donado por la Junta Patriótica que gobierna Venezuela.[9]

Mientras, con el dinero recolectado por el pueblo hermano en la campaña «La marcha de Bolívar para la Sierra Maestra», se adquiere un avión carguero C–46. Este aterriza con seis toneladas de armas el 6 de diciembre de 1958, en una pista controlada por el Ejército Rebelde. Son 150 fusiles Garands, 20 fusiles ametralladoras Browing, 10 ametralladoras calibre 30 con su parque, 10 mil proyectiles 30.06, 100 granadas de demolición y un fusil FAL con mirilla telescópica, enviado a Fidel por el almirante presidente de la Junta Wolfgang Larrazábal.

Seis días después de recibir los pertrechos, sumamente útiles en la etapa final de la guerra, el 12 de diciembre, Fidel le escribe a Larrazábal una carta de agradecimiento:

«¿Qué puedo decirle después de su noble y espontáneo gesto? Hay que llevar dos años luchando contra todos los obstáculos, las armas confiscadas antes de llegar a Cuba, los frutos de los sacrificios económicos de tantos compatriotas (…) para comprender con cuánta emoción y gratitud recibimos la ayuda que usted nos envía a nombre de Venezuela.

Desde hoy le digo que cualquiera que sea la posición que usted ocupe en el país, la más alta o la más modesta, para nosotros será siempre el primero de los venezolanos.»[10]

Esa misiva, muestra la fina sensibilidad de Fidel para valorar y agradecer la solidaridad recibida; la primera de tal envergadura que ocurre desde otro país hermano. También refleja su alto sentido de obligación hacia la persona que asumió la responsabilidad, iniciándose un sincero aprecio recíproco que se prolongó hasta la muerte de Larrazábal muchos años después.

Tal manera suya de expresar ideas, valores éticos y emociones a través de cartas, mensajes y notas personales a diversas figuras del mundo, en especial de América Latina y el Caribe, se repetirá innúmeras veces durante toda su vida. Con ellas, cultivó a menudo espléndidos nexos de amistad, que él lograba de manera natural integrar a quehaceres políticos, públicos y discretos.

Durante la guerra de liberación en la Isla, el jefe del Ejército Rebelde se esmera en transmitir información sistemática a la opinión pública internacional, en especial de América Latina y los Estados Unidos, sobre los avances de la insurrección, además de denunciar a la tiranía y pedir solidaridad.

Por ciertas preguntas que le formulan los periodistas extranjeros, comprende que debía también despejar los prejuicios que la dictadura y muchos medios de prensa generaban de modo deliberado en torno a sus ideas políticas y el programa del Movimiento 26 de julio.

Con tal fin, concede varias entrevistas exclusivas, de impacto fuera y dentro de Cuba. Entre ellas sobresalen, la primera, el 17 de febrero de 1957, ofrecida al experimentado periodista Herbert Matthews, del New York Times, que la publica en tres partes, los días 24, 25 y 26 de febrero. Otra, del 23 al 28 de abril de 1957, cumplida por Robert Taber, en unión a un camarógrafo de la cadena televisiva CBS de los Estados Unidos, que titula «Rebeldes en la Sierra Maestra» y se divulga el 18 de mayo; incluye una escena final emblemática donde aparecen Fidel, Raúl y un grupo de guerrilleros cantando el himno nacional con sus fusiles en alto. Luego, en mayo, el periodista Andrew Saint–George, de la revista estadounidense Look, le realiza otra entrevista. Y en 1958, el New York Times publica su segunda entrevista, el 27 de febrero, hecha por Hoomer Biggart.

Ese año 1958 concede tres entrevistas a periodistas latinoamericanos, la primera el 15 de enero al venezolano A. J. Sánchez, utilizando el soporte técnico de lo que pronto sería Radio Rebelde.[11] El 24 de febrero la radio insurgente sale al aire desde la Comandancia del Che en la Sierra Maestra, por iniciativa de este. Al poco tiempo de hablar por primera vez desde Radio Rebelde, Fidel decide trasladarla para la Comandancia, bajo su directa atención.

La emisora deviene voz cotidiana de la épica guerrillera y vía primordial para orientar a los jefes, a los combatientes y a todo el pueblo cubano, e informar a la opinión pública del continente y más allá la verdad sobre el desarrollo de la guerra revolucionaria. Incluso, en las noches se unían diversas estaciones de radio de Venezuela, Colombia y Ecuador en la Cadena de la Libertad.

En 1958 lo entrevistan dos excelentes periodistas del cono sur latinoamericano: en febrero, el uruguayo Carlos María Gutiérrez y en abril–mayo el argentino Jorge Ricardo Masetti, que también lo hace con el Che.

Carlos María Gutiérrez –uno de los fundadores en América Latina del llamado «nuevo periodismo», junto a Gabriel García Márquez y el argentino Rodolfo Walsh– escribe un excepcional reportaje que titula «En la Sierra Maestra con Fidel Castro», publicado en dos entregas en el diario La Mañana de Montevideo, en marzo. Se trata de una pieza memorable, que recoge en un empaque literario, analítico y reporteril las vivencias del autor durante varios días desde que llega a La Habana, hasta sus encuentros con Fidel en las montañas.

Como mi intención es enfatizar las actuaciones de Fidel, reproduzco las sagaces impresiones de Carlos María Gutiérrez sobre el modo en que responde a sus preguntas, y las descripciones y evaluaciones que hace el periodista sobre el entrevistado.

Este testimonio es el más perspicaz que conozco, respecto de cómo procedió el joven líder revolucionario en sus entrevistas y diálogos con los comunicadores extranjeros en la Sierra Maestra.

Relata Carlos María:

«Aparte de otras charlas informales, dos veces pude sostener una larga y deliberada conversación política con Fidel Castro: la primera fue de noche, hasta la madrugada, en un bohío, y siguió afuera, a lo largo de un sendero de montaña que Castro iluminaba con su linterna, mientras caminábamos hacia un campamento. La otra fue a la hora de la siesta, en un sitio de la selva donde el jefe rebelde había procurado un aparte para hablar sin oídos indiscretos, y en ellas estuvieron presentes dos dirigentes de la Resistencia que se encontraban en la Sierra.»

Sigue Carlos María, y ahora hace un retrato al guerrillero:

«Fidel Castro, con una barba que añade varios años al semblante juvenil y su natural corpulencia aumentada por tricotas y camisas de abrigo, da a primera vista la impresión de un hombre ganado por la tosquedad de la vida en la Sierra. A su cintura se ciñen siempre las cartucheras con cuatro kilos de balas; una pistola, una cantimplora y su inseparable rifle belga de precisión, calibre 30.06, completan un atuendo que, aparentemente, no se presta para la discusión sutil de la política. Pero apenas se cala sus lentes de montura de carey, medita un momento y comienza a hablar con su voz suave; en su lentitud de movimientos y en la tranquilidad de su tono se traslucen a cada rato inflexiones ardientes y un natural poder de convicción. El abogado innato que hay en Fidel aparece con la primera indiscreción del interlocutor o la pregunta difícil; suavemente, sin cambiar de tono, busca dirigir la charla hacia otro punto, y a veces lo consigue. Cuando el acoso de una pregunta es demasiado insistente, calla unos segundos mirando el habano que se quema, y después dice: ‘Perdona –todos los cubanos tutean desde el primer momento–, pero eso no puedo contestarlo’.»

Y el periodista termina su relato con una hábil respuesta del entrevistado:

«Por un momento Fidel fumó su habano, quizás pensaba que había hablado demasiado; sobre todo, después de sus recientes declaraciones (minuciosamente compuestas de lugares comunes y no comprometedoras) a la revista Look. Luego hizo una aclaración:

–Todo esto parece, así, un poco fragmentario. No lo anotes simplemente como te lo dije. Un programa de gobierno no es solo una enumeración de ideas, sino también una cuestión de oportunidad. Nuestro programa tiene un margen flexible para imprevistos.»[12]

Cualquier semejanza que el lector observe en esta lúcida respuesta de Fidel con su manera de concebir e implementar la táctica y la estrategia en cada tiempo político después de 1959, no es pura coincidencia. «Un margen flexible para imprevistos», dice él. Sobran los comentarios…

Por su parte, Jorge Ricardo Masetti, basándose en sus intensas vivencias en la Isla y en agudas percepciones, rodeado de peligros realiza un formidable reportaje en forma de libro que edita en septiembre de 1958 y titula Los que luchan y los que lloran.[13] Como él es enviado por una radio argentina, coordina con una emisora venezolana para que grabara las entrevistas que hace a Fidel y al Che, transmitidas ambas por Radio Rebelde.

Al regresar a La Habana, días después de fracasar la huelga revolucionaria del 9 de abril, le informan desde Buenos Aires que no han recibido sus entrevistas. Ante ello, Masetti adopta la osada decisión de retornar a la Sierra Maestra, otra vez con identidad y documentación falsas, para intentar volver a hacer ambas entrevistas, ahora en una situación aún más riesgosa.

Es «premiado» por Fidel, quien accede a repetir la entrevista, grabada esta vez por el propio Masetti para garantizar llevarse las cintas; con el añadido de que el entrevistado analiza las causas del fracaso de la huelga de abril y proyecta de forma optimista la nueva etapa de la lucha insurgente, a pesar del revés.

El jefe del Ejército Rebelde ya tenía una valoración certera de las cualidades de este joven argentino y en un ambiente jocoso, por lo que le sucediera –junto al Che que reía con ganas–, reciproca su audacia de volver a la Sierra Maestra por segunda vez.

Fidel emplea esta fortuita ocasión a fin de reiterar sus ideas esenciales, explicar de forma crítica las causas de la derrota de la huelga de abril, y para ofrecer una visión realista y optimista sobre el futuro de la revolución. O sea, su actuación también responde al momento coyuntural. Y armoniza ambas dimensiones, una humana individual, la otra política.

Con estos ejemplos históricos en la Sierra Maestra, he querido ilustrar cómo el joven líder comienza a ejercitar y a ganar, de forma simultánea, la brega militar y la lidia de las ideas más allá de las fronteras cubanas.

Aunque concentra su atención en el desarrollo de la guerra, que es el frente político decisivo, no descuida los demás. Atiende las alianzas con otras organizaciones revolucionarias y con sectores políticos en el exilio adversarios de Batista, y también se ocupa de orientar la actividad del Movimiento 26 de Julio, dentro de Cuba y en las Américas.

Discípulo de Martí, sabe que la nueva contienda de liberación debe ser culta, abarcadora e inclusiva. Como aquel, mantiene en silencio los propósitos de más alcance y, a la par, divulga de manera sistemática y efectiva las ideas y tácticas de la revolución, priorizando a la opinión pública de las Américas y tejiendo las primeras relaciones solidarias, tanto políticas como de ayuda material.

Nuestra América en Fidel durante los primeros días de la Revolución. La «Operación Vedad»

Desde las jornadas iniciales de la Revolución en el poder, su líder actúa guiado por la doctrina martiana, consciente de que el destino de Cuba está asociado al de todos los demás pueblos de América Latina y el Caribe, y del papel que le corresponde a nuestra patria como avanzada de la emancipación continental.

En su primer discurso el día de la victoria, el primero de enero de 1959 en Santiago de Cuba, el radiante orador alude al «ejemplo alentador para América que acaba de producirse en nuestra patria». Y enfatiza: «Toda ella tiene sus ojos puestos en nosotros. Toda ella nos acompaña con sus mejores deseos de triunfo. Toda ella nos respaldará en nuestros momentos difíciles. Esta alegría de hoy no solo es en Cuba, sino en América entera».

Marca así, el día de los laureles, su visión sobre el papel y la interacción de Cuba con sus pares de América.

Comenta la noticia de que en la madrugada de ese primero de enero han escapado «los grandes culpables» de la dictadura: «No faltan miles de hombres que quieran perseguirlos, pero nosotros tenemos que respetar las leyes de otros países».

Añade: «no queremos aparecer como un pueblo que viole las leyes de los demás pueblos; las respetaremos mientras se respeten las nuestras». Y adelanta otra directriz: no se pondrá nunca la otra mejilla a quienes violen nuestra soberanía.

Además, dice, los perseguidos políticos de República Dominicana y de todas las dictaduras, «tendrán aquí su mejor casa y la mayor comprensión, porque nosotros hemos sido perseguidos políticos». Advierte que si ese país, bajo dominio del dictador Leónidas Trujillo, «se convierte en base de conspiraciones contra la Revolución cubana», serán los propios dominicanos los que actuarán, «nosotros no tenemos que meternos en los problemas de Santo Domingo».

Los dominicanos, afirma, «han aprendido que es posible pelear contra la tiranía y derrotarla, y ese ejemplo es lo que más temían precisamente los dictadores, el ejemplo alentador para América que acaba de producirse en nuestra patria».

De tal modo, introduce por primera vez luego del primero de enero, el valor del ejemplo cubano para las peleas de otros pueblos que, en su concepto, es también un estímulo y un motivo de mayor responsabilidad para la Revolución que acaba de nacer. El internacionalismo como deber y necesidad, diría más tarde el Che.

La luz del portentoso triunfo cubano desata en la opinión pública del continente oleadas de simpatía y admiración. En el transcurso de los primeros días del año, buena parte de los gobiernos de América reconocen al Gobierno Revolucionario.

De súbito, en la segunda semana de enero, se despliega una intensa campaña sucia a través de las agencias cablegráficas de los Estados Unidos y también desde el Congreso de ese país. Buscan presentar un escenario en Cuba de venganza irracional de las nuevas autoridades y del pueblo contra los culpables de los crímenes y demás fechorías de la dictadura.

Fidel capta enseguida tal andanada mediática y desenvaina su filosa espada, en defensa de la verdad. Es obvio para él:

los enemigos «naturales» de la Revolución fuera de Cuba han comenzado a actuar muy pronto y de manera concertada, movidos por peligrosas intenciones. Las groseras distorsiones sobre el tema de los fusilamientos decididos por los Tribunales Revolucionarios, empiezan a generar confusión en la opinión pública internacional debido a las torceduras de marras.

Sin demora, concibe y emprende la primera contienda cultural y simbólica a pocos días del triunfo de la Revolución, y la sustenta en tres pilares: 1) un poderoso movimiento de masas, fuerza decisiva de la batalla; 2) su persuasivo verbo; 3) amplia información veraz y todas las facilidades a 380 periodistas de América y Europa, que arriban a La Habana los días 19, 20 y 21 de enero, apenas 72 horas después de que concibiera la idea de invitarlos a Cuba para cubrir las noticias sobre la aplicación de la justicia revolucionaria a connotados criminales de la dictadura.

Comienza a plasmar de tal modo, basándose en ese triángulo fecundo, lo que será siempre su bitácora en la pugna de las ideas –ya sea para encarar los ataques adversarios, como para desarrollar las ofensivas políticas e ideológicas de la Revolución.

«Operación Verdad», es el nombre con el que Fidel bautiza la vasta movilización de la prensa internacional. Numerosos medios y periodistas foráneos son invitados por gremios cubanos de ese sector y por colegas de la isla; también apoya el argentino Jorge Ricardo Masetti.

El inesperado operativo, sin precedentes en cualquier país, es coordinado por Celia Sánchez. Y el victorioso Comandante actúa como si estuviera dirigiendo otra vez la contraofensiva estratégica en la Sierra Maestra, durante el jaque mate a la dictadura.

Inicia el contraataque el 13 de enero, en una sesión–almuerzo del club Leones de La Habana dedicada a rendir homenaje al Ejército Rebelde; después, sigue el 15 de enero, en el Club Rotario de La Habana; al siguiente día, habla a una concentración frente a la terraza norte del Palacio Presidencial, convocada por el ejecutivo del Frente Obrero Nacional Unido para apoyar al gobierno revolucionario en su decisión de encausar y castigar a los responsables de los crímenes de la tiranía batistiana; también el 16 de enero, retoma el tema en el homenaje a Eduardo Chibás, ante su tumba en el Cementerio de Colón; al otro día, aunque afectado por una fuerte gripe viaja por la Carretera Central, con el objetivo de finalizar la Caravana de la Libertad, a las ciudades de Artemisa y de Pinar del Río, y en sendos mítines populares denuncia ampliamente la campaña de marras.[14]

Cierra este primer ciclo ofensivo el 21 de enero, ante una magna concentración popular frente al Palacio Presidencial y en amplias zonas adyacentes a este, que suma más de un millón de personas: la más nutrida en la historia de Cuba hasta entonces.

Como colofón, al siguiente día, realiza una conferencia de prensa con los más de 380 periodistas extranjeros y cubanos participantes en la Operación Verdad, en el salón Copa del hotel Riviera. Y ofrece entrevistas exclusivas a varios de ellos en la sede de la jefatura revolucionaria, instalada en el Hotel Hilton.

No es posible aquí exponer el torrente de argumentos, testimonios y datos que ofrece Fidel para demostrar la legitimidad de los ajusticiamientos a decenas de criminales de la dictadura –que asesinaron y torturaron de manera monstruosa a miles de cubanas y cubanos de todas las edades–, y las intenciones de los autores de la campaña desatada. Recomiendo al lector interesado, las siete comparecencias antes mencionadas.

A los fines del presente texto, que busca sobre todo identificar y valorar sus actuaciones, me interesa destacar lo siguiente:

1) Encara de frente y contraataca mediante acciones múltiples y sustantivas la primera arremetida contra la Revolución, procedente de importantes factores de poder en los Estados Unidos –las tres principales agencias de prensa del mundo y varios importantes medios de comunicación, además de algunos congresistas.

2) Convierte la disputa con esos integrantes del imperio en la gran oportunidad inicial de la Revolución para explicar, a nuestro pueblo y al mundo, el control de los Estados Unidos sobre Cuba desde 1898 y proclamar que por primera vez nuestra patria ha alcanzado la autodeterminación y la soberanía. Muta así el trance provocado por el enemigo, en fuente de irradiación de ideas y en fuerza revolucionaria.

3) Insiste en que la aplicación de la justicia a los criminales es un derecho de Cuba para resguardar la soberanía, «el derecho a gobernarnos y que nadie pueda trazarnos pautas desde afuera».

4) Coloca un firme detente a los que en Washington pretenden chantajear a Cuba mediante la amenaza de una intervención; adelanta el deseo de tener buenas relaciones con los Estados Unidos, pero sin sometimiento y advierte que el pueblo cubano derrotará cualquier agresión armada.

5) Comienza a aplicar su contundente y hábil método del contragolpe: exige a Washington que entregue a Cuba los criminales de guerra para ser juzgados y castigados como reclama el pueblo cubano, y también que devuelvan los cientos de millones de dólares que aquellos robaron a la nación.

6) Recuerda que el gobierno de los Estados Unidos apoyó con armas y entrenamientos a los militares de la dictadura, entre ellos los asesinos de 20 mil cubanos y que nunca en Estados Unidos hubo una campaña contra esos crímenes.

7) Denuncia que se pretende manchar la reputación del Ejército Rebelde, que no golpeó ni humilló jamás un adversario prisionero, ni abandonó a su suerte un enemigo herido, ni asesinó a un hombre que rindiera sus armas. «Ese récord es único en la historia del mundo», proclama.

8) Además, sostiene que esta es la primera revolución en el planeta en que no ocurren excesos. Los asesinos y demás esbirros fueron detenidos por las autoridades revolucionarias con la colaboración del pueblo, que no se abalanzó sobre ellos para despedazarlos y ha confiado en la justicia de la Revolución. Más del 93 % de la gente, según demuestra una encuestadora profesional, apoya los fusilamientos de los criminales, iguales o peores que los hitlerianos.

9) No hay nada que haga más daño a una sociedad que la impunidad; la falta de justicia predominó en Cuba desde la época colonial y es una de las causas de las desventuras durante la república. «Para que nunca más haya tiranía, tiene que haber justicia y también para que nunca más vuelvan a predominar los bárbaros y los criminales».

10) Es fundamental contrarrestar a tiempo la campaña de falsedades; divulgar la verdad, para así evitar males mayores: «Ahora declaran que no intervienen, pero si logran confundir a la opinión pública de Estados Unidos, los que están detrás de la maniobra darán nuevos pasos, y después de aislarnos buscarían dividirnos y al final mandar una expedicioncita; esos serían los pasos que seguiría ese proceso, si nosotros no tomamos las medidas oportunas a tiempo».

¿Cómo se vinculan estos criterios y diligencias de Fidel, con sus opiniones y actuaciones respecto a nuestra América?

Asocia la gran operación política inicial aquí resumida, a una idea matriz suya antes mencionada: los nexos entre la Revolución cubana y la América latina caribeña, deben ser de mutuo apoyo y beneficio. Este concepto martiano, que ya había madurado antes de ascender al poder, lo ratifica y enriquece en enero de 1959, convirtiéndose desde entonces en guía medular de sus quehaceres.

Para Fidel, la fuerza de Cuba no está en las armas, está en la opinión pública nacional e internacional: «no tenemos –dice– acceso a los fusiles de Estados Unidos, ni de Brasil, o los de Venezuela, en cambio, en esos países hay opinión pública, y nosotros podemos acercarnos y ganarnos la opinión pública de esos países». Cuando Cuba tenga una sólida opinión pública en América contra las calumnias, «seremos fuertes e invencibles».[15]

Inaugura así la concepción y el método que aplicaría durante toda su vida: enfrentar las mentiras con verdades. Y en función de ello, usar todas las vías necesarias para hacerlas llegar a la gente, sin escatimar los gastos necesarios.

Insisto en la idea: tales costos monetarios en defensa de las verdades de la Revolución y en el ejercicio integral de la solidaridad con los luchadores de otros pueblos, son una inversión estratégica asociada a la seguridad nacional y a la existencia de la Revolución.

Expresa en el discurso del 21 de enero que las campañas internacionales de mentiras se han desatado tan rápido, porque los enemigos saben que la Revolución cubana es ejemplo para la América, y buscan restarle apoyo.

1) «Me duele pensar en lo que sería el destino de América si esta Revolución es aplastada, porque esta Revolución, (…) debe constituir para los pueblos de América una esperanza».

2) «¡Qué necesitados están los pueblos de nuestro continente de una revolución como esta que se ha hecho en Cuba! (…) ¡Qué necesitada está de que los millonarios que se han enriquecido robándole el dinero al pueblo, perdiesen todo lo que han robado! ¡Qué necesitada está América de que los criminales de guerra, en los países de nuestro continente, hubiesen sido también fusilados!».

3) «Porque tal vez nuestro continente no sería lo que es hoy: grupos de naciones divididas, distanciadas, a pesar de tener los mismos sentimientos, las mismas necesidades, los mismos intereses, la misma raza y la misma cultura; no sería la agrupación de naciones divididas y débiles, víctimas de las tiranías consuetudinarias y de las castas militares. ¡Qué necesitada está la América del ejemplo de Cuba!».

4) «A los hombres honrados de América, a los periodistas honrados de todo el continente, a los pueblos que son nuestros amigos, tenemos que pedirles que defiendan nuestra Revolución, que no dejen que nos la calumnien, porque quieren destruirla, en daño, no solo de Cuba, sino en daño de América; no quieren que la Revolución cubana levante cabeza para que no pueda levantar cabeza ningún pueblo de América».

¿Qué noción deseo reiterar? Fidel se orienta en esta histórica cruzada política por una brújula primordial: el destino de Cuba y el del resto de América Latina y el Caribe son interdependientes, y por eso deben ayudarse entre sí.

Ello implica defender la Revolución cubana de las fuerzas que quieren destruirla, porque si ello ocurriera ningún pueblo podría «levantar cabeza» y seguir el derrotero emancipador de Cuba. Y desde nuestra patria, supone contribuir de todas las maneras legítimas y posibles a que los países hermanos «levanten cabeza».

Ejemplo inmediato de tal directriz, que regirá desde entonces la política de Cuba hacia los pueblos vecinos, es la visita que realiza Fidel a Venezuela entre el 23 y el 27 de enero, invitado a los actos por el primer aniversario de la derrota del dictador Marcos Pérez Jiménez.

Visita sorpresiva a Venezuela, el 23 de enero de 1959

¿Por qué el vivaz Comandante guerrillero decide viajar a Caracas el 23 de enero, primer aniversario del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez, todavía con el aroma de la Sierra Maestra y en la cresta de la Operación Verdad?

Una lectura cuidadosa de los discursos en Caracas y de las actividades que realiza durante su estancia de tres días y 12 horas, invitado por la Junta Provisional de Gobierno y otras instituciones venezolanas, permite hacer deducciones sobre sus modos de actuar en su primer viaje al exterior después del triunfo de la Revolución. Esto es posible, gracias a sus expresivas alocuciones y a los excelentes testimonios de Francisco Pividal y Luis Báez, ambos partícipes de ese hecho histórico.[16] Además, la versión que ofrezco está enriquecida por numerosas evocaciones que les escuché a varios amigos y amigas venezolanos.

El pueblo recibe en forma apoteósica al líder épico. Miles de personas inundan la pista del aeropuerto Simón Bolívar y rodean al enorme avión Super Constellation, facilitado por Venezuela. Impacta su imagen juvenil, vestido de uniforme verde olivo con pistola y fusil de combate, y entusiasma percibir el vigor del héroe guerrillero. Después, en Caracas, despiertan admiración sus dotes de político revolucionario, persuasivo orador y brillante estadista en ciernes.

Francisco Pividal, a quien nombran embajador días antes, cuenta esta anécdota fabulosa de lo ocurrido al bajar el invitado del avión:

«En un momento de confusión, Fidel y su escolta de barbudos desaparecieron, engullidos por el pueblo. De buenas a primera me hallé solo y desconcertado. A poca distancia de aquella batahola, distinguí al Contralmirante (Larrazábal) y me coloqué a su lado (…). La información llegada al punto resultó completamente sorpresiva y perturbadora: el Jefe de la Revolución Cubana había subido a un camioncito de carga que pasaba vacío por el aeropuerto y ya viajaba rumbo a Caracas.»

De inmediato, narra Pividal, él y Larrazábal se montan en el Cadillac negro del contralmirante y, precedidos por una escolta de motos, alcanzan al camioncito en la autopista. Ya encima de este, atestado de barbudos, al cabo de abrazar Fidel a Larrazábal, «los tres nos apoyamos en el techo del camioncito, aunque sin mayor sujeción. Con cada curva o pequeña inclinación del pavimento, nos zarandeábamos de tal forma que dudé si nuestro destartalado vehículo rendiría su viaje a Caracas, o a la eternidad».

Esto ocurría, mientras a lo largo del recorrido decenas de miles de personas vitoreaban a Fidel, Cuba y Venezuela. Y concluye Pividal: «Algunos creen todavía que nuestro arribo a Caracas revistió las solemnidades dispensadas a los Jefes de Estado o de Gobierno (…). ¡Qué fiasco habrán de llevarse cuando lean estas líneas!».[17]

¿Por qué Fidel decide montarse en el «camioncito» y no utilizar el confortable auto de protocolo y las escoltas de las motos? Pividal no ofreció entonces ni después las razones. Él también tenía dudas.

¿No quiso el comandante guerrillero que le dieran tratamiento de Jefe de Estado (porque no lo era)? ¿De esa manera podía disfrutar e interpretar mejor las ideas y el afecto del pueblo? ¿Acaso lo hizo (también) por motivos de seguridad?

Lo cierto es que muchas veces en sus viajes posteriores, el eterno guerrillero sorprende con acciones fuera del programa oficial, por motivos diferentes.

Lo ocurrido tiene la marca inherente a su proceder en la Sierra Maestra, muy cercana en el tiempo. Pero, más allá de la influencia inmediata de ese factor, el estilo de hacer movidas inesperadas en variadas formas y circunstancias, también en los viajes a los países de la región, formará parte siempre de su conducta pública y privada, que nunca dejó de tener un esencial componente guerrillero.

Tuve el agrado de escucharle decir en diferentes momentos, que él seguía siendo «un guerrillero» en sus métodos para emprender y desarrollar las nuevas tareas de la Revolución. Evidentemente, lo repetía con el ánimo de influir en las nuevas generaciones. Pude comprobarlo, por ejemplo, en sus modos de pensar y actuar respecto a la interacción de Cuba con la Revolución Bolivariana y su líder, desde la fase embrionaria de esta, cuando Hugo Chávez visitara a Cuba invitado por Fidel en diciembre de 1994. Tema que abordaré más adelante.

Permanece en Caracas rodeado de pueblo y admiradores. Recibe cientos de invitaciones para visitar otros sitios del país. La prensa venezolana y extranjera lo asedia en todas partes. Firma más de mil autógrafos cada día (hasta se queja en público, diciendo que él no es un artista). Cumple, en fin, un programa intenso, no apto para cardiacos.

Al llegar a la urbe, a las 5:30 de la tarde, varios anfitriones le ofrecen un almuerzo como invitado de honor. Es su primera actividad oficial fuera de Cuba. En los diálogos, además de intercambiar sobre temas políticos, exalta las bondades de la gastronomía cubana y alude a sus habilidades personales en la elaboración de pastas italianas. Hace chistes, ríe… disfruta la ocasión. Y desde ese instante impresiona a todos sus interlocutores, por el amplio e incesante repertorio de preguntas y comentarios sobre los asuntos más insospechados.

Al terminar va al Palacio Blanco, a reunirse con los militares integrantes de la Junta Provisional de Gobierno. Esta cesará su mandato el 2 de febrero, día en que asumirá la Presidencia Rómulo Betancourt –líder del partido Acción Democrática– quien obtuviera el triunfo en recientes elecciones.

Según recuerda Pividal, el interés fundamental de los militares «consistió en conocer cómo un puñado de guerrilleros pudo derrotar en apenas dos años, a un ejército profesional armado, entrenado, asesorado y financiado por los Estados Unidos».[18] Tal vez algunos ya estaban preocupados de que algo semejante pudiese suceder en Venezuela.

Esa noche, en una multitudinaria concentración en la Plaza Aérea del Silencio, Fidel habla durante dos horas después de intervenir varios oradores venezolanos y cubanos. Larga jornada, y al concluir su histórico discurso permanece ahí hasta la madrugada profunda, en diálogos con dirigentes y gente de pueblo, que lo imantan para que no pueda irse. Cuando lo hace, pide moverse en los autos por la ciudad, a esa hora desierta, para conocerla un poco.

De repente, indica detener los vehículos para cenar en un pequeño restaurante que exhibe un llamativo menú: «Mondongo de toro negro». Y solicita este plato especial al mesonero –que resultó ser el propietario–. Evoca Pividal: «Aquel condumio impresionaba a cualquiera. No solo por los enormes menudos de panza, sino también por la pulgada de grasa que lo cubría todo. ¡Había que ver con qué deleite paladeaba Fidel tan suculenta comida!».

Al terminar, casi al amanecer, el satisfecho comensal llama al mesonero –propietario– e inicia su habitual interrogatorio. Pregunta, intrigado, cuál era la diferencia entre este mondongo de toro negro y el de otros colores. Y el hombre responde, mientras sonríe: «¡Ninguna!, mi oferta no es más que un gancho para atraer parroquianos». Fidel y sus acompañantes también ríen con ganas.

Enseguida, insaciable de información, comienza a indagar el costo de cada ingrediente del mondongo. Al final del sondeo –cuenta Pividal–, en tono suave y cariñoso Fidel le asegura al hombre que por cada plato vendido perdía cinco céntimos de bolívar.

El propietario acompaña a los clientes hasta la puerta, aún turbado por la mala noticia que acaba de darle su cliente madrugador. Al ver en la calle la caravana oficial, extrañado, pregunta muy bajito: «¿Quién es él?». Y cuando le dicen el nombre se aturde aún más, pero decide indagar: «¿Y cuántos restaurantes son de su propiedad?».[19]

La jornada del 24 de enero es olímpica: en la mañana, acto solemne en el Concejo Municipal de Caracas, donde declaran a Fidel Huésped de Honor. Después, otro relevante evento en el Congreso, en el que diputados y senadores lo reciben con vítores y una prolongada ovación. A las 2:30 pm llega a la Universidad Central, ahí siente sus raíces del Alma Mater cubana y pronuncia el tercer discurso en menos de seis horas, ante un auditorio encendido.

En la noche, le tributan un homenaje en la Embajada de Cuba, atestada de personalidades e invitados de todos los ámbitos y signos políticos, a los que atiende y cautiva. Y hasta intercala una conferencia de prensa en la azotea.

Al siguiente día, 25 de enero, por solicitud suya, desayuna en el hotel Humbolt, en la cima del monte Ávila, a más de 2 mil metros de altura, mientras responde a periodistas. Al terminar, camina de prisa junto a sus compañeros, a ritmo guerrillero, durante dos horas en la inmensa montaña, que le recuerda el Pico Turquino. Después, cumple su compromiso en el Colegio de Abogados, y ahí sostiene un intercambio con numerosos colegas.

En la tarde, recibe por separado en la Embajada a representantes de organizaciones en el exilio de República Dominicana y Nicaragua, y a varios dirigentes políticos venezolanos. Entre otros, a Carlos Andrés Pérez, destacado dirigente de Acción Democrática (AD); Jóvito Villalba, líder de Unión Republicana Democrática (URD); Fabricio Ojeda, dirigente de ese partido que encabezó en la fase final la Junta Patriótica; y los hermanos Machado (Gustavo y Eduardo), figuras emblemáticas del Partido Comunista. Cubre así un amplio espectro de las fuerzas políticas que encabezaron la lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez. Esa noche, ante un avispero de periodistas esperándolo, asiste a una entrevista en su residencia con el recién electo presidente Rómulo Betancourt.

El último día es más sedado. Comienza haciéndole una cálida visita privada a Larrazábal y su familia. Después, participa en un almuerzo que le ofrecen los más destacados miembros de la Sección Venezuela del Movimiento 26 de Julio y otros destacados venezolanos solidarios con Cuba.

Y, para terminar, tarde en la noche, en el trayecto hacia el aeropuerto, pide de súbito a Pividal desviarse hacia la derecha para conocer el puerto de La Guaira. Ya en el sitio, se le ocurre subir a un barco de la Armada y durante buen rato interroga al asombrado oficial de guardia, quien antes de despedirlo pregunta si el inesperado visitante ha cursado estudios náuticos.

¿Por qué he mencionado casi todas las actividades de Fidel en su primera visita oficial a Caracas?

Quizás tenga cierta ventaja para avalar la idea que expondré enseguida, pues debido a un hecho fortuito, que ocurrió en noviembre de 1971, cuando Fidel visita Chile invitado por el presidente Salvador Allende, formé parte o apoyé 16 delegaciones que lo acompañaron a países de nuestra región y una vez a España.

En todos esos lugares, ajustándose a los escenarios y los momentos políticos, fueron similares su intenso y versátil desempeño, el inefable estilo que lo caracteriza y determinados objetivos esenciales. Más adelante ofreceré algunos comentarios y recuerdos de esas experiencias, entre ellos los relacionados con su estadía en Chile en noviembre de 1971 durante 24 días, la segunda visita más prolongada a otro país como jefe de Estado (la primera fue a la Unión Soviética, en 1963).

El discurso en la Plaza Aérea del Silencio, en mi opinión, es el más sustancial de todos los que ha pronunciado hasta ese momento en su vida política, después de La Historia me Absolverá. La importancia de la disertación caraqueña, radica en la proyección de las ideas que expresa respecto a nuestra América y por otros temas que, por razones lógicas, no aborda en 1953.

Su disertación en la emblemática plaza, acaso es un antecedente directo de las dos declaraciones de La Habana, documentos de los años 1960 y 1962, que contienen de manera prolija, coherente y honda el pensamiento de Fidel hacia nuestra América.

La inspirada pieza oratoria del 23 de enero de 1959 mantiene una vigencia asombrosa. Gran parte de sus diagnósticos, orientaciones y predicciones, bien hacemos en refrescarlos y tenerlos de brújula.

No solo fue un momento cargado de inspiración y emociones. Fidel pensó y calculó muy bien los contenidos expuestos, a propósito de la fecha y los embates contra la Revolución cubana, y también, de los retos políticos estratégicos y coyunturales.

Más aún, por tratarse de un escenario y una oportunidad únicos, que su genio le permitió valorar en función de proyectar en el tiempo y en los más amplios espacios posibles su ideario nuestroamericano y revolucionario.

No es asunto de este texto abordar tan sustantiva conexión. Invito a los lectores y lectoras a justipreciar ese discurso con tal perspectiva histórica. Y a que se interroguen por qué escoge el escenario simbólico de la tierra de Bolívar, «Cuna de nuestra América» al decir de Martí, para emitir tantos rayos de luz.

Seleccioné algunos de ellos, incluidas las frecuentes y ardorosas reacciones de la gente, como pruebas al canto:

· El más terrible daño que se le ha hecho a nuestros pueblos es la impunidad del crimen, es la ausencia de justicia, porque en nuestros pueblos no ha habido justicia nunca (Exclamaciones de: «¡Arriba Fidel!»)

· Sin justicia no puede haber democracia, sin justicia no puede haber paz, sin justicia no puede haber libertad (Aplausos y exclamaciones).

· No me corresponde a mí hacer análisis sobre el proceso y sobre la historia de Venezuela, no; pero basta con analizar las cosas de nuestra patria, porque a fin de cuentas lo que ocurre en Cuba es lo mismo que ocurre aquí y lo que ocurre en todos los pueblos de América. Por algo nos sentimos tan identificados (…) (Aplausos y exclamaciones).

· La independencia no admite término medio, o se es independiente o no se es independiente (Aplausos).

· ¡Frente a las mentiras criminales de los intereses que han sido los enemigos de los pueblos, la verdad de la Revolución! (Aplausos y exclamaciones).

· Esta América está muy despierta para que pueda ser engañada. Esta América está muy en guardia para que pueda ser sometida de nuevo. Estos pueblos han adquirido una conciencia demasiado grande de su destino, para que vayan a resignarse otra vez al sometimiento y a la abyección miserable en que hemos estado viviendo durante más de un siglo (Aplausos y exclamaciones).

· Estos pueblos de América saben que su fuerza interna está en la unión y que su fuerza continental está también en la unión (Aplausos).

· Estos pueblos de América saben que, si no quieren ser víctimas de nuevo de la tiranía, si no quieren ser víctimas de nuevo de las agresiones, hay que unirse cada vez más, hay que estrechar cada vez más los lazos de pueblo a pueblo, y a eso he venido a Venezuela: a traer un mensaje no de casta o de grupo, sino un mensaje de pueblo a pueblo (Aplausos).

· Vengo, en nombre del pueblo que hoy les pide ayuda y solidaridad, a decirles a los venezolanos que también pueden contar con nuestra ayuda y nuestra solidaridad incondicional y de cualquier forma cuando la necesiten (Aplausos y exclamaciones).

· (…) Ojalá que el destino de Venezuela y el destino de Cuba y el destino de todos los pueblos de América sea un solo destino, ¡porque basta ya de levantarle estatuas a Simón Bolívar con olvido de sus ideas, lo que hay que hacer es cumplir con las ideas de Bolívar! (Aplausos y exclamaciones de: «¡Viva Fidel!»).

· ¿Hasta cuándo vamos a permanecer en el letargo? ¿Hasta cuándo vamos a ser piezas indefensas de un continente a quien su libertador lo concibió como algo más digno, más grande? ¿Hasta cuándo los latinoamericanos vamos a estar viviendo en esta atmósfera mezquina y ridícula? ¿Hasta cuándo vamos a permanecer divididos? ¿Hasta cuándo vamos a ser víctimas de intereses poderosos que se ensañan con cada uno de nuestros pueblos? ¿Cuándo vamos a lanzar la gran consigna de unión? (…) (Aplausos).

· Venezuela es el país más rico de América, Venezuela tiene un pueblo formidable, Venezuela tiene dirigentes formidables, tanto civiles como militares; Venezuela es la patria del Libertador, donde se concibió la idea de la unión de los pueblos de América (Aplausos). Luego, Venezuela debe ser el país líder de la unión de los pueblos de América; los cubanos los respaldamos, los cubanos respaldamos a nuestros hermanos de Venezuela (Aplausos y exclamaciones de: «¡Fidel, Fidel!»).

· (…) Si es que queremos salvar la revolución de Cuba, la revolución de Venezuela y la revolución de todos los países de nuestro continente, tenemos que acercarnos y tenemos que respaldarnos sólidamente, porque solos y divididos fracasamos.

Casi al iniciar esa cascada de ideas y emociones, explica los tres motivos de su visita. Pero atención: no son los únicos. Trataré después de identificar otros, no explicitados por él.

Dice en público:

«¿Por qué vine a Venezuela? Vine a Venezuela, en primer lugar, por un sentimiento de gratitud; en segundo lugar, por un deber elemental de reciprocidad para todas las instituciones que tan generosamente me invitaron a participar de la alegría de Venezuela este día glorioso del 23 de enero (Aplausos y exclamaciones), pero también por otra razón: porque el pueblo de Cuba necesita la ayuda del pueblo de Venezuela (…)».

Expone, de momento, esas tres razones. La última, es parte de la contienda por la Verdad que horas antes ha comenzado en la Isla.

Como es usual en su modo de actuar durante las batallas estratégicas, sigue en zafarrancho fuera de Cuba, igual que hiciera muchas veces allende los mares, cuando resultó necesario.

Por eso argumenta en qué consiste tal ayuda: «(…) porque el pueblo de Cuba, en este minuto difícil, aunque glorioso de su historia, necesita el respaldo moral del pueblo de Venezuela (Aplausos). Porque nuestra patria está sufriendo hoy la campaña más criminal, canallesca y cobarde que se ha lanzado contra pueblo alguno (…)».

Enseguida, identifica a los culpables. No menciona gobiernos ni entes o personas, para evitar conflictos a destiempo. Mas lo hace de frente, sin temor a las embestidas, para que los adversarios no se confundan y crean que pueden avasallar al heroico pueblo que él representa: «(…) porque los eternos enemigos de los pueblos de América, los eternos enemigos de nuestras libertades, los eternos enemigos de nuestra independencia política y económica, los eternos aliados de las dictaduras, no se resignan tranquilamente a presenciar la formidable y extraordinaria victoria del pueblo de Cuba (…)».

En ningún momento hace pública la ayuda en armas que el Ejército Rebelde recibiera de la Junta de Gobierno. Expresa solo una alusión genérica, al final de sus referencias concretas a la solidaridad recibida:

«de Venezuela solo hemos recibido favores. De nosotros nada han recibido los venezolanos y, en cambio, nos alentaron durante la lucha con su simpatía y con su cariño; hicieron llegar el bolívar hasta la Sierra Maestra, divulgaron por toda la América las trasmisiones de Radio Rebelde, nos abrieron las páginas de sus periódicos y algunas cosas más recibimos de Venezuela».

Destaco este ejemplo pionero. Y desde entonces, manejó siempre con especial tacto todas las informaciones sensibles relacionadas con solidaridad material o de otra índole, recibida o entregada por Cuba.

Además de los objetivos de su visita declarados, hay otros. ¿Cuáles son? Propongo deducirlos de sus actuaciones y declaraciones en esos días, e informaciones aportadas por testigos.

Un propósito fundamental se aprecia en el énfasis que pone en divulgar las ideas de la Revolución cubana, en especial su ideario de unidad y emancipación latinoamericanas.

Otro esencial es promover el liderazgo de Venezuela en nuestra América, por su historia y la vigencia de Bolívar, y por sus riquezas y posición geopolítica. Eso explica por qué, él puede dimensionar las ideas y acciones que Chávez y la Revolución Bolivariana comenzarían a encarnar 40 años después.

También quiso tomarle el pulso a la situación política venezolana. Sabe que el país hermano transita una coyuntura cargada de posibilidades, pero también de amenazas para que se frustrara un posible curso revolucionario, luego de ser derrotada la dictadura un año antes y emprenderse un sendero de democracia representativa tradicional.

Es evidente que, en sus discursos, entrevistas de prensa y reuniones colectivas e individuales con dirigentes políticos y gremiales, Fidel busca influir mediante formas sutiles, y a veces de modo bastante abierto, a favor de un curso revolucionario del proceso político venezolano, colmado de perspectivas en aquella coyuntura.

Buscó captar los sentimientos y criterios predominantes en el pueblo, su conciencia política, sus ánimos de lucha. Por eso, desde que arriba al aeropuerto se sumerge en ese torrente desbordado, y no cesa de inundarse de gente en todas partes, de interpretar sus expresiones, captar los arrestos y medir expectativas.

Se propuso desentrañar las posiciones de los principales dirigentes políticos, en particular al recién electo presidente Rómulo Betancourt. Sobre este sinuoso personaje ya tenía antecedentes, e incluso en el discurso de la Plaza del Silencio, al mencionarlo, la mayor parte de las 300 mil personas allí presentes le dieron una fuerte rechifla.

Y en la entrevista privada con Betancourt, la noche antes de regresar a Cuba, termina de completar su radiografía: llega a la conclusión de que el pueblo venezolano no se equivocó en la Plaza del Silencio.

Cuenta Pividal, único testigo de ese diálogo, que la esposa de Betancourt interrumpe la entrevista para decirle que tenía una llamada desde Washington. Y cuando el anfitrión sale a atender la llamada, Fidel se pone de pie, toma por el hombro a Pividal y le dice de un tirón: «Embajador, aquí hay poco que hacer. ¡Vámonos!».

Pividal reacciona turbado. Solo acierta a comentarle que él se queda en Venezuela, y le pregunta qué podría hacer. «Haz lo que te parezca, pero poco o nada vas a conseguir», responde Fidel en forma lapidaria, pues en ese diálogo ha sellado la opinión sobre Betancourt.[20] Y la historia confirmó su certera apreciación…

Notas:

[1] Blanco, Katiuska: Todo el tiempo de los cedros. Paisaje familiar de Fidel Castro Ruz, Casa Editora Abril, La Habana, 2003. pp. 239–241.

Castro Ruz, Fidel: Discurso en la Universidad de La Habana, 4 de septiembre de 1995.

Ramonet, Ignacio: Cien horas con Fidel, conversaciones con Ignacio Ramonet, Oficina de publicaciones del Consejo de Estado, La Habana, 2006. p 137.

[2] Ibídem, pp. 135–136.

[3] Ibídem, p. 137.

[4] Alape, Arturo: El Bogotazo: Memorias del olvido, Casa de las Américas, La Habana, 1983.

[5] García Márquez, Gabriel: Vivir para contarla, Grupo Editorial Norma, Bogotá, 2002. p 335.

[6] Castro Ruz, Fidel: La Historia me Absolverá, Comisión de Orientación Revolucionaria del Comité Central del PCC, La Habana, 1973. p. 42.

[7] Castro Ruz, Fidel: Discurso en el monumento a los Niños Héroes de Chapultepec, el 10 de octubre de 1955, sitio web Fidel Soldado de las ideas.

[8] Ver alocución íntegra en el sitio web Fidel, soldado de las ideas.

[9] Ver: Pividal Padrón, Francisco: El Movimiento 26 de julio en Venezuela y quienes lo apoyaron, Ediciones Universidad Michoacán de San Nicolás Hidalgo, México, 1996.

Dialogué varias veces con el admirado amigo Pividal sobre este y otros temas relacionados con sus vivencias en el exilio, su quehacer al frente del M–26–7 en Venezuela y, después, como primer embajador de Cuba en ese país, nombrado en enero de 1959.

Gómez García, Humberto: Las armas venezolanas para la Sierra Maestra en 1958 se utilizaron en la batalla de Mafo, hace 55 años, web Kaos en la red, publicado el 13/1/2014, consultado el 14/10/22.

[10] Ver: Cubadebate.

[11] Unión de Periodistas de Cuba: Fidel periodista, Editorial Pablo de la Torriente, UPEC, La Habana, 2006.

[12] Gutiérrez, Carlos María: En la Sierra Maestra con Fidel y otros reportajes, Ministerio de Educación y Cultura, Biblioteca Artigas, Montevideo, 2017. pp. 65–66.

[13] Masetti, Jorge Ricardo: Los que luchan y los que lloran, el Fidel Castro que yo vi, https:/elsudamericano.wordpress.com., consultado 20 octubre 2022.

[14] Ver los textos íntegros en el sitio web Fidel Soldado de las Ideas.

[15] Castro Ruz, Fidel: Discurso en el Club Rotario de La Habana, de enero de 1959. Sitio web Fidel soldado de las ideas.

[16] Báez, Luis: Fidel por el mundo, Casa Editorial Abril, 2011. pp. 11–21.

Pividal Padrón, Francisco: Los tres días de Fidel en Caracas, en libro Venezuela y Chávez, editorial Ocean Sur, 2008.

[17] Ibídem, pp. 287–288.

[18] Ibídem, pp. 291–293.

[19] Ibídem, pp. 298–299.

[20] Ibídem, p. 308.

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